Starlight Arco 1: El Despertar De La Estrella

Prólogo

El año 4567 de la duodécima era del linar corría su curso, y el mes de abril se manifestaba en el firmamento con un espectáculo crepuscular. Fuera de los muros, el cielo se teñía de una mezcla densa de tonalidades naranjas y amarillas, un atardecer que parecía incendiar suavemente el horizonte antes de dar paso a la noche. En medio del silencio que empezaba a envolver el entorno, el eco rítmico y agudo del taconeo rompió la quietud del pasillo, aproximándose con paso firme hacia una de las estancias.

La pesada puerta de madera tallada se abrió, revelando el interior de una habitación que destilaba la elegancia sobria de la arquitectura medieval, adaptada a las necesidades de una mística. El espacio estaba profusamente amueblado con piezas de roble oscuro y acabados artesanales.

Un gran armario con relieves de runas antiguas ocupaba una de las paredes, mientras que alfombras tejidas a mano con hilos dorados y carmín amortiguaban las pisadas cerca de la cama, la cual estaba coronada por un dosel de terciopelo pesado.

Estanterías repletas de pergaminos, frascos de cristal ahumado y reliquias extrañas flanqueaban un gran ventanal de arco ojival, dándole al lugar la atmósfera digna de una auténtica hechicera, un equilibrio perfecto entre la comodidad cotidiana y el refinamiento de las artes arcanas.

Quien cruzó el umbral era una joven de apenas 24 años, cuya presencia contrastaba de forma vibrante con los tonos oscuros de la madera. Su cabello, de un sedoso y encendido tono anaranjado, caía con suavidad sobre sus hombros, enmarcando una tez clara que parecía reflejar la última luz del día. Lo más llamativo en ella eran sus ojos: dos orbes de un gris profundo y magnético, capaces de denotar una madurez superior a su edad. Vestía un atuendo pulcro y funcional: un vestido de un azul celeste que aportaba un aire de serenidad, combinado de manera práctica con pantalones oscuros y botas negras de cuero altas, ideales para el movimiento. Sus manos estaban cubiertas por guantes estilizados, y bajo el resguardo de su brazo sostenía con firmeza un libro de cubiertas gastadas.

Caminó con naturalidad hacia el escritorio de roble situado cerca de la ventana. Con un sutil y fluido movimiento de su mano, casi como un acto reflejo, canalizó una pizca de energía que encendió los artefactos lumínicos de la habitación, desterrando las sombras del atardecer. Se acomodó en la silla tapizada y depositó el volumen sobre la mesa de madera. Al abrirlo, el sonido de las páginas pasándose una tras otra resonó con una calidez reconfortante en el ambiente silencioso, liberando ese aroma característico del papel antiguo y la tinta seca.

Con absoluta calma, extendió los dedos para tomar una pluma de ave finamente afilada. Tras sumergir la punta con precisión en el tintero, cuidando que el exceso no manchara el lienzo en blanco, apoyó la mano sobre el papel. Con un trazo firme, elegante y decidido, plasmó en la primera página las palabras que darían inicio a todo:

STARLIGHT
EL DESPERTAR DE LA ESTRELLA

Una vez seco el título, apartó la mirada del papel por un instante para fijarla en el paisaje exterior a través de los cristales. Cerró los ojos lentamente, asimilando el peso de sus propios recuerdos, y soltó un largo y profundo suspiro. Estaba finalmente lista para plasmar, con su propio puño y letra, la historia de su vida.

«Una vez me preguntaron sobre mi vida y mis aventuras. Tal vez se los respondí a todos, mis queridos niños, y tal vez no fui del todo sincera en aquel entonces... pero aquí, en estas páginas, finalmente lo sabrán. Conocerán a cada una de las personas que formaron parte de mi camino, a aquellos que me acompañaron en la luz y a quienes me empujaron a la oscuridad; descubrirán los momentos exactos que me hicieron caer de rodillas, los errores que me rompieron por dentro y las duras verdades que, capa tras capa, me obligaron a madurar para convertirme en lo que soy hoy.

Creo que la mejor manera de entender nuestro rincón en el mundo es asomarse a la cotidianidad de aquellos días, mucho antes de que las sombras lo devoraran todo en la era Endior.
Mientras los reinos mágicos del sur se consumían en sus propias intrigas místicas y guerras territoriales dentro de los bosques profundos, nosotros existíamos en una dichosa y apartada ignorancia. Nos encontrábamos al norte, resguardados por el abrazo colosal de unas montañas cuyas cumbres nevadas parecían tocar las estrellas. Allí se alzaba Azuris, que se erigía con orgullo como uno de los cinco grandes reinos de los terrenales, que es como nos gusta llamarnos a los de nuestra especie para diferenciarnos de las criaturas nacidas de la magia pura.

Si algo caracterizaba a los terrenales de Azuris era nuestro amor por las cosas sencillas, la buena comida y las rutinas predecibles. No éramos un pueblo que soñara con conquistas o glorias militares; preferíamos medir el éxito de la vida en el grosor de los estofados que burbujeaban en las chimeneas y en la dulzura de la manzana de otoño.

Éramos gente de costumbres fijas y manos callosas. Los días comenzaban temprano con el murmullo de los panaderos avivando los hornos comunales y el olor a centeno fresco flotando por las calles empedradas.

Nuestros hogares reflejaban ese mismo espíritu de confort: eran casas robustas con bases de piedra blanca del valle, pesadas vigas de madera noble y tejados inclinados cubiertos de paja fina, siempre listos para soportar las nevadas del norte pero manteniendo el calor del hogar intacto.

Si caminabas por el pueblo, podías ver a los zapateros puliendo el cuero con una paciencia casi sagrada junto a sus ventanas, a los tejedores entrelazando lanas de colores vivos para espantar el invierno, y a los agricultores regresando al crepúsculo guiando carretas tan repletas de grano y hortalizas que las ruedas de madera protestaban con un canto alegre por los caminos. En Azuris, el trabajo duro no era una carga, sino un orgullo que se heredaba de padres a hijos.




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