Recuerda la vereda.
—Planeo vivir cien años y en el transcurso de mi larga vida quiero visitar muchos lugares, probar muchas comidas, que mi mente guarde cientos de recuerdos y mi corazón miles de sensaciones. Quiero hacer muchas cosas, pero no quiero disfrutar del mundo sola. Quiero recorrer caminos, senderos, veredas y quiero hacerlo contigo. —Al momento, abro la caja mostrándole el contenido—. Por eso, en ésta noche de regocijo te pregunto: ¿quieres casarte conmigo?
Ezra mira la sortija. Los segundos que permanece inmóvil y en silencio le parecen eternos a mi corazón y no son más que una tortura para mi cuerpo tembloroso.
Yo estaba tan feliz pues aseguraba que su respuesta sería instantánea, tal como lo sería si yo estuviera en sus zapatos, pero al pasar el tiempo la sonrisa de mis labios se desvanece lentamente.
—No puedo —responde.
—¿No puedes? ¿Por qué?
—No es el momento indicado. Aún no soy lo que… Lo lamento.
—¿Qué respuesta es esa? —suelto nerviosa al cerrar la caja.
—Perdon.
—Para. —Aunque intento contenerlo, el llanto logra evidenciar mis sentimientos.
—No hagas eso —suplica.
—¿Qué? ¿Llorar? ¿Tú no lo harías?
—Tú jamás me rechazarías. —A pesar de su expresión tan seria, su respuesta se siente como una burla.
—Ahora entiendo por qué me respondiste eso aquella vez en la feria.
“Claro, en algunos años” me dijo ese día.
—Cariño, déjame explicarte.
—¿Es acaso que nunca me tomaste en serio? ¿Siempre me viste solo como a otra niña rica y ya?
—Eso jamás —espeta—. Por favor no dudes de lo que siento por ti.
—¡¿Cómo no dudar después de que me rechazaras dos veces?!
—Eso no significa que no te ame.
—¿Entonces qué significa? Me amas, pero no quieres casarte conmigo. ¡Eso es absurdo!
—No es que no quiera casarme contigo, es que aún no puedo.
—Tú no sabes lo que es que te prohíban o te impongan amar a alguien. Eres libre de salir con quien desees, entonces ¿por qué me rechazas?
—Si fuera asi de fácil ya me habrías presentado a tus padres ¿no?
—Fuiste tú el primero en proponer tomar nuestro tiempo para que nos aceptaran. Y si yo conozco a Magi no es por voluntad tuya.
—Aún así, mi madre te adora, en cambio tus padres ni siquiera querrían verme. No soy digno de ti.
—¿Digno?
—Tú mereces más de lo que soy.
—Ezra, ¿por qué me dices eso? Tú eres todo lo que quiero.
—En mi vida lo mejor que me ha pasado eres tú. Eres la razón por la cual intento mejorar cada día. La universidad y el trabajo me agotan, sin embargo, cada noche me desvelo haciendo mis deberes para mantener el primer puesto y asi poder impresionarte. No tienes idea cuánto has hecho por mí. A mis ojos, eres como la brillante luna que ilumina mi camino.
—La luna está muy lejos, pero mira, yo estoy aquí, justo frente a ti. —Temblorosa, tomo su mano entre las mías.
—Sé que lo estás. —Una triste sonrisa se dibuja en sus labios mientras acaricia mi mejilla—. Aun asi, te veo arriba en lo alto.
—No. Si en necesario me convertiré en una farola para estar a tu lado mientras caminas. Te aseguro que alumbraré con más intensidad que una lejana luna.
—No puedo hacerte eso —niega apartando sus manos para retroceder dos pasos—. Jamás te arrastraría hasta aquí abajo. Cariño, tú eres como un esplendido diamante, mientras que yo, no soy más que un mísero trozo de carbón.
—¡¿Y qué si yo estoy bien con un carbón?!
—No es lo que mereces.
—¿Un diamante es lo que merezco? No me pongas en un pedestal tan alto, Ezra, porque puedo caer.
¿Por qué? ¿Por qué todos intentan decidir por mí? No soy una marioneta, tengo sentimientos. Mi madre con su tradición, mi padre buscando complacer a mamá, Thiago chantajeándome con su ausencia para que desista de mi decisión y ahora él, queriéndome imponer lo que cree que merezco. No me importa lo que merezco, sino lo que quiero.
—Anya, sabes que no somos iguales.
—Por mis venas corre sangre roja, Ezra, igual que en las tuyas, y si mi corazón se detiene seguro moriré igual que cualquier otra persona. Dime, ¿qué me hace tan diferente?
—Tus padres, tu linaje y toda esa fortuna que posees, no puedes pasar por alto nada de eso.
—Pero no es mío. Nada de eso es mío.
—Pero lo será. Ahora no puedo ofrecerte nada. Tu familia jamás permitiría que nos casemos siendo lo que soy ahora. Creerán que soy un interesado.
—Pues entonces hay que fugarnos. Conseguiremos un trabajo y aunque sea difícil al principio…
—¿Al principio? No, Anya, en mi mundo a menos que ganes la lotería o te encuentres una olla de oro “el principio” dura toda la vida. El esfuerzo y trabajo duro no es suficiente. No puedo casarme contigo ahora.
—No vas a cambiar de opinión ¿cierto?
—Perdón.
—No te disculpes, ya no lo hagas —le pido con la voz temblorosa.
—Cariño.
—Está bien. Ahora veo que nunca pudo ser de otra manera. Fui yo la que se hizo ideas locas, no es tu culpa.
—Cariño, las cosas no son asi.
—¡Dije que no es tu culpa! Asi que de ahora en adelante no tendrás que cargar con nada innecesario.
—No entiendo.
—Ezra, dejemos esto por la paz.
—¿A qué te refieres?
—Dijiste que soltarías mi mano si te lo pedía. Pues te lo pido ahora, déjame ir.
—No, no lo haré. ¡No quiero!
—Lo prometiste.
De alguna manera, nuestro entorno se queda en silencio. El ambiente alegre y donde sentía que revoloteaban corazones en el aire no es mas que lúgubre.
—Pero, te amo. —Sus ojos brillosos reflejan los mismo que su voz quebrada, dolor.
—Y yo también. ¿Sabes? Te amo tanto que pude abandonarlo todo con tal de estar a tu lado, pero tú no me amas lo suficiente como para ignorar una fortuna que no me pertenece o lo pequeño que crees que eres. —Con cuidado, me quito la horquilla del cabello para ponerla en la palma de su mano—. Creo que éste obsequio no es para mí después de todo.
Por un momento se queda observando la horquilla. Inevitablemente, sus lágrimas se derraman.
—Tienes razón, no puedo ignorar tu apellido ni lo que representa. Está bien, haremos como desees.
Al escuchar sus palabras siento que mi conciencia se estrella contra el piso. El nudo en la garganta anticipa las lágrimas en mis ojos.
—Bien.
¿Qué debería decir ahora? “Gracias por todo” “Que tengas una buena vida”.
—Café.
—¿Qué?
—El primer día de clases llevabas puesto un lindo vestido café y un hermoso listón negro que jamás volviste a usar. —Tras una última mirada, guarda la horquilla en el bolsillo y se da la media vuelta marchándose.
En ese lugar, me quedo inmóvil mientras observo cómo se ha ido sin mirar atrás. Por un poco más, me obligo a contener las lágrimas. Al igual que él, me doy la media vuelta dejando ese sitio. Cuando logro salir de la finca, mis fuerzas se desvanecen y las lágrimas comienzan a derramarse. Intento calmar el temblor de mis labios apretándolos, pero es inútil. A pesar de la vista nublada, logro encontrar mi teléfono dentro del bolso. De inmediato voy a los contactos para encontrar el número de Frida, pero pierdo la paciencia y termino optando por la marcación rápida. Un tono, dos y luego tres llegan antes de que atienda la llamada, en ese mismo instante rompo en llanto. A través del teléfono puedo escuchar palabras, pero no logro distinguirlas.
—Ven por mí. —Es lo único que atino a decir antes de que se corte la llamada.
Extrañada, observo la pantalla y al verla llena de lágrimas me doy cuenta que fui yo quien colgó por error. Frida sabe bien la dirección de la finca, asi que no la llamo de nuevo.
Poco a poco, mis piernas ceden hasta que termino sentada en el pasto.
Jamás imaginé que podría doler tanto el corazón. Estaba segura de que éste día sería inolvidable, pero no esperaba que lo fuera por tal razón.
¿Qué haré de ahora en adelante? ¿Cómo sigo desde aquí?
El llanto no se detiene a pesar del paso del tiempo. Tomo nuevamente el teléfono y al ir a “llamadas” me doy cuenta de que he cometido un error. No llamé a Frida, sino a Thiago.
—Claro que no va a venir. —Resignada, me pongo de pie para comenzar a caminar.
Necesito encontrar un taxi que me lleve a casa.
Mientras avanzo, el precio por usar tacones nuevos lo pagan mis pies. Afortunadamente, a unas cuadras de distancia hay una parada de transporte. Cuando me siento en la banca de metal, el frío me entume la piel. En éste lugar tan desolado, la tristeza me invade nuevamente.
¿Qué voy a hacer sin sus cálidas caricias y sus tiernos besos? ¿Cómo olvidaré esos ojos marrones que me contemplaban y su sonrisa que me alegraba el corazón? ¿A quien esperaré cada noche para hablar una última vez?
¿Cómo puedo extrañarlo tanto en tan poco tiempo?
La luna, que antes brillaba en el cielo, se ha ocultado. A pesar de ser tan deslumbrante, ¿cómo podría iluminar el cielo tras las nubes? No hay manera.
Me muerdo el labio para ahogar mis sollozos. Aprieto con las manos la banca de metal intentando controlarme.
El viento sopla y la soledad duele cada vez más.
¿Cómo voy a salir de ésto?
—¡Anya! —sacandome de mis pensamientos con un llamado desesperado, Thiago se para frente a mi—. ¿Estás bien? ¿Por qué lloras? —Preocupado, me examina tratando de encontrar la razón de mis lágrimas—. Lo siento, me tardé mucho ¿verdad? —En cuclillas, con fuerza, me apretuja entre sus brazos.
—Thiago. —Suelto la banca y ante el regreso de mi amigo, de alguna manera, el llanto se vuelve más intenso.
Lo abrazo fuerte mientras él, sin pronunciar una palabra más, se mantiene a mi lado, escuchando mi lamento.
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Editado: 04.10.2026