Año 4636, época IV. Primer
ciclo de invierno. Año maldito uno
del reinado de su majestad,
el Alto rey Curvus.
La noche invernal estaba inquieta; los ventanales del castillo se agitaban con un viento feroz que parecía nacer de las entrañas de la tierra. En el firmamento, las nubes giraban en espiral, formando remolinos grises que devoraban la luz de luna.
En la habitación más alta del castillo, dormía en una cuna una pequeña niña, quien apenas era iluminada por la luz mortecina de una vela. Dos sirvientas velaban en silencio a los pies del lecho, rezando en susurros para calmar a los dioses.
―No levantes la vista ―murmuró una de ellas―. La tormenta aún no ha aceptado nuestras ofrendas.
Pero la más joven sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Una voz suave y tentadora, casi un roce que le rozó la nuca: Mira arriba...
Los ojos de la joven sirvienta se cerraron con fuerza mientras agitaba la cabeza, convencida de que los dioses oscuros intentaban seducirla.
Mira... arriba...
Insistió la voz, más cerca, más íntima.
El corazón le latió con rapidez cuando unos dedos suaves y etéreos le rozaron el cuello, dibujando círculos delicados que ascendieron hasta la mandíbula. La caricia la dejó sin aliento, atrapada en aquella voz que parecía envolverla, cegarla.
Y entonces, vencida por la curiosidad, alzó la mirada hacia el ventanal.
Entre los grandes pliegues ondulantes de las cortinas, una sombra se deslizó, lenta y sigilosa. Los rosarios de madera resbalaron de sus manos trémulas, y las cuentas golpearon el suelo en un sonido hueco que partió el silencio en dos.
―¿Quién anda ahí? ―susurró, temblando.
Un destello plateado cruzó el aire, tomando forma en una daga que se clavó entre sus omóplatos con un crujido. El aliento se le escapó en un gemido ahogado. La mujer a su lado pegó un grito mientras el cuerpo de su compañera caía sin vida sobre ella, manchando las alfombras con sangre tibia.
El cuerpo de la sirvienta tembló, aterrada, incapaz de pronunciar una sola palabra, y se lanzó al aire, tropezando con el cuerpo inerte. Logró alcanzar el cesto de troncos envueltos en listones, las señales de alarma que debían quemarse y lanzarse para llamar a los soldados del patio.
Apenas el tronco tocó la llama de una vela, una segunda daga silbó desde las sombras y se incrustó en su cuello. El tronco cayó de sus manos, apagándose en el mármol. La mujer se derrumbó intentando susurrar el nombre de la niña.
Entonces, las grandes puertas del balcón se abrieron en par, apagando las velas y oscureciendo los aposentos de la niña. El cielo que había estado cubierto se abrió con un fulgor dorado y rayos cayeron entre las nubes, desgarrando la tormenta en dos.
Un cuervo negro de ojos centelleantes aterrizó sobre el mármol del balcón, y al instante tomo forma de una mujer alta. Profundas cicatrices le cruzaban el rostro, su cabello dorado se ondulaba en el aire, meciéndose sin desplomarse en su espalda.
Deslizo dos dedos sobre la sangre derramada en el suelo y la untó sobre una runa en su antebrazo. Los ojos le resplandecieron; sus labios se elevaron en una sonrisa que halaba la piel.
Camino entre los cuerpos sin mirar atrás. En su mano derecha se materializó una tercera daga dorada, humeante, mientras se grababan runas antiguas en la hoja con un brillo enfermizo.
Se acercó a la cuna.
La niña dormía profundamente, ajena al caos. El manto de la intrusa se agitó con el viento que volvía a soplar, levantando los bordes de las cortinas como alas furiosas. La mujer tocó la piel suave de la niña, encaminó la punta de la daga sobre el pequeño brazo y, con un solo movimiento, el filo descendió.
El llanto resonó como un trueno. Afuera, los rayos dorados estallaron sobre el cielo ennegrecido. El viento volvió a rugir, y una voz susurró entre las paredes del castillo.
La niebla oscura que envolvía a la mujer se tornó dorada.
―Cuando la luna sangre, los reinos caerán. Y de la herida nacerá la corona prohibida.
La cicatriz se formó al mismo tiempo que sangraba, retorciéndose en un dibujo grotesco que palpitaba bajo la luz de luna.
De repente, la puerta se abrió de golpe.
Una mujer vieja y de cabello canoso entró apresurada y con ella un par de jóvenes sirvientas que resbalaron luego de ver los cuerpos. El resplandor del candil que sostenían en sus manos iluminó la figura encapuchada justo cuando retrocedía.
La sombra huyó, deslizándose con rapidez, saltando por el balcón, desapareciendo en medio de la noche. El viento rugió de nuevo, arrastrando consigo las cortinas y dejando un frío que les entumeció las piernas.
La mujer se abalanzó sobre la cuna. El chillido de la niña aún rebotaba en las paredes, y la sangre empapaba la seda blanca. Con manos temblorosas, arrancó la tela de su propio delantal y envolvió su brazo, presionando la herida, mientras murmuraba oraciones apresuradas.
―Resiste, pequeña... resiste.
Los susurros del viento se desvanecieron al cerrarse las puertas de golpe, como si nunca hubiesen existido, y la sangre se disipó cerrando la herida por completo.
La mujer retrocedió, tenía el rostro pálido, cuando pisó algo duro que la obligó a detenerse. Bajo la mano, alcanzando la daga de la mujer; era filosa y alargada, con manchas oscuras y blancas, y en el mango, bajo la luz de la luna, logró ver un emblema que la hizo temblar.
Manos sosteniendo una copa de la cual brotaban vapores que se convertían en flores envueltas en espinas. Rápidamente emitió un grito ahogado que alertó a los soldados. Aquel emblema era perteneciente a esa mujer cambiaformas.
El monstruo que todos temían.
La dama del veneno.
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Editado: 07.04.2026