Sombras de poder

13

CAPÍTULO TRECE

LA VOZ MISTERIOSA

"Cuando nadie te ve, cuando nadie te nombra... empiezas a desaparecer. Pero yo ya no lo iba a hacer. Iba a obligarlos a mirarme. A decir mi nombre. A recordarlo. Aunque fuera lo último que hiciera."

En un abrir y cerrar de ojos, un mes ya había transcurrido. El regreso de Angela hizo que la duquesa se volviera menos insoportable. Menos... cruel.

Un mes de entrenamiento a muerte. De heridas en las manos por la cuerda del arco. De respiraciones contenidas... hasta acertar.

No siempre daba en el blanco como el gran duque lo pedía.

Pero cuando lo lograba... no temblaba ni un poco.

Angela ahora portaba vestidos de seda y joyas a su medida. Su cabello siempre estaba perfectamente peinado y caía en ondas por su espalda, su postura impecable y esa sonrisa...

Aprendió a caminar como una noble en cuestión de días. Yo... llevaba años intentándolo, y siempre me sentía fuera de lugar.

Las tardes seguían siendo una farsa.

Té. Sonrisas. Comentarios venenosos disfrazados de cortesía.

Las señoritas de la nobleza no hablaban más que de coronas, linajes, los hijos que aún no tenían... Como si todo aquello ya les perteneciera.

Parecía que el mundo no quería destrozarlas. Como si no supieran lo que costaba sobrevivir.

Quizá el entrenamiento era lo único real.

—Más rápido.

La voz masculina cortó el aire antes de que pudiera tensar bien el arco. Rodé los ojos sin mirarlo.

—Si lo hago más rápido, fallaré.

—Entonces falla, eres demasiado lenta.

Y tú un imbécil, bastardo.

Apreté la mandíbula. Solté la flecha. Falle.

—Eres tan predecible —continuó el bastardo, cruzando de brazos—. Siempre corriges antes de fallar. Eso te vuelve lenta.

Me giré hacia él, furiosa.

—Hablas demasiado para alguien que ni siquiera tiene un apellido, maldito bastardo.

El silencio cayó.

Los soldados cercanos dejaron de moverse por un segundo para mirar tal escena. El bastardo no reaccionó de inmediato. Solo me miró con los brazos cruzados.

Esa mirada.

Fría. Directa. Sin miedo.

—Y tú —dijo finalmente—, dependes demasiado de uno.

Sentí el golpe, atravesándome las costillas. No fue algo físico de lo que pudiese arreglar con algo de hielo. Era peor.

Apreté los labios con fuerza.

Solo había transcurrido un mes, un maldito mes, y el gran duque lo adulaba como el mejor soldado que había entrenado. Lo habían ascendido a capitán en tan solo unos días y ahora se creía mejor que todos.

Camino hacia mí sin pedir permiso, sin inclinar la cabeza, sin recordar quién demonios es. Tomó mi muñeca en un movimiento rápido. Instintivamente, quise apartarme; mi mente lo pedía.

Pero no lo hice.

—Aquí —murmuró, ajustando mi postura—, no se trata de fuerza. Es control.

Su mano soltó la mía.

—Inténtalo de nuevo.

Respiré profundo y solté el borde. La flecha atravesó el centro del blanco. El silencio cayó breve.

—Solo fue suerte. —dijo alejándose a la ladera.

Sonreí apenas.

—Bastardo mediocre.

La tarde transcurrió lenta bajo la nieve

La tarde transcurrió lenta bajo la nieve. Mis dedos ardían.

Tres arcos se habían roto tras tensarlos demasiado. No me gustaba practicar arco... y mucho menos cuando me hundía en una capa blanca hasta los tobillos que me impedía moverme, volviendo cada movimiento más pesado.

Los soldados a mi alrededor, cansados, no paraban de entrenar.

Según Eldric, la guerra podría estallar en tan solo unos días, y luego, no serían más que unos cadáveres inútiles si no estaban listos, así que los soldados debían entrenar día y noche sin importar el clima, sin importar si uno de ellos moría de agotamiento.

Ninguno de ellos podía visitar su familia; estaban hospedados en la pequeña mansión del ducado Caerion. Una de las tantas propiedades de la familia que usaban como campo militar desde hace siglos.

Pasé un dedo bajo la nariz; el frío comenzaba a calarme. Angela, a pesar de no entrenar, se sentaba a observarnos día y noche dentro de la mansión. Cálida, intacta.

Había pedido al gran duque entrenar como yo, acompañarme, pero él se lo había negado, diciendo: ¿Cómo podría una señorita tan bella como tú dañar sus manos suaves y delicadas?

Eso solo me había hecho enfadar. Sí, ella era una señorita delicada. ¿Qué era yo, que entrenaba como a un animal?

Así que me trasladé en carruaje hace días, entrenando junto a los soldados que Eldric usaba como su gran "proyecto". Aldrich había dejado de entrenar conmigo; el gran duque le había prohibido volver a hacerlo, debido a que tenía otras responsabilidades, como establecer tratos, atender necesidades del ducado, como del ejército y el rey supremo, como la corte.

Y cuando el gran duque decidió que él sería quien me entrenara... entendí que no era casualidad. El bastardo rompió arcos y espadas, causó un estrago en la mansión que le costó quince latigazos. Ni uno menos.

Tensé el arco una vez más, ignorando el ardor, la rigidez en los brazos, ese maldito peso de todas las miradas que esperaban que fuera mejor... suficiente.

Respire. Solté.

La flecha se volvió a desviar.

Apreté los labios, conteniendo la frustración que comenzaba a acumularse dentro de mi pecho, densa, insoportable. No hacía falta girarme para saberlo. No hacía falta verlo.

Ahí estaba. Otra vez.

Era extraño cómo su presencia se había vuelto tan... reconocible. No por el sonido de sus pasos crujir en la nieve, ni por esa voz que me helaba la piel, sino por la forma en que el aire parecía tensarse cada vez que él estaba cerca. Aun después de un mes de entrenamiento, todo mi cuerpo reaccionaba antes de que mi mente pudiera alcanzar su voz.




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