Susurros en el templo

Capítulo 7: Tentaciones en el banquete

Nefretari

La noche apremiaba y con ella comenzó mi preparación. Aset me ayudaba a empolvar la piel de mis hombros y escote con un delicado polvo de oro fino que destellaba bajo la luz de las lámparas de aceite, mientras vertía unas gotas de esencia fresca de lirios y mirra detrás de mi nuca. En el silencio de mi Ba, una oración interna se elevaba hacia Anubis, pidiendo que me concediera la astucia necesaria para cumplir mi misión.

—Mi señora, su cuerpo está listo —susurró Aset con la respiración entrecortada al ajustar el broche de mi espalda—. Y ya han traído el nuevo atuendo para hoy. ¡Estoy segura de que hasta el mismísimo Faraón se desmayará al ver lo hermosa que está!

—¡Aset! Ten cuidado con lo que dices —dejé escapar una pequeña risa, aunque la tensión me apretaba el pecho—. Agradezco tus halagos, querida mía, pero me temo que Sennefer terminaría ahogado con su propia saliva si te escuchara.

—¡Ojalá y se cumpla, mi señora! —sonrió con picardía—. Pero bueno, ¡manos a la acción! Por favor, ¡que pasen las demás doncellas!

—Aset, no es necesario tanta ceremonia...

—¡Claro que sí! Hoy todas la pondremos radiante, como la Suma Sacerdotisa que es.

Y así entraron las doncellas de la residencia, dispuestas a dar los últimos retoques a mi aspecto. En lugar del lino blanco y puro que se esperaba de las sacerdotisas tradicionales, esta noche había decidido vestirme con la noche misma. Me habían envuelto en una tela tan fina que rozaba la transparencia, teñida del azul más oscuro y profundo del lapislázuli, un tono tan abismal que parecía negro. El vestido se ceñía a mis curvas de forma impecable, con un escote pronunciado que dejaba al descubierto el valle de mis pechos, sostenido por gruesos tirantes de oro macizo.

En mi cuello descansaba un pesado collar usekh tachonado de incrustaciones de lapislázuli y oro que, más que una joya, parecía una hermosa y letal advertencia ante los malos espíritus que debían mantenerse alejados. Llevaba una peluca negra, lacia y pesada, cortada en líneas geométricas perfectas, entrelazada con finísimos hilos de oro que destellaban con cada movimiento de mi cabeza. El kohl oscuro delineaba mis ojos hasta rasgarlos como los de un halcón. No era la mujer aterrorizada que temblaba bajo las manos de Sennefer; esta noche, era la jueza de las Bau.

—¡Está hermosa! —exclamaron las doncellas al unísono.

—Está radiante, mi señora. Para nosotras es una bendición poder servirla.

—Gracias a todas —intervino Aset, dedicándome un guiño sutil para hacerme entender que era momento de dejarme a solas—. Pero creo que ahora será mejor dejar a la señora para que termine de dar sus últimos detalles.

Cuando todas se retiraron y Aset cerró la pesada puerta de cedro, el silencio volvió a la habitación. Con un movimiento rápido y certero, tomé el pequeño trozo de papiro con la nota que había escrito para Khepri y lo deslicé bajo los intrincados pliegues de mi cinturón metálico. Quemaba contra mi piel como un carbón encendido. Tenía que entregárselo, aunque me costara la vida.

Por un instante, sentí que mi Ba casi abandonaba mi cuerpo al escuchar el bramido estrepitoso de Sennefer desde el pasillo:

—¡Nefretari! ¡Apúrate!

—¿No te escuché bien? —dije con absoluta frialdad mientras salía a su encuentro por el jardín interior, donde los palanquines nos aguardaban.

Sennefer intentó abrir la boca para espetarme un insulto, pero el esfuerzo le provocó una punzada de dolor tan aguda en la mejilla y la lengua que dejó escapar un chillido ahogado.

—¡Agh! ¡Por Ra! —bramó, llevándose la mano al rostro con una mueca de agonía.

Lo observé de arriba abajo con una sonrisa lenta y envenenada de falsa compasión, sosteniéndole la mirada sin un solo pestañeo.

—¡Ah! ¿Verdad que aún le duele, mi amado señor? —mi voz chorreaba un sarcasmo tan fino que cortaba como navaja de bronce—. ¡Pobre de usted! Qué enorme desgracia... Escuché que los servidores de las cocinas reales serviran esta noche exquisiteces traídas de tierras lejanas para el banquete. Es una verdadera lástima que no pueda probar ni un solo bocado sólido sin llorar de dolor. Pero bueno... viéndolo por el lado amable, al menos podrá beber vino. Ojalá no le arda mucho en la herida.

Sennefer me miró con los ojos inyectados en sangre, la cara roja de rabia impotente. Intentó gesticular una amenaza, pero antes de que pudiera balbucear otro sonido patético, los pasos firmes de Amón-Ra resonaron en las losas del jardín.

Mi hijo pasó justo al lado de Sennefer como si el hombre fuera una estatua de barro insignificante, ignorando por completo sus quejas y la mano que Sennefer sostenía en la mejilla. Su mirada estaba fija únicamente en mí.

—Madre... estás hermosa —dijo Amón-Ra al acercarse. Su postura se suavizó por completo, rompiendo por un segundo la rigidez militar. Depositó un beso cálido en mi frente y me ofreció su brazo con suma galantería para ayudarme a subir a la litera—. Que Anubis nos proteja esta noche.

Ignorado por completo, Sennefer masculló insultos incomprensibles en medio del patio, masticando la humillación ante la indiferencia de su "orgullo y heredero", para luego acomodarse a regañadientes en el asiento frente a nosotros.

El trayecto hacia el palacio en la litera se volvió asfixiante. El silencio solo era roto por los siseos de dolor de mi esposo, quien mantenía la mano sobre su mejilla hinchada sin poder articular una sola palabra comprensible por culpa de su lengua herida. A su lado, Amón-Ra iba erguido, con la mirada al frente, luciendo su faldellín militar y escudriñando el horizonte con la fiereza de un león joven.

Las casas de la ciudad se alejaban poco a poco a medida que tomábamos el camino sagrado hacia la imponente residencia real. El palacio de Per-Hai estaba bañado en oro y fuego. Cientos de antorchas de resina iluminaban los enormes pilares pintados con flores de loto y papiro, mientras el humo del incienso de olíbano nublaba el aire, dándole al Gran Salón un aspecto irreal, casi divino.




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