Valerio Marchetti.
Mi madre decía que los hombres se dividen en los que tienen prisa y los que tienen tiempo, y que solo los segundos llegan a viejos.
Yo tengo tiempo. Por eso llevaba tres semanas sentado en un auto gris frente a una casa de Palermo, con un café que se enfriaba en el posavasos, aprendiendo a esa muchacha como se aprende un mecanismo, pieza por pieza.
Livia Borghese. Veintiún años, hija única de Salvatore Borghese y, por tanto, la última llave de la última puerta que me separa de lo que quiero.
No me malentiendan, no odio a los Borghese. Salvatore es un hombre sensato, de los pocos que quedan, y en otro mundo habríamos compartido mesa y vino sin problema. Pero Italia no cabe en dos manos. Las familias se matan por territorios que no saben administrar, y el país paga la cuenta. Alguien tiene que ponerle fin, y ese alguien tiene que ser paciente.
Mi organización controla Roma, Nápoles y media costa del Adriático. Los Borghese son el último muro: Sicilia, los puertos, los capos viejos que aún le juran lealtad a Salvatore. Cuando él muera, ese muro necesitará un heredero. Su hijo Marco ya no podía serlo.
Quedaba la hija.
Y la hija, lo admito, me desconcertó. No tenía la mirada de una princesa mafiosa. Tenía la de alguien que cuenta los minutos para salir de una habitación. Una tarde la vi pelear con una cortina durante un minuto entero hasta conseguir cerrarla, y me sorprendí sonriendo. Yo no sonrío por trabajo.
Cuando nuestros ojos se cruzaron por la ventana, esperé miedo, o altivez. Recibí una furia silenciosa y ordenada, la de una mujer que ya ha tomado una decisión. Le incliné la cabeza. Es mejor que los enemigos sepan que uno es educado.
—Don Valerio —dijo Nino desde el volante, con la voz baja—, ¿seguro que no prefiere que lo hagamos esta noche, en la casa?
—Nino. —Me quité los guantes, despacio—. Si matamos a la heredera dentro de la casa de Salvatore, él moverá cielo y tierra y tendremos una guerra de diez años. Si desaparece lejos, sin testigos ni culpables, se quedará con un hijo muerto y una hija evaporada. Un hombre así no hace guerras. Se desmorona.
—Entiendo.
—No me gustan los desperdicios. Tampoco las guerras tontas.
Fue Nino quien dio con el falsificador, un conocido de la cocinera, con deudas y mucho miedo. Nos contó lo que ella había comprado, un carné, un permiso de conducir, un nombre, Clara Mancini. Me lo dijo temblando, con las manos en los bolsillos. Le agradecí con dos mil euros y le pregunté por su hija, la del pie enyesado. Siempre pregunto por los hijos. Es genuino, aunque nadie lo crea.
Así supe que se iría, y cuándo.
La vi salir a las doce y veinte, una sombra que cruzaba el jardín con las zapatillas en la mano. Silenciosa, precisa. Si yo hubiera tenido su disciplina a los veintiún años, habría llegado más lejos. Con el pelo negro casi no la reconocí. Casi. Hay gente que no puede esconder la forma en que camina.
La seguimos por Via Libertà y luego por la autopista, a doscientos metros, con las luces bajas. Yo había elegido el lugar con cuidado: un tramo desierto cerca de Termini Imerese, sin cámaras, con un camino de servicio. Un coche cerrándole el paso, una conversación breve, una inyección. Sin sangre, sin ruido. Casi un acto de caridad, comparado con lo que mis rivales le habrían hecho.
Pero a la altura de Buonfornello, el Panda blanco aceleró.
—Nos ha visto —murmuró Nino.
—Hace rato. —Sonreí, y no pude evitarlo—. Mire cómo conduce.
No huyó como huye la gente asustada. Mantuvo la velocidad, esperó a una curva larga, y en cuanto los árboles nos taparon la vista, apagó las luces y se metió por un camino de tierra. Pasamos de largo con el corazón en los oídos. Cuando Nino frenó y dio la vuelta, el camino estaba vacío y el aire olía a polvo.
—La perdimos —dijo, con la cara descompuesta.
—No. —Miré mi reloj, un Patek de 1938 que fue de mi abuelo—. Ella nos ha hecho perder tiempo. Es distinto.
Le hablé con tranquilidad porque a Nino hay que hablarle así cuando se asusta. Pero por dentro había algo que no sentía desde hacía años: respeto.
Se la nos había escapado en la noche, pero no del todo. El Panda era de alquiler, y las empresas de alquiler tienen rastreadores y empleados con familia. Antes del mediodía supimos dónde estaba: abandonado en un aparcamiento de Pozzallo, en el extremo sur de la isla, con las llaves puestas y un sobre con el dinero de la fianza sobre el asiento. Ni una factura sin pagar. Qué mujer.
Pozzallo tiene un solo motivo para recibir a gente que huye: el puerto. Los catamaranes salen hacia Malta, y Malta no pide pasaporte a quien llega con un carné italiano. Nino hizo una llamada a un contacto del puerto, y esa misma tarde tuvimos el nombre en la lista de pasajeros de la primera salida de la mañana: Mancini, Clara.
Salvatore, mientras tanto, convertía Palermo en un hormiguero. Revolvía hoteles, estaciones, casas de amigos, con cien hombres buscando por tierra a una hija que ya estaba en el mar. Los hombres como él buscan donde conocen. Nunca se les ocurre que su hija pueda preferir un país en el que no lo conoce nadie.
Esa tarde, a las seis, Nino y yo desembarcamos en La Valeta.
La encontramos al día siguiente, y no fue difícil. Los que huyen siempre dejan un rastro de papeles.
Había dormido la primera noche en un hostal barato de Sliema, bajo el nombre de Clara. A las nueve de la mañana la vi salir con la mochila al hombro, el pelo negro recogido en una coleta, con un mapa de papel en la mano. Un mapa de papel. Nadie usa ya mapas de papel, salvo quien no quiere dejar rastro en un teléfono.
Desde un café al otro lado de la calle, bebiendo un té que no me gustaba, la seguí con los ojos durante dos días enteros. Y fui aprendiendo.
El primer día la vi alquilar un Kia pequeño, blanco, en una oficina junto al paseo marítimo. Se equivocó de carril tres veces al salir, porque en Malta se conduce por la izquierda, y se rio sola, con la ventanilla bajada, como quien descubre que la vida puede ser torpe y ligera a la vez. Esa risa me llegó desde treinta metros. Me quedé mirando la taza.
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Editado: 28.10.2026