Sombras de poder

11

CAPÍTULO ONCE

FRAGMENTOS

"Aquel día entendí algo. Ese castillo era una jaula... y que algún día saldría de
ella sin importar las consecuencias."

Margaris caminó a mi lado mientras volvíamos al castillo; cruzamos los grandes jardines y la fuente que Eldric ha nombrado como el hombre de la libertad.

Seraphina esperaba en la entrada, junto a las puertas de roble; me observaba como si fuera mi culpa que un vestido sucio se manchara de sangre, como si... yo mereciera lo que el hombre intentó hacer.

El paso al frente, antes de que la duquesa lanzara palabras venenosas, y mientras se perdía en la oscuridad, jaló mi brazo, obligándome a parar.

Intenté retroceder, entonces las vi, y ese escudo que tanto creí proteger se derrumbó. Ahí estaban mis amigas, mis sirvientas, quienes más atesoraba, con la mirada al suelo y ligeros golpes en sus brazos y cuellos.

Apreté las manos con fuerza. Fue ella, ella lo hizo, ella las lastimó.

—¿Dónde has estado, maldita malcriada? —murmuró—. ¿Crees que no es una tortura esperarte junto a esas inútiles moditas, perdiendo mi tiempo mientras te escapas de nuevo a la capital como una maldita cortesana?

Intenté zafarme de su agarre, pero mi mente volvía una y otra vez al salón helado de mi infancia; los latigazos ardían en mi espalda, la humillación. Apreté los dientes con fuerza hasta sentir el sabor metálico de la sangre en mi lengua. ¿Por qué no hablo? ¿Por qué tengo miedo? ¿Por qué no puedo salvarlas a ellas y a mí?

—¡Mírame cuando te hablo! —exclamó apretándome la mandíbula con los dedos.

—Mi señora —Margaris interrumpió—, la señorita ha pasado por mucho, por favor, permita que vuelva a sus aposentos para que... —. Seraphina apretó los ojos y pegó un manotazo al pecho de Margaris, haciéndola caer al suelo. Los sirvientes observaron, temerosos.

—¡Cállate! —escupió con rabia—. ¡No te he dado la orden de hablar! —volvió la mirada a mí—. Y tú... ¡Mírate! —Me recorrió el cuerpo de arriba abajo con desprecio—. Regresas con prendas baratas, sucias, manchadas de sangre, ¿qué te crees? ¿Un maldito hombre? Ni siquiera luces como mujer... ¡El vestido apenas te cierra! ¡Solo comes y comes como una cerda! ¡Eres una glotona asquerosa! —¡Si no comieras tanto estarías mejor! —soltó una carcajada, cerré las manos en puños, apretando los labios con fuerza—. ¿Cómo te atreves a mirarme así?

Soltó mi mandíbula, para luego alzar la mano al aire y dejarla caer con una fuerza casi dolorosa en mi mejilla. Apenas me tambaleé; el entrenamiento de Eldric me había enseñado a resistir el dolor físico.

La miré de frente, furiosa. La rabia me quemaba la garganta.

—No me vuelvas a tocar... —Balbucee. El miedo se apoderaba de mi cuerpo.

La duquesa miró al techo, como si ni siquiera valiera la pena mirarme. Sonrió con un gesto cruel, absteniéndose de carcajearse en mi cara.

—Escúchame bien, Wilhelmia —murmuró, inclinándose lo suficiente para que su aliento rozara mi oído—. Puedes jugar todo lo que quieras con espadas, llenarte de moretones y fingir que eres fuerte. Incluso rodearte de soldados, entrenar hasta que te sangren las manos y convencerte de que eres distinta a todos... pero al final del día, seguirás siendo lo mismo.

Retrocedió un paso. Los dedos de mi madre se cerraron alrededor de mi barbilla, obligándome a mirarla.

—Una niña patética, desesperada porque algún hombre la mire y decida que vale algo —sus labios se curvaron en una sonrisa fría—. Porque eso es lo que eres, Wilhelmia. No una guerrera, no una futura princesa. Solo una niña hambrienta de atención que cree que puede jugar a ser algo más.

Su mirada recorrió mi rostro, como si examinara algo defectuoso.

—Y cuando finalmente entiendas tú ligar... —susurró—, volverás arrastrándote ante mí como un sucio y vil perro.

Apreté los dientes con fuerza. Ella era una bruja, una vil mujer jugando con la vida y los sentimientos de los demás, pero por más que deseara que nada de esto sucediera. Sus palabras, de alguna forma, eran verdad.

Yo era la hija del gran duque, la flor del reino, la muñeca dorada de la que susurraban en el palacio. Y nadie ve a una muñeca como algo más que un adorno.

Durante un momento, el silencio pesó entre nosotras. Sentí las miradas de los sirvientes clavadas en mi espalda, temerosas, esperando el momento en que bajara la cabeza como siempre y corriera a nuestro escondite en la despensa, donde me abrazarían durante horas hasta calmarme.

Como lo había hecho toda mi vida.

Mis dedos temblaban. No sabía si era rabia... o algo más profundo. Algo que comenzaba a romperse dentro de mí.

Bajé la mirada al suelo de mármol. Las manchas oscuras de sangre seca en mis manos parecían burlarse de mí. Sangre de entrenamiento. Sangre de caídas. Sangre de todo lo que había soportado durante años.

Sangre que nadie más había derramado por mí.

Tragué saliva. Quizá tenía razón.

Quizá todos me veían así: una muñeca, una niña mimada jugando a empuñar una espada.

Pero si era cierto... ¿Por qué dolía tanto?

¿Por qué cada latigazo seguía ardiendo en mi espalda incluso años después? ¿Por qué cada palabra de desprecio se quedaba clavada en mi pecho como una daga?

Porque no era una muñeca. Las muñecas no sangran. No sienten. No sobreviven.

Levanté la cabeza lentamente.

La duquesa seguía observándome con esa sonrisa satisfecha, esperando verme romper como tantas otras veces. Los árboles del exterior se movieron con violencia, retumbando en mi cabeza.

—No... —murmuré apenas. La palabra salió débil. Pequeña.

La sonrisa de la duquesa desapareció.

—¿Qué has dicho? —cuestionó, ofendida.

No respondí. Sentí el golpe antes de verlo. Su mano volvió a estrellarse contra mi mejilla, más fuerte que antes. El sonido seco resonó en el pasillo y mi cabeza se giró ante el impacto.




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