Sombras del engaño

Capitulo dos.

A las siete, Rosa ya estaba en la cocina con el delantal manchado de harina y la radio bajita. Me dejó el café con leche y una brioche col tuppo en la mesa del fondo, sin preguntar nada. Rosa nunca pregunta. Lleva veintidós años en esta casa y sabe que las preguntas aquí cuestan caro.

—Estás pálida —dijo, sin volverse.

—Duermo mal.

—Pues come.

Me comí la brioche entera, aunque me pesaba como una piedra. Era mi última brioche de Rosa y no pensaba desperdiciarla.

A las nueve, mamá bajó con su bata de seda y esa sonrisa que usa de uniforme. Me preguntó si quería acompañarla a la misa de las once. Le dije que sí. Sabía que le haría ilusión, y sabía que sería la última vez, y las dos cosas me estrujaron el estómago al mismo tiempo.

En el coche, con Gaetano al volante y otro escolta detrás, miré por la ventanilla cómo pasaba Palermo: los balcones con la ropa tendida, los vendedores de la Vucciria desmontando los puestos, los chicos en moto sin casco, el mar al fondo como si nada. Cuatro minutos hasta la iglesia. Contados.

Durante la misa mamá me tomó la mano. Tiene las manos frías y siempre huelen a jazmín. Me pregunté si algún día me perdonaría. Después me prohibí preguntármelo, porque a esas alturas ya no servía de nada.

Al volver, mi padre estaba encerrado en el despacho con dos hombres que no conocía. Oí voces, un nombre, Marchetti, y luego la puerta cerrándose. Me quedé un segundo de más en el pasillo. Un segundo es mucho en esta casa, así que me fui.

La tarde la dediqué a ser perfecta. Comí con todos. Sonreí a un tío lejano que me preguntó si ya tenía novio. Leí en el jardín, bajo los limoneros, con el libro abierto en la misma página durante dos horas. Cuando mi padre pasó a mi lado, me rozó el hombro con dos dedos, un gesto torpe que en él equivale a un abrazo.

—El viernes —dijo.

—El viernes —repetí.

Y le mentí con la cara más tranquila que he puesto en mi vida. Eso también me dolió. Qué raro, que lo que más duele de irme sea que se me dé tan bien mentir.

A las diez de la noche me encerré en mi cuarto. A las once, la casa ya respiraba como duerme una casa vigilada: con un ojo abierto.

Los turnos de los escoltas cambian a las doce y cuarto. Llevo dos años observándolos. Durante los quince minutos que tardan en relevarse, el jardín trasero queda con un solo hombre, y ese hombre siempre se aleja a fumar junto a la fuente. Quince minutos. Los he cronometrado tantas veces que podría hacerlo dormida.

Lo primero fue el pelo.

Había comprado la tintura hacía una semana, en una farmacia de Mondello, pagando en efectivo y con unas gafas que no eran mías. Caja de color negro azulado, dos pares de guantes, una bolsa vieja de gimnasio para meter la ropa manchada. Me encerré en el baño de mi cuarto, abrí el grifo para disimular el ruido y me miré en el espejo por última vez.

Rubia. Rubia como mamá, como la abuela, como todas las mujeres de esta familia a las que nos reconocen por el pelo antes que por la cara. En media ciudad hay gente que sabría decir mi nombre solo viendo mi melena de lejos.

Me puse los guantes. Mezclé. Empecé por la raíz, como decía el prospecto, con la brocha, mechón a mechón. Olía a amoníaco y a decisión tomada. Me escocía el cuero cabelludo y tenía las manos tan nerviosas que manché el borde del lavabo.

Treinta y cinco minutos de reposo. Los conté uno por uno, sentada en el borde de la bañera, con el pelo envuelto en film transparente y el corazón haciendo ruido.

Cuando por fin me aclaré, el agua bajó por el desagüe oscura como tinta. Me sequé con una toalla vieja y levanté la vista.

No me reconocí.

El pelo, negro y pesado, me caía hasta los hombros y me hacía la cara más fina, más afilada. Lo único que seguía siendo mío eran los ojos: verdes, claros como cristal de botella, con ese anillo más oscuro alrededor. Los ojos de mi padre. Los únicos que no podía cambiar y que, por una vez, no quería cambiar.

—Hola —le dije al espejo—. Encantada. Nunca te había visto.

Y, curiosamente, me gustó.

A las doce y diez estaba lista. Vaqueros, camiseta gris, zapatillas, una chaqueta oscura. Una mochila con ropa, el sobre del dinero cosido al forro (3.200 euros, contados otra vez, claro), un cargador, una botella de agua, el carné falso que compré a un conocido de Rosa y una foto de mamá doblada en cuatro. Nada más. Todo lo demás lo dejé donde estaba, incluido el collar de la abuela sobre la cómoda. Si me lo llevaba, me encontrarían.

Dejé una nota en la almohada. Escribí tres versiones y rompí dos. La que quedó decía solo:

No me busquen. No es culpa de nadie. Es que no soy lo que quieren que sea. Perdóname, mamá.

Cinco líneas para veintiún años. Mi vida cabe en una nota. Hay que tener ganas de ironía a las doce y diecisiete de la noche.

Bajé por la escalera de servicio, la que no cruje (conté los peldaños el primer mes, aprendí cuáles). Pasé por la cocina a oscuras. Había un plato tapado con un paño sobre la encimera, y debajo, un trozo de torta de almendras. Rosa. Siempre sabe.

Me lo comí de pie, en silencio, con los ojos ardiéndome. Dejé el plato en el fregadero. Era absurdo, pero no soporté la idea de irme dejando algo sucio.

Salí por la puerta del patio. El aire olía a limón y a mar. El escolta de la fuente seguía fumando de espaldas, con la brasa roja como un ojo. Me pegué a la pared, descalza (las zapatillas en la mano, por el ruido), y crucé los treinta metros de grava más largos de mi vida. Cada guijarro parecía gritar.

La verja de servicio tenía el candado que yo misma había engrasado la semana anterior. No chirrió. Me deslicé fuera y empecé a caminar sin correr, porque correr llama la atención.

Cuatro calles más abajo, en un garaje sin dueño visible, esperaba el coche: un Fiat Panda blanco, de alquiler, a nombre de Clara Mancini. Un coche tan anodino que nadie lo recordaría. Había ido a verlo tres veces de día, para comprobar que arrancaba.




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