Sombras de poder

14

CAPÍTULO CATORCE

El bosque plata verde

"Dicen que el tiempo cambia a las personas. Mienten. El tiempo no

cambia nada... solo arranca las partes más débiles."

Año 4660, época IV. Último ciclo de invierno. Año maldito siete del reinado de su majestad, el Alto rey Curvus.

Diecisiete años de edad.

Angela Olivo.

El carruaje se detuvo de pronto, pero mi cuerpo tardó unos segundos en hacerlo. El movimiento siguió aún dentro de mí como si las ruedas giraran bajo mis costillas apretadas.

El vestido era demasiado costoso, apretado y grande. Desde mi regreso, el gran duque había anunciado al castillo y ducado que ya no sería más una doncella, que se me trataría tal a una noble; sin embargo, aquel anuncio pareció no agradarle al rey, quien no otorgó ningún título y reprendió al gran duque.

A pesar de nuestras múltiples peleas, él siempre terminaba cediendo a todo lo que pedía, tal como cuando era una niña.

Me incitó a tomar clases de etiqueta, aunque no las quisiera, quemó mis uniformes y me obligó a usar vestidos demasiado apretados. Sin embargo, cuando lo hacía, algo dentro de mí soltaba un peso que cargaba desde hacía años.

Parecerme a ella.

A la gran y maravillosa Wilhelmia.

El carruaje vibró y me maldije por dentro; de nuevo lo estaba haciendo. Me daba asco sentirme de esa forma. Me daba asco la manera tan fácil que fue para ella aprender cosas nuevas, sentirse mejor con ella misma, retar al hombre que la hacía menos...

Solo me había ido unos meses y ya era otra persona.

Mis dedos se crisparon cuando escuché el suspiro ahogado de Wilhelmia a mi lado. Retrocedí en el asiento llevando una mano a mi pecho; había actuado extraña durante días; además de distante, parecía... diferente.

Sus manos se veían rojas a pesar de la tela que las cubría; recorrí su rostro, ligeramente carmesí, y esos ojos... que normalmente tenían una tonalidad café claro, ahora se veían... tan claros y brillantes como la miel.

Tragué duro, acercando el calor de mi mano sobre sus dedos; tan rápido como la toqué, retiró la suya, como si fuera veneno. El color brillante se fue desvaneciendo en sus ojos.

—¿Estás bien? —pregunté, colocando la mano por debajo del asiento, donde hace años había escondido una pequeña daga.

Asintió demasiado rápido.

—Sí.

Apreté la empuñadura. Mentía. Lo sabía por cómo sus dedos se crispaban y tocaba la parte inferior de sus labios. Era obvio. ¿No quería decirme algo? Sin embargo, no estaba en posición de exigirle nada después de que me confesara que me odiaba.

Las puertas del carruaje se abrieron, dejando entrar el frío y un torrente de voces que hacían temblar los cimientos. Me apresuré a bajar, sujetando ambas partes del marco, quedando atorada en el acto; aún no terminaba de acostumbrarme a las enaguas.

La busqué entre la multitud, sujetando los pliegues del vestido, pero ella ya estaba caminando directo hacia las filas de jóvenes que se tambaleaban por el frío. No miraba a los lados, no parecía nerviosa o aterrada como lo hacía de niña, solo... caminaba derecha... ajustándose el pequeño sombrero.

No era la primera vez que acudía al palacio, pero se veía distinto. Como si nada malo pudiese existir ahí, y aun así, lo primero que noté no fue la belleza. Fueron las miradas.

Los plebeyos estaban detrás de vallas de madera, contenidos como animales a punto de desbordarse. Gritaban y se empujaban, lanzando piedras y lodo a los nobles. En sus ojos no había admiración como los nobles lo hacían vender a sus hijos.

Había algo tenebroso que me hizo bajar la mirada.

—No lo dejes... no lo dejes. —Escuché la voz de Seraphina acercándose, encogida, bajando la cabeza ante la cercanía de Eldric.

La duquesa corrió a refugiarse detrás de mí. Una de sus mejillas ardía roja, mientras que él se acomodaba el guante de seda con calma.

Aldrich nos miraba de reojo dándole órdenes a un par de tropas.

—¿Está bien? —le susurré al oído, inclinándome hacia ella.

—No lo dejes —repitió, temblando.

—¿Qué no deje qué?

—No dejes... —Farfullo—, no dejes que la envíe.

Apreté sus manos.

—Sobrevivirá.

—¡No! —las soltó de golpe—. Mi niña... nació de mí... ¿Por qué me la quita...?

Eldric me miró condescendiente.

—Cállala de una vez por todas o llévatela al fondo.

La cubrí con mi cuerpo.

—¿Qué le da el derecho de golpearla? —su mano áspera me apretó la mandíbula con fuerza; no bajé la mirada.

—Es mi mujer, puedo hacer lo que quiera con ella. ¿Te pusiste de rodillas pidiendo volver solo para esto? Cierra la puta boca si no quieres que te reemplace por ella.

Le aparté la mano de un golpe. Presione su mejilla con la yema del dedo.

—Vuelve a ponerme una mano encima... y te cortaré dedo por dedo hasta sacarte los huesos, hijo de puta. —Le escupí al rostro y él se limpió con un pañuelo, despacio.

Su mirada se oscureció en un gruñido.

Tantas peleas, golpes y gritos me habían obligado a esconder esta parte de mí de Mina; ella podía pensar lo que quisiera de mí. No me importaba si eso significaba que me odiara si eso lograba protegerla de todo; que así fuera.

Un chillido estremeció a todos los presentes, y cuando el gran duque alzó la cabeza, algo en su mirada cambió. Sus labios se abrieron en una mueca tensa mostrando los dientes y caminó con prisa, empujando a los nobles hasta abrirse paso.

—¡Mi niña! ¡Mi niña! —gritó Seraphina. Una sombra grande se alzó ante nosotras.

—¡Madre! —Aldrich sujetó sus manos—. Vamos, llevémosla al fondo.

Asentí. Pasé una mano por su cintura y bajé la capucha, ocultando su rostro de los murmullos que ya creían alrededor. Los soldados formaron un muro frente a nosotros, ocultándonos de todos. La sentamos en una pequeña banca y despejé su rostro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.