El coche misterioso y el parabrisas astillado
Cuando yo era una niña muy chica, mi abuelo Feliciano (Tata) tenía un auto antiguo que se veía robusto y con un diseño de época muy particular. Fue en ese coche, según tengo entendido, donde mi madre Isabel aprendió a manejar siendo una jovencita. Ella conducía por los caminos de campaña desde que tenía unos 16 años, o algo así. Creo que en aquellos tiempos las leyes viales eran más laxas y se permitía sacar el permiso a menor edad.
Como mi abuelo pasaba el día trabajando duro en las tareas del campo y Mamama ya estaba enferma del corazón, mi madre se convirtió en la chofer oficial de la casa, encargándose de llevarla a Montevideo o a donde fuera que tuviera que ir por sus tratamientos médicos.
De los viajes en ese primer auto conservo un recuerdo nítido y un tanto accidentado. Un buen día, Tata tuvo que dar un frenazo imprevisto en el camino. Yo iba viajando en el asiento delantero en brazos de mi madre —o al menos eso es lo que me parece reconstruir— y, por la inercia del golpe, salí despedida hacia adelante y me estrellé de lleno contra el parabrisas, el cual quedó astillado por el impacto.
Por suerte no pasó a mayores.
Durante mucho tiempo, ya de adultas, estuvimos tratando de averiguar en la computadora qué marca y modelo exacto de automóvil era ese, pero las versiones de los familiares diferían tanto que nunca logramos saberlo con total certeza. El coche se llevó su nombre a la tumba.
En la caja de una Toyota
Mucho más adelante en el tiempo, mi abuelo cambió el coche por una camioneta Toyota chica. Se parecía bastante a los modelos clásicos de Google, pero tengo el recuerdo de que la de Tata era de color blanca o gris claro. Para nosotros, los nietos, los traslados en esa camioneta eran una fiesta absoluta: viajábamos todos los niños amontonados en la caja trasera, parados a la intemperie mientras el vehículo andaba por la ruta. ¡Era re divertido! Especialmente me viene a la memoria la textura y el frío de las barras metálicas de las cuales me sujetaba con fuerza para no caerme con los barquinazos del camino.
Hoy en día, semejante travesía con niños sueltos en la caja de un vehículo sería algo totalmente impensable y prohibido por las normas de seguridad, pero muchas de las cosas que hoy están vedadas eran moneda corriente y de lo más comunes en la década de los sesenta en el Uruguay profundo.
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abuelos historias, aventuras en ambos sentidos, alegrías y tristezas
Editado: 17.10.2026