Sombras de poder

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CAPÍTULO DOCE

RECLUTAS

"A veces, es más fácil odiar a alguien que admitir que la necesitas..."

Cansada.

Estaba cansada de los vestidos, de las servilletas bordadas de oro y los corsés apretados. Cansada de probarme más de quince telas solo para complacer los absurdos intereses de Seraphina.

Cansada de sostener un abanico de plumas perfectamente, de sonreír frente a mi reflejo cuando lo ordenaban, de inclinar la cabeza con la sumisión que se esperaba de una princesa consorte.

Cansada de existir bajo sus reglas.

Había decidido no hacerlo más; sin embargo, hace unos días... Eldric me llamó a su estudio. Solo nosotros dos. Allí me mostró la última prueba del torneo, una de la que muchos nobles ni siquiera sabían, y era una simple y sencilla cena con las que terminaran ganadoras y lo principal, claramente, como se esperaba de una dama, era la decencia y etiqueta.

En el otro extremo de la mesa, Eldric hablaba alzando las manos, corrigiendo mi postura, señalando cada mechón rebelde que se escapaba de mis trenzas. Reprochando cada mala respiración.

No puedes ser tan torpe, Wilhelmia. No puedes ser tan necia. No puedes ser una vergüenza para tu apellido. No puedes. No puedes. No puedes. ¡No puedes!

Angela, a quien no creí ver más. Estaba de regreso.

No se había atrevido a hablar conmigo y yo no me había atrevido a hablar con ella. Las miradas furtivas y descaradas me hacían sentir incómoda.

Las sirvientas decían que en el campo donde ella había estado resguardada, le suplicó de rodillas al gran duque regresar, y él, por gran compasión, le ordenó a una gran flotilla de soldados traerla de regreso para traer vida a este lugar que llama hogar.

Cuando lo escuché, no pude evitar soltar una carcajada.

Me mentiría a mí misma si dijera que no la extrañé. Todo parecía gris e insípido sin Angela. Pero también me mentiría si dijera que su ausencia no me dio algo que nunca había tenido.

Un hogar.

Por primera vez... nadie dudaba de quién era la heredera.

Mentiría a mí misma si no confesara que de verdad la extraño, que todo sin ella parece en blanco y negro. Pero, también mentiría si dijera que, gracias a su partida, fui la única y verdadera heredera.

Aún no sabía si quería llorar en sus brazos... abrazarla por volver... o temer que, con su regreso, volviera a desaparecer yo.

La peculiar risa de Seraphina se escuchaba por los pasillos acompañada por pasos que resonaban detrás de ella. Eldric cerró los ojos al escucharla; seguramente sabía que abría otra discusión.

Cuando pasó frente al salón, alcancé a verla. Seraphina reía. Y Ángela reía con ella. No vestía como doncella. Vestía como noble.

Sus brazos estaban más firmes, marcados... casi como si también hubiera entrenado durante meses.

Como si de verdad no se hubiera quedado atrás.

Como si jamás hubiera sido dejada.

Cuando creí que el tormento había terminado. Elric volvió a sujetar mi brazo con fuerza al notar que lo bajaba. La institutriz se acercó preocupada.

Algo en sus ojos me hizo reaccionar; mi mano... sangraba.

Eldric se llevó los dedos al puente de la nariz, cansado.

—¿Cuántas veces en este mes te has lastimado de esta forma? —me cuestiono, tocando con cuidado las medialunas en mis palmas.

—No lo... sé —respondí en un suspiro.

Se veía preocupado. O tal vez... yo quería creer que lo estaba.

Una parte de mí se preguntó cuántas veces tendría que romperme para que me mirara así otra vez. ¿Cuántas veces más tendría que sangrar para existir ante sus ojos?

Apreté los ojos, conteniendo las lágrimas. No importaba cuántas veces lo intentara. Seraphina tenía razón.

Solo era una niña hambrienta de atención.

Las risas y comentarios mordaces se acercaron de nuevo por el salón. Seraphina y Angela aparecieron por el pasillo, esta vez en la entrada. La duquesa se llevó una mano a los labios al ver la sangre que goteaba por mi antebrazo.

Angela se mantenía a un lado de Seraphina mientras la duquesa la abrazaba. Sus dedos jugaban con su oreja izquierda, preguntándome si estaba bien. Me miraba de reojo, esperando que respondiera. Pero no tenía fuerzas para responder un «estoy bien». No cuando todo en mí gritaba que me escondiera bajo la mesa.

Cuando finalmente Eldric ordenó que me retirara, no esperé a Angela como normalmente lo hacía.

No, esta vez.

Era su culpa.

Y odiaba saber que también era mía.

Por su culpa, Seraphina me había golpeado frente a todos. Era su culpa que mi mejilla siguiera ardiendo por horas. Por su culpa el mundo me aplastaba. Y yo... yo me había escondido como una maldita cobarde, temblando en los establos, resguardada por Simón y Tom. Con fiebre y dolor en los huesos, con las lágrimas atoradas en la garganta como un maldito infierno.

Pero no importaba cuántas veces divagara en ello, siempre llegaba a la misma conclusión: fui yo quien lo aceptó. Acepté escaparme. Acepté jugar con fuego. Acepté romper las reglas. Fui yo quien, por un instante, pensó que el mundo podía ser distinto.

Y ahora me estaba quemando.

Subí las escaleras a toda prisa, con pasos tambaleantes, esquivando las miradas furtivas de las sirvientas; algunas fingían no verme, pero sus ojos me seguían. Susurraban. Juzgaban. Unas cuantas deseaban mi posición, otras más me odiaban por lo que era. Una heredera.

Llegué a mi habitación.

Quería cerrar la puerta, quedarme completamente sola. Encerrarme en mi odio, con mi tristeza, con el temblor de mi propio corazón.

Pero entonces, noté los pasos; Angela me había seguido.

—Espera, hablemos —dijo, con el cabello suelto y la voz desesperada.

No respondí. Solo empujé la puerta con más fuerza. Deseaba que desapareciera, que se fuera de nuevo y no verla más. Pero fue más rápida. Siempre lo fue. Me golpeó en la nuca con suavidad, obligándome a soltarla.




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