—Todo normal... ¿no?— una voz estática, distorsionada y con un eco metálico flotó en el aire vacío de la calle antes de que el mundo real arrancara.
—¡¡STRIKE 3!! ¡¡FUERA!!— gritó el umpire con una voz fría y seca.
Ichiro vio cómo el estadio casi se le venía encima de tanto abucheo… —¿Por qué siempre cometo el mismo error?— pensó, caminando hacia el dugout sintiendo las piernas hechas de plomo.
—Debo de tener algún problema mental— se dijo con voz cansada y triste.
—¿No te cansas de cometer el mismo error una y otra vez?— soltó uno de sus compañeros “estrella”, mirándolo con desprecio.
—¿Ese golpe de pequeño sí me habrá afectado?— Ichiro suspiró, rascándose la cabeza con un nerviosismo que le quemaba la nuca.
Una sombra larguísima, con extremidades que no correspondían a ningún humano, se estiró un segundo sobre la pared del campo antes de desvanecerse en el aire.
—¡Despierta, imbécil!— gritó otro de sus compañeros, lanzándole el casco con furia.
—¡Clang!— El casco de hierro chocó contra su cabeza y cayó pesadamente al suelo del dugout.
—¿Qué pasó?...— preguntó Ichiro con una voz desgastada, parpadeando para enfocar la vista.
Alrededor, sus compañeros gritaban de emoción al ver que estaban cerca de una remontada imposible.
—¡¡VAMOS!!— gritó un compañero casi saliendo de la ventana del dugout.
—¡¡PODEMOS GANAR!!— chillaba otro de felicidad, prácticamente trepado en el techo.
—¡¡ESE ES MI ESTRELLA!!— vociferó el manager con orgullo, señalándolo.
Ichiro forzó una sonrisa, se sacudió el golpe y se sentó en la ventana para dar ánimos: —¡¡Sí se puede!!— les dijo con una sonrisa fingida en la cara.
Minutos después, veíamos a Ichiro caminando hacia su casa, completamente desanimado tras perder por paliza.
—¿Cómo carajos perdimos 12-3?— murmuró de forma burlona para evitar echarse a llorar ahí mismo en plena acera.
De repente, una niña pequeña se le atravesó corriendo, intentando atrapar una flor para su abuela. —Qué inocente...— pensó Ichiro, sintiendo un leve destello de ternura en medio de su frustración. Recordando que había pasado por una panadería, decidió detenerse.
—Oye, niña, ¿quieres un pan?— dijo Ichiro, rascándose la cabeza con timidez.
La niña se detuvo en seco, sorprendida, y sus ojitos brillaron de inmediato. —¿En serio? ¿Para mí?— preguntó con una vocecita angelical.
—Sí, para ti— respondió Ichiro, sacando la bolsa de papel. Tendiéndole el brazo agregó: —Toma—.
—¡Oh, muchas gracias!— saltó la pequeña de felicidad.
Mientras la niña sonreía, la sombra de la esquina de la cuadra se alargó de forma imposible, observando el paquete de pan como si fuera una ofrenda macabra a punto de pudrirse.
Ichiro llegó a su casa y se dio cuenta de que había olvidado las llaves. —¡¡MAMÁ!!— gritó con fuerza desde la acera.
La voz de su madre se oyó amortiguada desde el fondo: —Espera, hijo, estoy ocupada en la cocina—.
—¡¡ESTÁ BIEN, MAMÁ!!— exclamó Ichiro mientras se sentaba de mala gana en el borde de la acera. —Ugh, qué aburrido... ¿Qué estarán haciendo los idiotas de mis amigos?— pensó, sacando el teléfono con curiosidad al ver que el chat estaba extrañamente en silencio. —Grupo muerto...— murmuró.
¡¡PUM!!
En un parpadeo, el teléfono empezó a vibrar de forma demencial, acumulando mensajes sin freno.
—¿1002 MENSAJES..?— soltó Ichiro con una voz temblorosa, mirando la pantalla con pánico. Descartó la idea de leerlos de golpe. —No, gracias, mi salud mental vale más—. Exhaló un suspiro pesado, sintiendo cómo una gotita de sudor frío le resbalaba por la nuca... y no precisamente por el calor, sino por la extraña sensación de que alguien lo estaba mirando fijamente desde el otro lado de la calle.
—Ichiro, entra ya— dijo su mamá abriendo la puerta principal.
Ichiro sacudió la cabeza, guardó el teléfono y corrió hacia la entrada. —Hola, mamá— dijo abrazándola al pasar.
—Hola, hijo, ¿cómo te fue?— preguntó ella cerrando la puerta.
—La verdad... creo que el béisbol ya no es lo mío— confesó Ichiro, rascándose la nuca con fastidio.
—¿Por qué piensas eso, hijo?— preguntó su madre con genuina tristeza.
—Es que simplemente no aprendo, siempre me estanco en el mismo maldito error—.
—¿Has intentado parar un momento y estudiar la raíz de tus fallos? Quizás eso te ayude, porque todo en la vida no se aprende solo a golpes y corriendo— cruzó los brazos su madre, con una mezcla de consejo y regaño.
—Quizás tengas razón... Me daré un respiro— murmuró Ichiro, dejando el pan sobre la mesa antes de caminar al pasillo.
—Vaya, vaya... Qué frágil es la resolución de este pequeño juguete— susurró una voz de eco metálico, tan baja que rozó el tímpano de Ichiro, haciéndolo detenerse en seco y mirar hacia el pasillo vacío. No había nada. Solo silencio.
Minutos después, Ichiro se tallaba la espalda en el baño con un jabón microscópico.
—¿En qué momento este jabón pasó de ser una barra decente a este pedazo de plástico mojado? Odio cuando pasa esto...— refunfuñó. Salió de la ducha y tiró lo que quedaba del jabón al inodoro.
—Que te vaya bien en el abismo, soldado…— se burló, viendo cómo la espuma se lo tragaba lentamente tras tirar de la cadena.
—Genial, y eso que solo vivimos dos personas aquí...— bufó, sacando un jabón nuevo de repuesto.
Volvió a meterse bajo el agua caliente, pero la duda seguía picándole: —¿Qué carajos habrá pasado en el grupo para que tengan mil mensajes?— se preguntó mientras se enjabonaba los brazos.
Al terminar, salió de la ducha y caminó hacia su cuarto, que quedaba literalmente a metro y medio de distancia.
—¡THUD!— La puerta de la habitación se cerró tras él.
—Me siento más emo que de costumbre ._.— murmuró, tirando la toalla húmeda sobre la cama mientras buscaba ropa limpia. —No soy emo, ¿verdad?— se preguntó a sí mismo, con una gotita de sudor nervioso recorriéndole la frente.
Cayó de espaldas sobre el colchón, exhalando un suspiro largo. El peso de todo el día pareció disiparse por un segundo, dándole pie a sacar el celular y abrir esos 1002 mensajes.
—¿Qué habrán hecho estos pendejos ahora?—
[Alex el mejor amigo]: Chicos, chicos, ¿y si algún día nos vamos a pescar y usamos a Dan como carnada viva? (El clásico amigo que se vuelve idiota cuando está aburrido, pero de buen corazón).
[Ichiro]: Emmm… ¿Qué? ¿De qué hablaron mientras no estuve?
Alex: Nada importante, solo discutíamos quién ganaría en una pelea entre unos personajes inventados de nuestras historias.
[Dan (el amigo bajito y medio despistado)]: Al final ganó el mío, acéptenlo.
Alex: El mío tiene saltos temporales en el cerebro, bro, te destruye.
[Dan]: Ya, mijo, ya.
[Desconocido / Un mensaje fantasma sin remitente en el chat]: Pronto ya no habrá tiempo para jugar a los héroes.
[Ichiro]: ¿Y ese mensaje raro quién lo mandó? Oigan, ¿pueden dejar de hablar estupideces? Es obvio que el mío les gana a los dos.
[Hina (la amiga responsable y voz de la razón)]: Ya cállense y compórtense par de idiotas. Ichiro, ¿cómo te fue en el partido?
[Ichiro]: —Por fin alguien se preocupa por mí— pensó con alivio. Jajaja, perdimos 12 a 3, Hina.
[Hina]: Ay, no... qué mal.
[Ichiro]: Nah, no te preocupes, de todas maneras ya andaba pensando en dejar el béisbol.
[Hina]: ¿QUÉ? ¡Eso es peor! (Hina al otro lado de la pantalla, preocupada, ya iba dando vueltas por toda su habitación).
[Dan]: Chicos... estoy comiendo mortadela con galletas saladas.
[Ichiro]: ¿Esa mamada qué? 🥀
Alex: Chicos, chicos... ¿Y si armamos una bomba casera para volar la escuela? 🗿
[Hina]: Alex, deja de decir idioteces. Ichiro, aunque estos anden en su propio mundo, de verdad te apreciamos.
[Ichiro]: Gracias, Hina. De verdad lo aprecio.
[Hina]: De nada, Ichi.
[Dan]: Oigan, chamaquitos, mañana hay clases, duérmanse.
[Hina]: ¿Por qué tan dramático, Alex?
Alex: ¡Porque mañana hay torneos y juegos escolares obligatorios!
[Hina]: ¿Y? Tenemos habilidades desbloqueadas :v
[Ichiro]: Agh, si es cierto... ZZZ. Esos juegos son súper P2W, los que no nacimos con habilidades rotas no duramos ni cinco minutos en la arena.
[Hina]: ¿P2W en qué sentido? Literalmente entrenas tu propia energía, no es como si compraras mejoras con dinero real.
[Voz desde el piso de abajo]: ¡¡ICHIRO, YA ESTÁ LISTA LA COMIDA!!— gritó su mamá llamándolo a cenar.
[Ichiro]: Chicos, mi mamá me llama. Mañana nos vemos en el infierno escolar. Mátense ustedes mientras tanto.
Ichiro dejó caer el teléfono sobre las sábanas, soltando una risa floja. Pero, justo en el instante en que la pantalla se apagó, el reflejo oscuro del vidrio mostró algo más: una silueta sin rostro, con una sonrisa desproporcionada, que se desvanecía rápidamente hacia el rincón más oscuro de la habitación antes de que él pudiera parpadear.