Susurros de venganza

La maldición

—Mamá, ¿puedo ir a jugar al jardín cuando lleguemos? —preguntó Lizzy removiéndose inquieta en el asiento trasero del vehículo.

—Es casi media noche, mañana podrás jugar con la luz del sol —respondió su madre con su cántico habitual.

—Vale —aceptó resignada—... ¿Queda mucho? —reformuló la pregunta por vigésima vez en los últimos diez minutos.

—No, ya casi hemos llegado —contestó su padre con tono agotador.

La pequeña Lizzy abrió los ojos como platos. Aún en la penumbra de la noche, pudo contemplar la silueta torcida de aquella horrible casa. Sus paredes, agrietadas y cubiertas de musgo, parecían respirar con vida propia cuando el eco del viento se colaba entre sus rendijas. El mismo que balanceaba la puerta chirriante, como si fuese un peculiar timbre que avisaba de su llegada. El crujido de cada pisada sobre la madera vieja parecía estar susurrándole secretos escondidos. Una atmósfera sombría que contrastaba con el clima cálido de la chimenea y el fulgor de las velas.

La niña siempre se había sentido atraída por aquella tétrica mansión que parecía sacada de las películas de terror. La primera vez que pisó aquel lugar fue en su sexto cumpleaños, cuando sus padres decidieron llevarla para que conociese a su abuela materna... Y de eso, ya habían pasado cuatro años. Se había convertido en un ritual para su familia: un día después de cada solsticio de invierno, Lizzy y sus padres se alojaban allí para pasar las vacaciones. La pequeña solía tachar cada día del calendario en su afán de calmar sus ansias por que llegase ese día. La emoción de reencontrarse con su abuela casi un año después podría ser lo que cualquier otro niño más desearía. Si bien, Lizzy parecía estar más feliz de volver a pisar aquellas extrañas tierras que de ver a la anciana.

El recibimiento de la anfitriona seguía el mismo patrón año tras año. La mujer se rehusaba a mantener cualquier contacto físico con su nieta, negándole toda muestra de afecto que la pequeña intentara profesarle. Siempre alegaba el mismo pretexto: “Una vieja como yo solo podría contagiarte cosas malas”. El significado ambiguo de la frase siempre terminaba con un mohín en los labios de la pequeña Lizzy.

La niña subió a su dormitorio, ese que decía ser solo para las princesas. Se acostó en la cama con doseles y cerró los ojos con fuerza, como si en apenas unos segundos la oscuridad de la noche fuese reemplazada por la luminosidad del día. Segundos u horas, el tiempo transcurrió, y con el primer rayo de sol colándose a través de los opacos ventanales, Lizzy se levantó de la cama y se dirigió con pasos sigilosos al jardín.

El majestuoso árbol centenario, con sus raíces resurgiendo sobre la tierra, parecía responder a la llegada de su invitada favorita. Sus hojas, de un verde colorido, resaltaban entre el paisaje sombrío y casi lúgubre de las lápidas que yacían a sus pies. Cuántas veces había jugado la niña a tomar el té con sus antepasados fallecidos, a contarles sus batallitas de la escuela... Aquellos cuerpos que descansaban en las tumbas bajo el sueño eterno de Morfeo, eran los únicos amigos que la pequeña tenía.

Que cada conversación mantenida con ellos se convirtiese en un monólogo solitario con preguntas respondidas por silencios, no implicaba que no pudiesen escucharla. Los espíritus, algo que Lizzy fue aprendiendo con el paso de los años, estaban ahí, observándola, esperando a que cualquier fuerza divina proveniente del más allá les diese voz para comunicarse con ella.

Un día, la joven Lizzy comprendió que eso no ocurriría. Su padre le había asegurado que nadie podía hablar con los muertos, porque sus voces habían abandonado este mundo al igual que sus almas. Para que la niña lo entendiese mejor o, más bien, desistiese en sus intentos, ante las incontables preguntas, su padre decidió asemejarlo a los animales. Sin embargo, aquel brillante símil solo sirvió para despertar más la curiosidad insaciable de ella. “¿Y si no tenían voz pero sí que podían comunicarse de otra forma?”, se preguntaba.

Lizzy ideó un plan, se propuso lanzar preguntas dicotómicas al aire. Cualquier sonido representaría el “sí”, mientras que el silencio respaldaría el “no”. Las preguntas, infantiles y todas en referencia a diversas propuestas a las que jugar, no generaron ninguna disrupción en el ambiente que denotase una respuesta a sus cuestiones. La niña entendió aquella pasividad de los espíritus como una falta de interés, e incluso de cariño, para pasar tiempo con ella.

Así que regresó enfadada al interior de la casa. Sus días allí consistían en ir del jardín a la cocina, al baño o a su dormitorio, y viceversa. Por lo que adentrarse en los pasadizos que recorrían la vieja mansión de arriba a abajo, la mantuvo entretenida durante horas. Con aquello, ella misma se demostró que no necesitaba jugar bajo el centenario árbol ni entablar conversaciones inconclusas con espíritus.

Subió y bajó las escaleras, recorriendo cada planta de la mansión, hasta que su mirada se posó en los peldaños resquebrajados que daban al desván. Aquella era una de las zonas catalogadas como prohibidas, así se lo había hecho saber la abuela el primer día que pisó su casa. La puerta entreabierta tentaba su inquietud, como si hubiese algo oculto que la invitase a descubrirlo. Sin más dilación, Lizzy atravesó el umbral, hallando una estancia dominada por lo místico.

Retratos antiguos, marcos de madera carcomida que albergaban las fotografías de personas de otras épocas, que habrían vivido allí miles de años atrás. Y si había algo de cierto en dicha afirmación era la procedencia de los fotografiados, todos posaban en frente de la tétrica mansión. Como si fuese un legado del que sentirse orgulloso, una promesa que juraron mantener con vida más allá del paso del tiempo.

La siguiente conclusión que se podía deducir era esa, los años que aquellos cuadros llevaban olvidados en el desván. Y prueba de ello era la gruesa capa de polvo que los recubría, pequeñas motas que acabaron por adentrarse en las fosas nasales de Lizzy, provocando un estornudo atroz que la hizo trastabillar y chocar con algo en lo que no había reparado: una preciosa caja ornamentada que contenía documentos en su interior.



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En el texto hay: misterio, sobrenatural, terror

Editado: 31.10.2026

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