El pomo de la puerta giró lentamente, y Lina sintió que el aire en la habitación se volvía más pesado. No podía moverse.
El diario en sus manos temblaba. La última frase escrita parecía grabarse en su mente.
“Y ahora… te quiere a ti.”
La puerta se abrió con un crujido.
Lina contuvo la respiración.
Pero no había nadie.
El pasillo estaba oscuro, como si la luz hubiera sido devorada por la presencia de algo más. Algo que la esperaba en la penumbra.
De repente, sintió una corriente helada detrás de ella. Se giró hacia el cuadro… y casi gritó.
La imagen había cambiado.
Ahora, ya no estaba sola en la pintura. Había una nueva silueta junto a ella.
Lina.
Su propio rostro comenzaba a aparecer en la pintura, como si alguien estuviera trazando su imagen en ese mismo instante.
El cuadro la estaba atrapando.
Lina sintió que el suelo bajo sus pies se volvía inestable. Un zumbido en sus oídos la hizo tambalearse.
Y entonces, una voz resonó en su cabeza.
—Solo falta la firma.
Un pincel apareció sobre la mesa. Cubierto de pintura negra.
Lina sintió el impulso de tomarlo. Como si algo dentro de ella le ordenara terminar el cuadro.
Su mano se movió sin que ella lo quisiera. Sus dedos rozaron el pincel…
Pero entonces, el diario de Isabella cayó al suelo y se abrió en la última página.
Había un solo mensaje escrito.
“Rómpelo.”
Lina entendió de inmediato.
Si el cuadro era la prisión… entonces destruirlo era la única forma de escapar.
Tomó la lámpara de aceite de la mesa y la arrojó con todas sus fuerzas contra el cuadro.
El vidrio se rompió en mil pedazos.
La pintura comenzó a arder.
Un grito espeluznante resonó en toda la mansión.
Las llamas se extendieron rápidamente, consumiendo el lienzo. El retrato de Isabella se deformó, y la sombra del Coleccionista apareció entre el fuego, retorciéndose y gritando con furia.
Lina corrió hacia la puerta, sintiendo que la oscuridad intentaba aferrarse a ella.
Pero entonces, una ráfaga de viento la empujó fuera de la habitación. El cuadro se desintegró en cenizas.
Y con él… el Coleccionista desapareció.
El silencio volvió a la casa.
Lina cayó de rodillas en el suelo del pasillo, jadeando. Había terminado.
Pero antes de que pudiera recuperarse, algo más sucedió.
Un susurro leve, casi imperceptible.
—Gracias.
Lina levantó la vista.
Y allí, en el espejo roto de la sala…
sonreía.
Lina permaneció inmóvil, con la respiración entrecortada. estaba en el espejo.
Pero ya no tenía la expresión de terror del cuadro. Sonreía.
Por primera vez en más de un siglo… era libre.
Lina se acercó lentamente.
—¿Lo logré? —susurró.
La imagen de Isabella asintió con suavidad. Su reflejo comenzó a desvanecerse poco a poco, como si la luz la absorbiera.
Pero antes de desaparecer por completo, dejó escapar una última palabra.
—Adiós.
Y luego… se fue.
El espejo quedó vacío.
Lina sintió que algo en su pecho se aflojaba. El peso de la mansión ya no era el mismo.
Pero entonces, un pensamiento la golpeó. ¿Realmente todo había terminado?
Se levantó y miró hacia la habitación donde el cuadro había ardido. Las llamas se habían extinguido, pero el lugar aún olía a cenizas y aceite quemado.
El marco de la pintura seguía en el suelo, hecho pedazos.
Pero en el centro…
Había un nuevo retrato.
No de isabella.
Era un autorretrato de Lina.
Pero la pintura estaba incompleta.
El fondo era oscuro, inacabado, como si alguien estuviera esperando a que ella misma lo terminara.
Lina sintió un escalofrío.
Dio un paso atrás y salió de la habitación.
No iba a tocar ese pincel. No iba a cometer el mismo error que Isabella.
La maldición del Coleccionista había terminado.
Pero si algo había aprendido en esa casa…
Era que algunos cuadros nunca debían completarse.
Lina se obligó a respirar hondo mientras miraba su propio retrato inacabado. No lo tocaría. No cometería el mismo error.
Salió de la habitación y cerró la puerta con llave. Esa pintura debía quedarse allí.
Esa noche, por primera vez desde que llegó a la mansión, pudo dormir sin sentir que alguien la observaba.
A la mañana siguiente, decidió que era hora de marcharse. Había terminado con la restauración, había descubierto la verdad sobre y había destruido la maldición del Coleccionista. No tenía razones para quedarse.
Empacó sus cosas rápidamente y bajó las escaleras con su maleta. Pero al llegar al vestíbulo, encontró al mayordomo esperándola.
—¿Se va, señorita Lina? —preguntó con su tono seco de siempre.
—Sí. Ya no tengo nada más que hacer aquí.
El mayordomo asintió con lentitud.
—Entonces… debo entregarle esto.
Sacó un sobre de su bolsillo y se lo extendió.
Lina lo tomó con recelo y lo abrió. Dentro había una carta con una caligrafía impecable.
“Señorita Lina, he seguido de cerca su trabajo y debo decir que estoy impresionado con su talento. Me gustaría hacerle una oferta. Hay otra pintura que requiere su restauración. Una pieza muy especial. Si está interesada, podemos discutir los detalles en persona. Envíeme su respuesta tan pronto como pueda.”
No había firma.
Solo una dirección.
En Londres.
Lina sintió que la sangre se le helaba.
Porque en la parte inferior de la carta, casi imperceptible, había un pequeño símbolo dibujado.
El mismo que estaba en el diario de .
Y debajo, en letras diminutas, dos palabras:
“El Coleccionista.”
Lina sintió el sobre resbalar de sus dedos.
La maldición no había terminado.
Solo había cambiado de lugar.
Y ahora…
La estaban esperando.
Lina sostuvo la carta con las manos temblorosas. El Coleccionista aún existía.