De mi relación con él conservo un recuerdo agridulce que me tomó años procesar y entender en su justa medida.
Cuando yo era una niña chica, de unos diez o doce años de edad, Tata me miró con total seriedad y me hizo una promesa que me dejó flotando en el aire: me dijo que, en cuanto yo cumpliera los 18 años, él mismo se iba a encargar de comprarme un auto.
Aquello me hizo inmensamente feliz y guardé la ilusión en el pecho durante toda la adolescencia. Sin embargo, el tiempo corrió y, cuando finalmente me encontré acariciando la mayoría de edad, decidí recordarle con total inocencia aquella vieja promesa del coche.
Para mi sorpresa, Tata se molestó bastante con mi comentario. Fue, de hecho, la única e indiscutible vez en la vida en que lo recuerdo perdiendo un poco los estribos o saliéndose levemente de sus casillas.
A mí me dolió muchísimo el desplante; entendía perfectamente que el regalo era demasiado bueno para ser verdad, pero lo que verdaderamente me molestó en aquel entonces fue que no mantuviera su palabra o que, en su defecto, no tuviera la simple delicadeza de decirme: «Disculpame, Anabel; en su momento pensé sinceramente que iba a poder, pero las cosas cambiaron y ahora no puedo». En lugar de esa franqueza, prefirió volcar el enojo hacia mí.
Al crecer, ganar experiencia frente a las pantallas y madurar, uno empieza a comprender que las conductas humanas no son blancas o negras, sino que están compuestas por una infinidad de matices de grises.
Hoy en día miro hacia atrás y descifro con total claridad lo que verdaderamente ocurrió en el interior de mi abuelo: al jubilarse y dejar el traqueteo de la estancia, su situación económica se había resentido tanto que ya no le permitía semejante lujo.
Haberse molestado conmigo no fue más que su mecanismo de defensa, su forma tosca de escapar de una promesa que su corazón añoraba pero que su realidad material ya no podía cumplir. Cuando una persona sabe en el fondo que no tiene la razón, lo general es que culpe al otro, insulte o grite; aunque a decir verdad, ese jamás fue el caso de Tata, al que nunca en la vida escuché levantarle la voz o insultar a absolutamente nadie.
Con el correr de las décadas lo perdoné de corazón y, en mi fuero más íntimo, hoy le agradezco profundamente el simple y maravilloso hecho de haber tenido la intención de hacerme un regalo tan espectacular.
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Editado: 17.10.2026