Soy la oveja negra de mi familia

Capítulo 13 [editado]

𝑴𝒂𝒓𝒄𝒐𝒔

Admito que no lo pensé muy bien cuando aparecí frente a la casa de Olivia. Fue algo imprudente y estupido. Nunca había hecho algo así antes. No suelo ser tan impulsivo. Por lo general soy bastante racional, pero…. ¡carajo!

Ella me supera. 

No lo quería admitir. Por Dios que no quería hacerlo. Me dije varias veces que no era cierto, sin embargo, es imposible tapar con un dedo. Es que… aún me cuesta creer que algo así esté sucediendo. Para mí es difícil comprender qué rayos es lo pasa conmigo últimamente. Desde que esta irreverente y sarcástica chica rebelde apareció en mi vida, mi mundo se sacudió por completo. Lo peor de todo es que no tengo ni la más mínima idea de cómo lo consiguió. 

Y eso me vuelve loco. 

Sí. Debo estar loco de remate. Es la única explicación lógica que se me ocurre para lo estoy haciendo en este momento. De lo contrario, no tendría sentido que Olivia se encuentre sentada en el asiento del pasajero del auto mientras yo conduzco en busca de una estúpida pizza de pollo. Lo más irónico es que ni siquiera me gusta la pizza de pollo. 

Sea como sea, ya es tarde para arrepentirme. Procurando no ser muy obvio, le doy una mirada rápida a la chica pelinegra sentada a mí lado. Su cabello está envuelto en un despreocupado moño, del cual algunos mechones rebeldes —como ella— han empezado a escaparse y ahora adornan su rostro. Tengo el impulso de estirar mi mano para llevar a uno de esos mechones traviesos detrás de su oreja. A tiempo me las arreglo para evitarlo. No quiero hacer algo que la haga sentir incómoda. Volviendo a poner toda mi atención a la carretera me alegro de por lo menos haberle pedido prestado el auto a Rubén —el hombre que me crió y a quien considero como un papá—. Aunque no fue fácil convencerlo, valió la pena el esfuerzo. Olivia le tiene miedo a las motos, así que, ver lo cómoda y tranquila que se encuentra, me hace sentir más aliviado. 

Me detengo en un local que parece vender toda clase de comida rápida. Por lo que, asumo que también deben tener pizza. Antes de bajar del auto, le digo que espere unos minutos a que regrese y por supuesto, que mantenga las puertas con seguro. Preparar la pizza tardó más de lo esperaba. Al volver doy un par de toquecitos al cristal de la ventana para llamar la atención de Olivia. Ella al verme estira su mano para retirar el seguro y procede a abrirme la puerta desde adentro, pues, tengo las manos ocupadas en sostener la caja en la que empacaron la pizza. 

—Aquí tienes —digo al tiempo que me acomodo en el asiento del conductor. 

La pelinegra no demora en abrir la caja para observar el contenido: —Me alegra que recordaras cual es mi favorita, Doc. 

Sonrío al escucharla. 

—¿Cómo podría olvidarme de algo tan importante? —le guiño un ojo divertido.

—Pues, eso me agrada —me hace saber. 

Trago saliva. 

 No es la primera vez estoy a solas con una chica, entonces, porque me siento… ¿nervioso? 

<<¡Carajo!>>

¿Qué es lo has hecho conmigo, Olivia?

—Entonces ¿a dónde vamos ahora? —pregunta de pronto y yo la miro confundido. Lo que tenía planeado era comprarle la pizza y llevarla de vuelta a casa—. Todavía no quiero volver y… la noche está bastante agradable ¿no crees? 

—Siendo así. Hay un lugar al que podríamos ir —enciendo el motor—. Estoy seguro que te va a gustar. 

Poniéndome manos a la obra. Avanzo por la carretera hasta llegar a la avenida principal. El tráfico sigue siendo bastante pesado a pesar de encontrarnos a altas horas de la noche. Sin embargo, es más fácil conducir. Obviamente no está demás ser precavido y andar con cuidado. 

Tenemos un buen rato en camino. Las casas ya no se ven y solo los árboles adornan el paisaje. Lanzo una mirada rápida en dirección a mi copiloto, solo, para confirmar si está incómoda por el viaje. Pues, todavía nos falta un poco de trayecto antes de llegar al sitio que quiero enseñarle. Por suerte se ve tranquila. Sin querer. Sonrío al notar que no ha despegado su vista de la ventana. Al percatarme de ello vuelvo a mirar al frente con rapidez. Por suerte está tan distraída observando todo a su alrededor que no se da cuenta de nada. 

 O al menos, es lo que espero. 

—Por cierto —pregunta, rompiendo el silencio que adorna el auto— ¿A dónde nos dirigimos, exactamente? 

—Te lo diría —respondo—, pero, es una sorpresa. 

Levanta una ceja. 

—Déjame decirte que odio las sorpresas. 

Aquellas palabras me agarran desprevenido: — ¿en serio? —pregunto y, ella asiente— eso es… ¡¿a quién no le gustan las sorpresas?!

—A mí —contesta, de manera irónica. 

Wow.

Esto, sí que no me esperaba. 

—¿Por qué las odias? 

—Digamos que, no me resultan agradables —confiesa, por un segundo pude notar tristeza en su voz. Me gustaría saber más, pero, debo conformarme con lo poco que me cuenta de su vida. Lo único que puedo pensar es en su papá. Tal vez, él podría ser la razón del porque no le agradan las sorpresas—. Como sea ¿vas a decirme a donde vamos o no? 




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