"La operación llevada a cabo por las Ventiscas Doradas fue rápida y decisiva. En un periodo relativamente corto, las manadas fueron eliminadas, y las rutas comerciales comenzaron a reabrirse de manera progresiva."
Fragmento de: Última edición - Historia de Offrasolned.
Libro oficial de historia para las escuelas de Gavasta.
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La quietud de los jardines del castillo, adornados con esculturas de piedra y plantas, lámparas con Destallasoles y arboles antiguos envueltos en escarcha. Todo ese escenario se había convertido en un campo de guerra, el viento ululaba como si los mismísimos Vindivus hubieran bajado para presenciar el combate que se desataba.
De un lado los Jotuns, enormes montañas de carne, avanzando con la brutalidad de una avalancha. De sus pechos, axilas y espalda colgaban manojos de pelo gris y enmarañado, rígido por el hielo. Sus pies se hundían pesados en la piedra, tierra y grava congelada con cada paso, haciendo temblar el suelo. Empuñando enormes mazas, fragmentos de árboles convertidos en garrotes y bloques de piedra encadenados que lanzaban como proyectiles.
Eran criaturas de pura fuerza, acompañadas de una anormal nevada violeta y que parecía generar oscuridad.
Del otro lado se encontraban los guardias del castillo, en su mayoría Snognis, resistían con coraje el asedio. Iban envueltos en capas de grueso cuero de Yeti reforzado con placas de metal, y a sus alrededores danzaba una nieve dorada y brillante; cosa que usaban para moldearla a su voluntad en lanzas, escudos y otras formas de ataque.
El primer choque fue una sinfonía de caos, un Jotun de cinco metros, con el pecho marcado por cicatrices de antiguos combates, arrojó una roca del tamaño de una carreta que destrozó una sección del muro y envió guardias volando. Uno de ellos siendo incapaz de levantarse de nuevo.
Nadie sabía cómo fueron capaces de infiltrarse en la ciudad sin ser descubiertos, pero las alarmas no tardaron en sonar. Tres Snognis canalizaron su nieve mágica como ráfagas de hielo afilado que se enroscó en las piernas del gigante, envolviéndolo hasta congelarle las rodillas. El Jotun rugió e intentó en vano romper el hielo con movimientos violentos, pero mientras otros guardias se acercaban a atacarlo este logró soltar un manotazo que aplastó a un guardia dejándolo inmóvil y tiñendo el suelo de rojo.
En otra sección del jardín un Jotun más pequeño se batía contra un grupo de cinco soldados, uno de ellos usó su nieve dorada para tejer una red de hielo que descendió como un telón desde el aire, atrapando al gigante de hombros anchos. La red se congeló en su piel y los otros crearon lanzas de hielo para clavarlas en las costillas, una tras otra, hasta que el gigante cayó de rodillas.
Un Jotun de diez metros se arrojó al centro del patio como una torre andante, blandiendo una enorme asta con púas. Con un solo barrido de su arma pudo aplastar a varios guardias, lanzando los cuerpos y escudos por el aire nocturno como si fueran muñecos. A su paso los setos ornamentales se redujeron a astillas y las estatuas quedaban hechas escombros.
Habían llamado refuerzos, se comunicaron con las Ventiscas Doradas de la ciudad, pero tenían que resistir hasta que llegaran a pesar de que debían resguardarse de la nevada violeta que les quemaba la piel. Los guardias eran conscientes de que no podían enfrentarse a esa fuerza bruta de manera tan directa, así que congelaban el suelo para complicarle al enemigo avanzar o levantaban muros.
Un Jotun golpeó el suelo con su puño, haciendo que una grieta se expandiera como una telaraña a través del jardín, desestabilizando a los soldados. Los gritos de dolor aumentaban y tapaban los susurros del frio, con el resplandor azulado de la Luna Eterna reflejando la muerta que se desataba.
No obstante, los Jotuns, hasta hace un segundo como bestias enloquecidas por la violencia, se detuvieron en seco. Sus mazas se quedaron estáticas a mitad de un golpe y sus zancadas se clavaron en la nieve como estatuas de guerra.
Confundidos y jadeantes los Snognis bajaron sus armas con precaución, algunos retrocedieron y otros se prepararon para esperar un nuevo ataque. Pero este no llegó, y lo que ocurrió fue algo mucho más alarmante.
Uno por uno, los Jotuns alzaron la cabeza y miraron al castillo. No al jardín, no a los enemigos frente a ellos, sino a las torres y muros que se alzaban imponentes sobre el campo de batalla. Sus ojos se concentraron como si algo los hubiera convocado, una orden sin palabras, una avalancha de voluntad que los obligaba a actuar en una sola dirección.
Y entonces se movieron, sus cuerpos colosales corrieron hacia las paredes del castillo, Las vibraciones de sus pisadas sacudieron la tierra y partieron estatuas y plantas, uno de los Jotuns más grandes se lanzó contra un muro lateral clavando sus dedos como garfios en la piedra helada, y empezó a escalar.
Otros le siguieron, trepando con agilidad antinatural para seres de su tamaño, las torres crujieron bajo el peso de aquellos titanes, que hundían piedras y desgarraban enredaderas para alzarse, uno tras otros, era una horda imparable ascendiendo a la cima a pesar de que los guardias del suelo empezaban a atacarlos para recuperar su atención. Y los ataques cesaron pronto, cuando las personas caían muertas, vomitando sangre y con la piel enrojecida a causa de la nieve violeta.
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El Receptáculo del Crepúsculo, Foran Solmane, estaba cansada y su cabello recogido ahora caía desordenado sobre su rostro. Pero no estaba herida como uno esperaría para la intensidad de la batalla, no tenía heridas profundas y perdía sangre.
Mientras que el hibrido estaba de rodillas en frente suyo, su cuerpo apenas inclinado, algo tembloroso y con heridas abiertas en su torso, y liquido oscuro escapándose de varias partes de su cuerpo. A pesar de esa situación Foran iba a acabar con él, sin piedad. Era su trabajo.
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Editado: 08.10.2026