En setiembre del año 2011, me tocó en suerte darle clases particulares a una niña de nueve años de edad. En medio del traqueteo de la lección, descubrí con total asombro que la pequeña no tenía la más pálida idea de cómo leer la hora en un cuadrante de agujas. Me pareció algo sumamente extraño para su etapa de crecimiento. Aquel choque pedagógico me llevó a preguntarme a qué edad exacta habría aprendido yo misma a descifrar las agujas y, de golpe, la bruma de la memoria se disipó para traerme un recuerdo entrañable que había permanecido sepultado en el olvido durante muchísimo tiempo.
A mis tiernos siete u ocho años de edad, mi abuelo Tata nos sorprendió a Irene y a mí —que somos las dos hermanas mayores del nido— con un regalo verdaderamente descomunal para la época. Nos obsequió un reloj a cada una. Creo que fue a su regreso de un viaje por Europa junto a mi abuela.
No eran juguetes ni baratijas de plástico: eran relojes de la prestigiosa marca Omega, de color blanco, con un delicado aro dorado y una sobria correa de cuero negro, fabricados en el tamaño justo y apropiado para las muñecas de dos niñas de nuestra edad.
En aquellos tiempos, los relojes eran artículos caros; un verdadero lujo que muy pocos chicos de escuela poseían. A mí me fascinó el regalo y doy por sentado que a mi hermana le ocurrió lo mismo.
El detalle definitivo que los convertía en reliquias sagradas era que, en la parte posterior de la caja metálica, llevaban meticulosamente grabadas nuestras iniciales. En aquellos lejanos años de mi infancia en el Uruguay, los relojes eran artículos de lujo, costosos y sumamente escasos; eran poquísimos los chicos que tenían el privilegio de poseer uno. El regalo me encandiló por completo, me llenó de un orgullo inmenso y doy por sentado que a mi hermana Irene le sucedió exactamente lo mismo en su mostrador.
El héroe de la cuerda y los matices del pulso
Irene atesora en su memoria un pasaje sumamente divertido y tierno de aquellas jornadas. Al cabo de unas horas de uso, a los relojes lógicamente se les acabó la cuerda y las agujas se plantaron por completo. Nosotros, caídas de la higuera y desesperadas, corrimos hacia el living compungidas y llorando porque pensábamos que los hermosos aparatos "se habían roto" para siempre. Fue en ese instante cuando Tata los tomó entre sus manos rudas de campo, les giró suavemente la corona y los hizo marchar otra vez en un santiamén, convirtiéndose ante nuestros ojos desorbitados en el héroe indiscutible de la casa. ¡Yo ya había olvidado por completo que los relojes de aquel entonces funcionaban estrictamente a cuerda!
Mucho tiempo después asomaron en el mercado los relojes automáticos o "a pulso", pero la realidad es que el sistema no terminaba de funcionar bien en el día a día, ya que las piezas adelantaban o atrasaban de forma caprichosa según el ritmo y el traqueteo sanguíneo de la persona que los llevaba puestos. No fue sino hasta bastantes almanaques más tarde que la tecnología resolvió el dilema introduciendo esa pila diminuta y rendidora que duraba una eternidad dentro del cuadrante.
Pero el verdadero obsequio no fue el objeto, sino lo que vino después. Fue el propio Tata quien, con una paciencia infinita, se sentó a mi lado y me enseñó paso a paso a leer la hora. Hasta ese bendito momento, mi mente infantil se preguntaba con genuina intriga cómo diantres se podía medir el transcurrir del tiempo a partir de un círculo que solo mostraba números correlativos del 1 al 12. Lograr desentrañar el misterio y empezar a compartir ese código secreto exclusivo de los adultos me produjo una satisfacción y un orgullo colosales en el pecho. En aquel entonces, yo no era para nada consciente de una gran verdad universal: que dominar una nueva habilidad y conquistar una destreza es una de las fuentes de mayor placer y autorrealización del ser humano. Ese fue un concepto profundo que, al igual que tantos otros matices de la vida, me tomaría muchísimos años de experiencia descubrir, madurar y elaborar.
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abuelos historias, aventuras en ambos sentidos, alegrías y tristezas
Editado: 17.10.2026