Tata

 El huevo batido de Elsa y la sospecha de la sal

Un día mi padre me ofreció arroz y "se derritió". El cuento completo está en el libro que se llama Mi Padre. El descuido de mi padre con el arroz derretido no fue la única confusión culinaria que presencié en mi juventud,

La otra anécdota que guardo en mis carpetas arrastra un trasfondo psicológico muchísimo más denso y ambiguo. Ocurrió una tarde en la que Elsa, la segunda esposa de mi abuelo, se ofreció de forma completamente imprevista y gentil a prepararme un huevo batido con azúcar.

A mí, de entrada, me llamó poderosamente la atención semejante despliegue de amabilidad, especialmente viniendo de una persona con el carácter de Elsa, que nunca se había caracterizado por ser un derroche de simpatía o afecto hacia nosotros.

Me quedé esperando el postre con cierta curiosidad, pero en cuanto me acerqué a la mesa y me metí la primera cucharada en la boca para probarlo, descubrí con horror que aquello era un masacote absolutamente incomible.

La intriga se resolvió al revisar los frascos de la cocina: la mujer le había puesto varias cucharadas colmadas de sal fina en lugar de azúcar.

Al día de hoy no he podido saber con total certeza científica si Elsa lo hizo a propósito por pura maldad encubierta o si se trató de un despiste genuino en el traqueteo del mostrador. Ella ciertamente no era trigo limpio en las internas familiares, pero analizando el rompecabezas a la distancia en mi Mac, tiendo a creer que en esa oportunidad en específico, queriendo congraciarse y quedar bien conmigo, simplemente se equivocó de frasco.

El beneficio de la duda y una anécdota agridulce que quedó grabada a fuego en mis recuerdos de juventud.

Analizando el rompecabezas a la distancia en mi Mac, caigo en la cuenta de que ella batió ese huevo a mano, con todo el esmero del mundo. Me parece demasiado esfuerzo físico y dedicación para terminar haciendo una maldad gratuita. La realidad era que mi madre no la quería ni un poco, por lo que tiendo a creer que en esa oportunidad en específico, Elsa quería congraciarse conmigo y ganarse mi simpatía para buscar algún tipo de apoyo en la interna del hogar.

Pero el tiro le salió por la culata de la forma más ridícula posible: queriendo quedar bien, se equivocó de frasco y me encajó un masacote salado.

Mirándolo a la distancia, es una escena de lo más graciosa, aunque en primera instancia la perjudicada con el mal sabor en la boca haya sido yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.