En el mostrador de las grandes batallas familiares que debieron librar mis mayores en la soledad de la campaña profunda, hubo una emergencia médica que marcó a fuego el templo de sus almanaques. Ocurrió cuando mi madre era apenas una niña pequeña de unos seis años de edad. Ella comenzó a manifestar unos dolores de vientre atroces, pero la precariedad científica de la época impedía que la apendicitis se visualizara de forma nítida en las placas radiográficas: resulta que el apéndice, al encontrarse en un estado de inflamación extrema, se había desplazado hacia una posición muchísimo más baja de lo que determina la anatomía normal, quedando completamente oculto y solapado detrás de los otros órganos.
Ante la duda diagnóstica, la contradicción entre los médicos del pago fue absoluta. Uno de los doctores dictaminó con total ligereza que mi madre no padecía ninguna dolencia física real; sentenció que la niña era simplemente "muy nerviosa" y recomendó como terapia que la llevaran a descansar al aire libre del campo. En la otra vereda, el segundo facultativo, con un ojo clínico muchísimo más acertado, advertía con vehemencia que lo ideal era someterla a una cirugía de urgencia para prevenir complicaciones mayores.
Sea como sea, mis abuelos Tata y Mamama decidieron acatar el primer consejo y se marcharon con la pequeña hacia el establecimiento rural. Aquella imprudencia casi se cobra la vida de mi madre: la apendicitis maltratada por el viaje derivó de forma fulminante en una peritonitis generalizada.
Al ver que la niña se les moría en los pasillos de la estancia, mis abuelos se vieron obligados a armar un operativo de traslado desesperado y de apuro hacia el Hospital de Durazno, que constituía la ciudad capital con el centro asistencial más cercano a nuestras coordenadas geográficas.
La travesía fue un calvario de suspenso inolvidable. Mi madre, consumida por la fiebre y la infección, gritaba como loca descosida a causa del dolor insoportable que le partía el abdomen; para colmo de males, el estado calamitoso de los caminos vecinales de la época, que se presentaban completamente destrozados y plagados de pozos profundos, no ayudaba en absoluto, multiplicando el sufrimiento de ella con cada bache del traqueteo.
Graciaas a Dios, los cirujanos de Durazno lograron intervenirla a tiempo y le salvaron la vida en el último segundo. Eso sí: debido a la enorme y compleja cirugía de apuro que debieron practicarle para limpiar la infección, a mi madre le quedó grabado en el cuerpo, como un stock de guerra para el resto de sus almanaques, una cicatriz gigantesca en el vientre. Un recuerdo patente de la resiliencia familiar en medio de la soledad del campo.
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Editado: 17.10.2026