El año era el 6343. El silencio sepulcral de lo que alguna vez fue el reino humano más glorioso de la historia se rompió por el eco de unos pasos rápidos y torpes. Unas pisadas fuertes retumbaban contra el suelo de mármol, un pavimento que ahora se encontraba agrietado, astillado y cubierto por el polvo de la destrucción. A su alrededor, los colosales trozos de columnas y paredes derrumbadas daban testimonio de la tragedia; el palacio, que en sus años de gloria se alzó como el monumento más bello y majestuoso jamás construido por manos humanas, no era más que un cementerio de escombros y recuerdos.
En medio de la devastación, un hombre corría desesperadamente por los pasillos en ruinas. Tenía unos treinta años, pero el peso del dolor en su rostro lo hacía ver mucho mayor. Su largo cabello blanco, completamente suelto y alborotado por el viento y el caos, se sacudía con cada zancada. Sus ojos grises, usualmente firmes y severos, estaban empañados por el pánico y el sufrimiento físico. Vestía unas ropas de la realeza de un color plateado brillante, ahora manchadas de ceniza y mugre, y calzaba unas pesadas botas negras que golpeaban los escombros del suelo.
El hombre corría sosteniéndose el brazo derecho con una fuerza desgarradora. Una herida terrible corrompía su extremidad: de ella brotaba un espeso líquido morado que goteaba de forma constante, y pedazos de su propia carne caían muerta hacia el suelo, desintegrándose al contacto con el mármol. El dolor era tan agudo y punzante que el aire se le escapaba de los pulmones. En un momento de flaqueza, sus piernas flaquearon y el impulso de caer de rodillas para rendirse ante la agonía casi lo vence. Sin embargo, se obligó a continuar. No podía permitirse morir allí. No se iba a arrodillar. Tenía que llegar, de alguna manera, a donde estaba su hija.
Sacando fuerzas de su propia desesperación, se arrastró y caminó los últimos metros que lo separaban de dos enormes puertas de madera fina, las cuales empujó con el hombro con la poca energía que le quedaba. Al abrirse de par en par, el estruendo de la destrucción exterior fue reemplazado por un sonido sutil pero desgarrador: un llanto muy suave y tembloroso llenaba el espacio de la habitación.
En el centro del lugar, a salvo de los derrumbes principales, se encontraba una cuna meticulosamente tallada con relieves detallados. Dentro de ella, una bebé de apenas tres meses de nacida lloraba sin cesar, ajena a la caída del imperio pero asustada por el ambiente.
La pequeña tenía la piel clara y unos diminutos mechones de cabello color naranja que apenas le cubrían la cabeza.
Al verla viva, el rey dejó salir un suspiro largo, cargado de una calma profundamente agotada. Una sonrisa débil y llena de amor se dibujó en sus labios al comprobar que su pequeña estaba bien cuidada y a salvo del peligro inmediato. Olvidándose por un segundo de la sustancia morada que consumía su brazo, la cargó con delicadeza utilizando su extremidad sana y la meció suavemente entre sus brazos para calmar su angustia.
-Tranquila, mi amor... Todo está bien, ya estoy aquí -le habló con una voz baja y ronca, intentando transmitirle una seguridad que el reino ya no tenía.
Al escuchar el tono protector de su padre, la pequeña comenzó a calmar sus sollozos y abrió lentamente sus grandes ojos. Eran grises, una mirada similar a la de su padre, pero con una magia única: sus pupilas brillaban con calidez, emitiendo un destello idéntico al de las estrellas que resplandecen con fuerza en la noche más oscura. En medio de las ruinas del palacio plateado, esa mirada era la última luz de esperanza que le quedaba al monarca.
El rey comenzó a caminar lentamente por toda la habitación, recorriendo el espacio con pasos pausados para tratar de calmar el llanto de la pequeña. La bebé, sintiendo el calor de su padre, se fue tranquilizando poco a poco; acomodó su pequeña cabeza apoyándola con total confianza en el hombro del monarca, quedándose quietecita mientras dejaba caer un hilo de baba que mojaba la costosa tela plateada de la vestimenta real.
Sosteniéndola firmemente con su brazo sano, el rey se acercó a un gran ventanal que milagrosamente seguía en pie. Al mirar hacia el exterior, la vista era desoladora: su hermoso reino estaba completamente hecho en ruinas. El humo negro se elevaba hacia el cielo y las estructuras colosales yacían destruidas por todas partes. Sin embargo, en medio del desastre, un leve alivio cruzó por su mente al confirmar que no había cuerpos ni personas heridas entre los escombros. Eso era seguro, ya que el lugar había sido completamente evacuado a tiempo.
Él sabía perfectamente lo que venía. Su hermano gemelo, su propia sangre, regresaría de un momento a otro para buscarlo y terminar lo que había empezado. El rey no quería que nadie más muriera por culpa de esa guerra familiar, y mucho menos estaba dispuesto a pedirle a sus soldados que arriesgaran sus vidas para protegerlo.
Por esa razón, antes de que el caos se desatara, les había ordenado firmemente a todos que abandonaran el palacio y salvaran a sus familias, quedándose él solo para enfrentar el destino.
De pronto, un dolor sumamente severo e insoportable le recorrió todo el cuerpo, obligándolo a cortar su línea de pensamiento. El rey bajó la mirada hacia su brazo derecho y vio con horror cómo el líquido morado seguía carcomiendo su carne sin piedad. El veneno o la maldición estaba avanzando rápido.
Casi de inmediato, una sensación de ahogo lo invadió; comenzó a toser varias veces de forma violenta, un sonido seco que resonó en las paredes de la alcoba, hasta que finalmente terminó escupiendo un chorro de sangre espesa que manchó el suelo destruido.
Limpiándose la boca rápidamente con el dorso de la mano, miró con angustia hacia abajo, temiendo haber asustado a la niña. Pero la bebé ni siquiera parecía notar el peligro; completamente ajena a la gravedad de la situación, había estirado sus manitas y jugaba con curiosidad con los largos mechones de cabello blanco de su padre.
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Editado: 04.10.2026