Sombras de poder

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CAPÍTULO DIEZ

VALIENTE

"La libertad que creía conocer era un infierno que muchos preferían a una tumba antes que pensar en libertad."

La luz del sol se filtraba cruelmente por la ventana; tenía el cuerpo sumamente adolorido por el entrenamiento.

Manos ásperas y delicadas colocaban montones de hielo bajo mi cuerpo, bajando el dolor y la inflamación. El lugar olía a incienso y flores de primavera marchitas. Respire profundamente antes de tocar el lugar donde estaba recostada; parecía una mesa grande y amplia, con el techo cristalizado. No había colores vibrantes como en el castillo; sin embargo, logré ver un montón de prendas regadas en las esquinas.

—Esto es horroroso... —Escuche. Cerré los ojos con fuerza; era una voz irreconocible.

—Margaris... —susurré. Los ojos grandes y verdosos de mi doncella se asomaron por encima, y su cabello delgado y áspero se restregó en mi nariz. Apreté los párpados cuando sus ojos me escudriñaron. Por un segundo sentí que me hundía en el pantano.

—¡Lo siento, señorita!

Negué. Traté de incorporarme, pero el dolor me hacía carraspear.

—¿Dónde estamos? —logré pronunciar. Aunque habían pasado días entrenando y podía soportar el dolor, el simple hecho de inclinarme hacía que el mundo diera vueltas.

—En la cocina de las cortesanas de la capital...

—¿Por qué estamos aquí? ¿Me has traído aquí?

—Sí —respondió nerviosa—, la arrastré después de su entrenamiento; su hermano, el joven comandante heredero, me pidió que la trajera aquí, pues estallaron noticias de guerra con el imperio enemigo.

Llevé ambas manos a las sienes. Si existía una guerra, desaparecían las pruebas, y si eso llegase a suceder, yo...

Los dedos de Margaris acariciaron mis nudillos.

—No se preocupe, señorita. Confío en que no habrá guerra, todo será un malentendido y podrá alejarse de ella... de su madre.

Apreté la mandíbula tan fuerte que creía que los dientes iban a quebrarse. Era algo obvio, todos lo sabían, incluso dentro y fuera del ducado; todos murmuraban lo que yo vivía y, sin embargo, Eldric elegía apartar la mirada. Él, que me enseñaba a protegerme, preferiría ignorar la podredumbre de su propia casa.

No le importaba en lo más mínimo lo que me hacían, no le importaba lo que cargaba. Porque al final no era que no me quisiera... es que para él no existía en lo más mínimo. Y esa indiferencia me partía el pecho en mil pedazos.

Y, sin embargo, aquella pequeña parte de mí aún esperaba que una sola palabra suya bastara para arrancarme de las garras de Seraphina.

—Señorita... —La voz de Margaris me arrancó de mis pensamientos, y entonces noté mis manos húmedas, temblorosas, empapadas. Estaba llorando...

Limpié mi rostro con rapidez, con torpeza, como si mis lágrimas fueran un delito que alguien pudiese usar contra mí. No debían verme llorar, no podían... ¿Pero por qué? ¿Por qué no deben verme llorar? ¿Qué hay de malo en mis ojos ardiendo y mi garganta rota? ¿Por qué debo esconder el rostro cada vez que un hombre me mira? ¿Por qué siempre he de llevar la carga de parecer dócil, frágil e inofensiva? ¿Por qué debo vivir encerrada en un disfraz?

¿Por qué debo callar, bajar la cabeza, encogerme y hacerme pequeña? ¿Por qué debo aceptar siempre miradas que me aplastan, palabras que me quiebran, latigazos que arden más que el frío de la nieve?

¿Por qué?

—Señorita —Margaris tocó mi frente, preocupada—, debemos regresar al castillo, estamos en casa de cortesanas.

Cerré los ojos unos segundos; estábamos en casa de cortesanas. Estábamos fuera del castillo, lejos del ducado Caerion. No puedo escapar; seguramente habrá soldados del gran duque merodeando. Me reconocerán y, en un abrir y cerrar de ojos, estaré de vuelta en el ducado Caerion.

—Debemos regresar al castillo, al ducado Caerion. —repitió Margaris con el ceño fruncido.

De inmediato la detuve, la obligué a detenerse en medio de la tierra. ¿Regresar? Estaba fuera del castillo, lejos de Seraphina. Era mi oportunidad.

—No regresaremos al castillo —farfulle—. No... no regresaremos.

—¿Dónde irá? Está vestida con su traje de entrenamiento.

—¿Qué importa? —bajé de la mesa aguantando el dolor en mi espalda—. Use lo que use, los bardos hablarán.

—Debemos regresar al castillo. ¡Usted no conoce nada fuera del castillo, se la comerán viva!

Me gire.

—Mírame. ¿Qué más pueden hacerme?

Margaris cerró la boca unos segundos.

—Señorita... —apretó mis dedos—. La vida fuera de un castillo, sin guardias, sin muros, sin personas que la protejan, no es libertad... es un infierno. Allá afuera los hombres no tienen rostro ni alma, son criaturas violentas que no distinguen entre un niño, una anciana o una doncella, no saben de compasión ni de género. La tomarán y la arrastrarán por el barro, la desgarrarán en la oscuridad o bajo el gran sol ardiente, y la violarán hasta arrancarle el último grito. —Su voz tembló y bajó la mirada, como si no quisiera decir más, pero las lágrimas, ocultas a medias tras el pestañeo, la delataron.

Quizá Margaris tenía razón, quizá una vida fuera del castillo era un infierno, pero, ¿mi vida en el castillo no es ya un infierno?

Los dedos de Margaris apretaron mis manos, obligándome a mirarla a los ojos; se abstenía de derramar una sola lágrima, apretaba los labios con fuerza mientras moqueaba.

—No me conoce en lo absoluto, ni yo a usted... pero puedo asegurarle que, si no se aferra a esas paredes de piedra que tanto odia, si no acepta la prisión del castillo, allá afuera encontrará una libertad hecha de cadenas invisibles, de noches interminables donde deseará estar muerta... y la muerte, cuando llegue, no será piadosa. Será lenta, cruel, el final más horrible que alguien como usted nunca podrá imaginar.

—¿Qué es lo que te hicieron? —Margaris evitó mi mirada.




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