Un nuevo día iluminó la capital. Ya dos días han pasado del intento de secuestro que hubo y fue una noticia que dejó a muchos sorprendidos, e hizo que aumentara la guardia en toda la capital.
—Haaaa... —bostezando y parándome de la cama con un dolor aún en el cuerpo.
—Ahg, duele que jode —quejándome del dolor, teniendo la fuerza de voluntad para levantarme, lo hice.
Saliendo a la sala de estar y viendo a tres de mis madres en la sala: Rosa en la cocina, y Alana y Elia tumbadas en los muebles.
—Buenos días, madres —dijo Gabriel mientras se rascaba la cabeza.
—Buenos días, ven, acabo de terminar de hacer el desayuno, toma —dijo Rosa con ropa de casa.
—Aaaa, ¿ump? ¿La arepa sabe rara? —dijo Gabriel.
—Le eché mayonesa, Mari tiene que traer las cosas hoy —dijo Rosa.
—¿Y las demás? —dijo Gabriel.
—Agatha dijo que iba a visitar a una amiga —dijo Rosa.
Alana, escuchando la conversación, se metió en ella:
—¿A LA HIELO? —dijo Alana.
—Ahg... —un quejido sonó de Elia.
—¿Y esa quién es? —preguntó Gabriel.
—Es una de las duquesas de aquí, es amiga de Agatha —dijo Rosa.
—¿Y controla el hielo? ¿O qué? —dijo Gabriel.
—Ump, ¿que controla el hielo? Más bien ella es el hielo —dijo Elia..
—¿Cómo que es? —ahora con más intriga.y más que le parece raro que ellas hablen así de alguien
—Ella podría ser la mayor usuaria del hielo en el mundo, y me molesta decirlo por mi orgullo como maga, pero incluso a mi nivel puede estar —dijo Elia—. Por generaciones han usado solamente el hielo a tan alto nivel que a las demás generaciones les cuesta usar otro tipo de magia que no sea el hielo —dijo Elia.
—Ok, entiendo eso, pero una cosa es controlarlo y otra serlo —dijo Gabriel.
—No me entiendes, bb. Esa estúpida tiene tanto control sobre el hielo que ni siquiera se puede considerar humana. Lo controla a tal nivel que, con mis miles de años viviendo, puedo decir que ella sería, sin duda alguna, la mayor usuaria del elemento —dijo Elia con cara de: «Es una maldita, pero es buena en lo que hace».
—¡AAAAA, NO ME RECUERDES A ELLA, ESA MUJER DA MIEDO! Una vez me congeló y estuve en el hielo por dos días enteros —dijo Alana con miedo.
—Si ustedes no se llevan bien con ella, ¿entonces cómo la conocen? —dijo Gabriel.
—Todas estudiamos en la academia y estábamos en clases especiales —dijo Rosa.
—Y si es así, ¿entonces por qué ustedes no la soportan pero madre Agatha sí? —dijo Gabriel mientras no le encontraba sentido.
—Buenooooo, es que Agatha es Agatha y bueno, tú sabes cómo es ella: tiene sus trucos. Además, no nos soporta a nosotras, pero a ella sí —dijo Rosa mientras leía el periódico.
—Ummmm... —con una sonrisa puesta en su rostro—. ¿No será que a ella pues le gusta la tijera? —dijo Gabriel con una sonrisa.
—¡Pufffff, pero qué mierda! —dijo Rosa mientras escupía la bebida.
—¡JAJAJA, si lo ves así, sí parece, jajaja! —dijo Alana.
—¿Será eso? —dijo Elia mientras miraba el techo.
—No, no, no... ¿Tú cómo sabes de eso? Sobre eso... —mientras Rosa lo miraba con cara de preocupación.
—Bueno, ya no estoy pequeño y fue porque Richard me habló un poco sobre lo que es eso —dijo Gabriel igualmente.
—¿En serio? ¿Eso te dijo? —mientras pensaba que, cuando lo viera, le iba a reiniciar la vida.
Y en ese momento, en otro lugar:
—Haaa... me está picando mucho el oído. Coño de su madre el que esté hablando mal de mí —dijo Richard en su consultorio.
—Descansa en partes, médico, fuiste bueno —dijo Alana mientras rezaba por él.
—Pobre alma —dijo Elia.
—Ah, bueno, ah sí: Leo me dijo que fueras al campo de entrenamiento, casi se me olvida —dijo Rosa mientras limpiaba lo que ensució.
—Ay, no... —dijo Gabriel con preocupación y miedo.
En otro lugar de la capital, en una bella mansión, una bella mujer andaba caminando con sus asistentes.
—Informa —dijo una mujer con voz suave pero irritada.
—Oh, sí. Debido al intento de secuestro que pasó ayer, destruyeron muchas cosas —dijo un asistente.
—¿Como cuáles? —dijo la mujer.
—UMM, unas casas, destruyeron la carretera, hay agujeros por todas partes y unos cuantos heridos, pero algo leve —dijo el asistente.
—¿Ya saben quiénes son los estudiantes?
—Sí, son estudiantes de la academia en donde estudio, y solamente logramos identificar a uno de ellos, que es el hijo del vizconde Yanagiwara —dijo el asistente.
—Ump, Yanagiwara... Sí, me acuerdo de ellos. ¿Cómo era? Ah, sí: el desalmado, jaja. ¿Y el otro estudiante? —dijo la hermosa mujer.
—Me da vergüenza decirle, mi señora, pero no tenemos nada de él —dijo el asistente con vergüenza.
—¿Ump? ¿Cómo que nada? ¿Y preguntaron a la academia? —dijo la mujer, ahora con más molestia.
—Sí, señora, pero el director no nos quiere decir —dijo el asistente con miedo, bajando la mirada. Pero en el momento siguiente, un aire frío cubrió la habitación
—¿Ese viejo decrépito quiere esconderlo? Manda a investigar de qué familia es. Lo voy a hacer pagar por los daños a mi zona y, si hace falta, tráiganlo aquí —dijo la mujer con un aire frío.
—Señora, usted mejor que nadie sabe cómo es la academia con sus estudiantes y... —cortando la oración a la mitad por un pedazo de hielo apuntando a su garganta.
—¿Hablo otro idioma o qué? Dije que si hace falta tráiganlo, y comuníquense con el vizconde: que no se haga el estúpido o, si no, el otro brazo se lo arrancaré yo. ¿Me escuchas bien?
—Sí, señora, disculpe —dijo el asistente, muerto de miedo.
—Qué cruel eres con ellos —dijo la persona misteriosa que estaba apoyada cerca del asistente.
—No es problema tuyo, Agatha —dijo la mujer, molesta por la visita inesperada
—Si amenazas la vida de tus asistentes, ¿cómo estarás segura de que después no te darán la espalda? —dijo Agatha, dándole un pequeño golpe al afilado trozo de hielo que estaba en el cuello del pobre asistente, haciéndolo desaparecer.
Editado: 31.07.2026