Susurros del Frio y el Alba

Capítulo 23

"Los escaneos de la zona delataron una escala thelemiscente similar a la de un Estrellante, observamos la posibilidad de que haya ocurrido un error de analisis por las condiciones de la Luna Eterna. De todas formas se solicitó un permiso de expedición..."

Extracto de:

Tesis sobre la Opstelamancia

en otros mundos

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El asesino yacía sobre la roca fría, su cuerpo maltrecho estaba cubierto de heridas y sangre, el aliento agitado formaba finas nubes de vapor debido al frio que ingresaba por las fisuras del traje térmico. La sangre emanaba con lentitud de su boca y nariz rota hacia un costado, marcando el suelo con manchas azules que se mezclaban con la humedad de la caverna.

Le temblaban las manos, y su mirada medio cerrada apenas alcanzan a enfocar una figura humana a su lado, con ambos brazos alrededor de la cintura del enorme hombre intentando derribarlo sin éxito. Se trataba de Magnus, su piel brillaba por el sudor de la transformación y tenía la respiración agitada.

El Alfa se detuvo y observó con detenimiento la situación, hubo un momento de tensa quietud. El silencio se espesó como si los susurros del frio se detuvieran. —¿Pides clemencia por el débil? —gruñó Varekh. Su mirada de un azul oscuro analizaba el cuerpo de la nueva persona.

—No por el débil —respondió Magnus. Mantenía la mirada baja y aun así hacia fuerza para intentar derribar a su oponente sin ningún éxito—. Él antes fue letal y eligió dejar de serlo, ahora regresó a su origen por la lealtad que nos tenemos. Eso es lo contrario a debilidad.

Kari intentó levantarse, solo que tenía el hombro de su brazo derecho dislocado y sin duda demasiados huesos rotos también. Así que apenas pudo estirar su mano buena hacia quien él consideraba su mejor amigo. —No… —intentó decir entre borboteos de sangre en sus labios—. No lo hagas… no te… unas…

Las palabras terminaron por ahogarse en su boca, la visión se le volvió borrosa. El mundo daba demasiadas vueltas para él, y lo último que vio fue la silueta de su mejor compañero parado entre él y la muerte, firme, salvaje y decidido. Entonces la oscuridad se lo tragó y cayó en un sueño denso y profundo.

En un intento de enterrar bajo la nieve las palabras del alvinter Magnus volvió a repetir. —Me uno a ustedes, soy de los suyos. Peleé, maté y gané mi lugar. Pero solo les pido una cosa, déjalo vivir por favor.

Arqueando una ceja el Alfa observó otra vez a su contrincante derrotado en el suelo. —Es verdad que no es débil, esa lealtad a los suyos y su valiente determinación, sin vacilar para protegerlos lo demuestra. —El enorme hombre desnudo y con cicatrices retrocedió unos pasos, pudo notarse como se le relajaban los músculos, no iba a seguir.

El aire regresó a todos los presentes en la cueva: a Hakon, a Raidia, a Lucien. No obstante, la situación en la que se encontraban no había terminado. —Yo no apagaré su Chispa —dijo con voz gruesa el Alfa—, aunque las heridas que sufrió son demasiadas. No sé si podrá seguir viviendo mucho más.

Magnus también se separó y su mirada de un potente verde oscuro recorrió con desesperación el cuerpo herido de su mejor amigo. Lo que decía el Alfa era cierto. Aunque el licántropo había detenido el golpe final, Kari no sobreviviría mucho más si no recibía ayuda inmediata. Fue entonces que una idea cruzó la mente de Magnus… y se manifestó a sus espaldas, justo en la orilla del lago dorado.

—¡Nosotros podemos salvarlos! —gritó Raidia con su voz vibrando entre la angustia y la determinación. Su miedo y terror no habían disminuido del todo, y de igual formas mantenía una mano levantada y ojos dorados brillantes clavados en el Alfa—. Si para ti Kari es alguien digno deja que lo salvemos, mi grupo y yo tenemos lo necesario para alejarlo de la muerte por ahora.

Preocupantemente una ceja castaña de Varekh se arqueó y sus músculos volvieron a tensarse. —Ustedes son otro asunto diferente —gruñó con voz grave—. Este alvinter luchó para evitar que nuestro nuevo integrante se uniera a la manada. Este es otro tema, ustedes si serán nuestra comida.

La investigadora encogió un poco su rostro rectangular entre los hombros ante esa amenaza, aunque la desesperación la recompuso. —¡Espera! Si el problema es la comida también podemos ayudar con eso, tenemos muchísima en donde vinimos, se la daremos toda a cambio de nuestra libertad.

Un profundo y áspero “Ja” retumbó como trueno, expandiendo su eco por todo el corazón de las profundidades de la montaña. —¿En serio piensan que los dejaremos irse? Seguro que sí.

—Ellos dicen la verdad, yo lo vi, dentro del extraño vehículo en el que se mueven —alegó Magnus a su favor. Por detrás todos los demás luchadores de la manada se mantenían observando en silencio, confiando con plenitud en su guía.

—Mataste a uno de los nuestros y ocupas su lugar entre nosotros —le respondió el Alfa, con voz grave—. Pero no dejes que eso te confunda. No tienes un precedente de acciones que respalde confianza aún.

—Entonces le podemos dar una garantía —intervino Hakon dando un paso adelante, las llamas de sus manos se apagaron—. Yo me quedaré hasta que los demás regresen con la comida y se lleven a los heridos.

La expresión del Alfa no denotaba confianza, por lo que Raidia no tardó en sumarse. —Yo también me quedaré. Mi compañero se llevará a los heridos y regresará con toda la comida, luego de eso nos dejaran marcharnos.

La balanza, por primera vez, parecía inclinarse. Varekh desvió la mirada hacia los miembros de su manada. Sabía que la mayor parte de las provisiones que les quedaban estaban destinadas a las hembras y crías; el resto apenas había comido lo necesario. Aquellos extraños que se adentraron en la cueva apenas sumarian un par de soplos a la duración de la comida. Pero el Alfa debía pensar en los suyos.




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