“¿Vas a seguir huyendo todo el tiempo?”
El tiempo siguió su curso y en el camino encontré a Gabriel, mi novio. Aunque los recuerdos de Lucas llegaban a mi mente, los disipaba recordando sus últimas palabras:
<<Yo también lo hacía>>
Esas palabras me mantenían lejos de cualquier cosa que tuviera que ver con él. Aunque por supuesto, con el tiempo también maduré y entendí que mi impulsividad había tenido una gran influencia en esa pelea. Sí el me amaba o no, eso ya no importaba.
Experimentaba una relación diferente, Gabriel lo era. Él era un adulto con obligaciones y le escaseaba el tiempo para vernos, por ende concentraba mi atención en mi misma. Eso significaba reflexionar acerca de los tantos caprichos que tuve en mi adolescencia.
<<¿El amor es un sentimiento tonto? ¿o él que lo siente lo es?>> ese pensamiento rondaba mi mente desde que terminé con Lucas. Ambos nos estábamos convirtiéndonos en idiotas, nos daban vergüenza hacer cosas de pareja y teníamos tanto miedo de que todo cambie.
Estos pensamientos me llevaban usualmente a lo que Lucas me dijo una vez:
<<Si te lo digo, algo cambiará entre nosotros>>
Lucas siempre tuvo miedo de que arruináramos nuestra amistad. De cierta forma al confesar nuestros sentimientos, todo cambió. En mi caso, comencé a querer mucho más de él.
El miedo predominaba en nuestra relación de adolescentes. Aquel que no dejaba que expresemos libremente como nos sentíamos y me refiero a: las miradas que inevitablemente terminaban en una sonrisa, hablar con el corazón acelerado o simplemente estar cerca y olvidar que hay más personas en el mundo. Siempre estuvimos tan asustados para avanzar, no teníamos citas y tampoco nos besamos por primera vez.
Cuando conocí a Gabriel, entendí que había personas que podían vivir todas esas situaciones y ser normales. Para él yo no fui la primera. Quizás por eso es que nada era igual a mi primer amor. Me tocaba madurar de golpe en el mundo de los adultos.
A veces sentía que ya no existía esa emoción, que sólo debía ser su muñeca en la estantería y dejar que juegue conmigo cuando él quiera. No entendía si ese era el tipo de amor, al que estaba destinada a tener. Pero estaba muy cansada como para luchar contra él.
En una tarde cualquiera, me senté en el sofá para contestar la llamada de mi mejor amiga, Valeria.
—Hola, Vale.
—Holi, sé que seguro estas ocupada —dijo sarcásticamente—. Pero, ¿quieres venir a una fiesta?
<<Necesito despejarme>> pensé de inmediato. Realmente era necesario para reiniciar mi semana. Quería olvidar de que, por culpa de mi primer amor fallido, estaba metida en un circulo vicioso que no me dejaba avanzar.
Acepté la invitación encantada y, en ese mismo momento, llamé a Gabriel para buscar su aprobación. No tuve que dar una gran explicación, ya que a él no le importaba lo que hiciera. Simplemente me dijo:
—Esta bien. Yo tendré una cena esta noche. Nos vemos la próxima semana. Adiós, Selena —contestó de forma fría y cortante.
Por un momento me sentí triste. Con Gabriel no nos veíamos seguido, tampoco salíamos, cada vez era más escaso el tiempo que pasábamos juntos. Era consciente de que algo no andaba bien, pero no quería ser impulsiva y largar todo por la borda.
Corrí hacia mi armario y tomé el vestido azul. Caminé hacia el espejo y me vi a mi misma con una sonrisa. Esa noche finalmente iba a poder ser libre de mis recuerdos.
—Está bien si me divierto por hoy.