La misma tarde en que supo de su embarazo —hace más de diecisiete años—, Diana, acompañada de Lidia, una de sus mejores amigas y la única que conservaba, visitó un centro de abortos clandestino ubicado en el tercer piso de un edificio en las afueras de la ciudad. Ella no tenía miedo. Nunca lo había tenido, por lo que entró decidida a acabar con su problema. Ella no iba a ser madre, no podía ni quería. Tenía apenas dieciséis años, y aun soñaba con ser estrella en alguna banda de rock. No echaría a perder su vida con un bebé que no deseaba y que sabía que jamás podría amar.
Decidida, tocó el timbre dos veces para que una mujer de aspecto lúgubre abriera la puerta. Sin disimulo, la miró de pies a cabeza y trató de esbozar algo parecido a una sonrisa.
—¿Cuántos años tienes? —inquirió. Y la respuesta no fue sorpresa para ella, incluso cuando sabía que la adolescente mentía sobre su mayoría de edad—. Necesito que llenes esta ficha. El Doctor te evaluará en quince minutos.
Las chicas se sentaron con el molesto sonido de un teclado en mal estado de fondo y una radio que se había quedado en los éxitos de hace tres décadas. Trataron a toda costa no concentrarse en la apariencia del lugar, pes era imposible, pues todo allí estaba viejo, sucio y rodeado de un nauseabundo olor que emergía por las puertas del baño que estaba frente a ellas. Diana necesitó contener la respiración para no vomitar, pero huyó al presenciar el lento caminar de una cucaracha sobre una de sus zapatillas.
—¿Qué harás? —murmuró Lidia, deteniéndola con fuerza por el brazo y obligándola a enfocarse en ella.
Diana no lo pensó demasiado. Ya estaba resuelta.
—Nada por ahora. Lo voy a regalar.
Diana se volteó y comenzó su marcha, convencida de continuar con su día a día ignorando la vida que se gestaba en su vientre. Siguió cantando por las noches, mintiendo sobre su edad para entrar en los bares, bebiendo alcohol en cantidades poco amigables para un feto y drogándose de vez en cuando, como siempre había hecho. Pasó inadvertida por un tiempo, sin embargo, a los cinco meses de embarazo le fue imposible continuar ocultando lo que llevaba bajo sus amplias camisas. Aida, su madre, la descubrió y a arrastras la llevó hasta su ginecólogo de cabecera, de donde ambas salieron pálidas y perdidas en su mala suerte. Diana no deseaba ser madre. Nunca imaginó tener un hijo. Por eso la vida la castigaba con dos.
Madre e hija lloraron hasta que sus lágrimas se extinguieron. Aida sabía que había fallado como madre, pero Diana estaba segura de que lo haría cien veces peor.
Dos meses más tarde, a días de que la chica cumpliera los diecisiete y seis semanas antes de lo previsto, comenzó el doloroso parto. Un bebé fuerte y llorón vio la luz primero, y trece minutos más tarde, un delgado y débil pequeño conocía el mundo. Diana no quiso verlos ni amamantarlos. Aida se encargó de todo, y el día del alta, su hija despareció y no volvió a casa hasta que los gemelos cumplieron cuatro años. Aida le abrió la puerta de su hogar con desconfianza, y cuatro enormes ojos grises la observaron curiosos.
—Él es Jean —dijo Aida, señalando al más fuerte de los dos—. Y él es Ángel.
Diana reconoció de inmediato al padre de los gemelos en el color de sus ojos y la palidez de su piel. Ahora era incluso menos probable que los quisiera, y Aida lo supo con solo observarla. Pero por desgracia, ya no tenía alternativa. Su reloj biológico estaba a punto de expirar, y los pequeños debían tener una persona que velara por ellos.
Para los gemelos, Aida siempre fue su madre. Por eso a sus seis años, les era imposible comprender que hubiese muerto. Sin embargo, lo difícil para ellos no sería sepultarla, sino quedar al cuidado de una persona a la que no le importaban. Diana se quedó a su cuidado y cumplió con alimentarlos, dejarlos en la escuela por la mañana, pedirles que regresaran directo a casa y volver antes de que anocheciera.
Jean se hizo cargo de todo lo demás. Y por cierto, le encantaba.
Cada día de su vida, desde que era responsable de sí mismo —y de su hermano—, Jean iniciaba la mañana de la misma manera: se separaba muy despacio de Ángel al despertar —ambos hermanos dormían juntos y les era absurdo siquiera considerar la posibilidad de hacerlo en camas separadas—, se aseaba, se vestía, y luego volvía a despertarlo a él. De niños, solía gastarle alguna broma pesada o saltar sobre su cuerpo adormilado, lanzarle agua o lo que fuera que su ingenio matutino le permitiera.
A medida que fue creciendo, y Ángel debilitando, sus métodos se tornaron cada vez más dulces, desde acariciar su cabello con devoción a repartir besos por su rostro hasta que abriera los ojos y le sonriera, como acostumbraba a hacer cada vez que lo observaba. Cuando Ángel se incorporaba, su ropa ya estaba lista para ser usada, y si se encontraba enfermo, era Jean quien lo ayudaba a vestirse para volver a la cama y llevarle el desayuno. Por el contrario, si todo iba bien, juntos se preparaban algo de comer y juntos caminaban a la escuela para juntos entrar al salón y sentarse en su lugar, juntos.
Juntos, juntos, juntos. Siempre, a cada instante. Jean y Ángel funcionaban como un todo. Una unidad indestructible, con alma y vida propia. Sentimientos, gestos y actitudes que se reflejaban el uno en el otro. Siempre tan compenetrados que no había forma de hacerles confesar una mentira, pues casi por telepatía coordinaban sus respuestas tras cometer alguna imprudencia o travesura.
No había secretos entre ellos, pues no había forma de bloquear sus emociones estando cerca y, pocas veces, intentaron probar que su conexión funcionara a la distancia, porque no toleraban estar lejos el uno del otro por demasiado tiempo, salvo cuando Ángel enfermaba y no asistía a la escuela. En esos días, Jean se transformaba en un chico diferente. Sin su hermano alrededor, no reía, no jugaba. No funcionaba sin él, y más allá de la preocupación, se sentía como ir por el mundo con la mitad del cuerpo.
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Editado: 05.04.2025