Cuando era chico e iba al colegio, era el típico “niño rebelde” que iba al fondo del aula para divertirme con mis amiguitos, charlar sin importarnos realmente de qué iba la clase... Aunque después eso nos pase factura en las notas. Algo que tal vez no te imagines es que eso no es exclusivo de nuestro mundo, ni siquiera de nuestra raza, sin importar si los niños son de Marte o de algún planeta de Orión, todos hacen lo mismo, y en un pequeño pueblo de Numayam llamado Minntar, un grupito de amigos estaba haciendo exactamente eso.
La maestra Sikva, una kaeru con años de experiencia en la docencia, de escamas violetas y plumas azules, que siempre vestía un vestido negro, estaba en plena clase sobre las guerras oscuras, les estaba contando a sus alumnos las distintas batallas que se habían librado en la zona, pero para el trío del fondo, Ricardito, Beshya y Tatkiru, esa era una excusa para hacer ruidos de zombies, perdiéndose toda la explicación importante sobre los sucesos de la guerra. Entonces a la maestra, cansada del alboroto que provocaban, se le ocurrió contar a la clase una leyenda local.
—A ver si nos callamos un poco, clase —dijo mientras golpeaba el pizarrón con una tiza—; como veo que la historia no les interesa, les voy a contar la leyenda del lobo de Minntar, ¿la conocen?
Algunos niños respondieron “¡Sí, maestra!”, otros quedaron en silencio, con ojos de ilusión.
—¡Muy bien!, se dice que hace muchos años, en la guerra oscura, cuando los zombies eran un peligro para el mundo, Raky el Justo le pidió a un gran lobo de escamas rojas que protegiera a la gente que vivía en Minntar; se dice que por las noches el lobo salía a cazar zombies y por el día los aldeanos le llevaban comida al lobo como agradecimiento, se dice... —la maestra se acercó a sus alumnos y, bajando la voz, dijo— que todavía vive en el bosque y por las noches aúlla para recordarnos que está ahí.
Un ruidoso “¡Ahuuu!” irrumpió el clima narrativo de la clase: Beshya, la niña orca del trío rebelde, se puso a aullar y sus amigos se descostillaban de risa, provocando aún más aullidos.
—¡Me hartaron!, a la dirección —les gritó la maestra llevando a los niños a los empujones afuera del aula.
Los niños corrieron hasta la dirección, sin importarles que estuvieran por ser castigados.
—¿Será verdad lo del lobo? —murmuró Ricardito.
—No, qué va a ser verdad —le contestó Tatkiru, el kaeru del trío—; mi familia vive en este pueblo hace generaciones, hay lobos en el bosque, pero nunca me contaron nada de zombies y eso.
—No te preocupes, si hay, el viejo Niklar te va a defender —dijo Beshya mientras le golpeaba el hombro a Ricardito.
El pobre niño humano había quedado huérfano a muy corta edad, aunque recordaba a sus padres, prácticamente no tenía recuerdos del lugar donde vivía antes, para bien o para mal. Para su suerte, fue a parar a la puerta de Niklar, un veterano de las guerras oscuras; el viejo orco lo educaba con cariño y disciplina junto a su esposa, Lartha.
—Tengo una idea, ¿a que no se animan a ir al bosque hoy a la noche? —desafió Ricardito bajando la voz en cada sílaba.
El trío acordó reunirse esa misma noche en la casa de Ricardito, que se encontraba muy cerca del bosque, aunque, después de haber sido amonestados por el director del colegio, difícilmente sus padres los iban a dejar.
La hora que quedaba de colegio pasó volando, y después de una rápida y nerviosa caminata, Ricardito estaba en su casa, en el comedor. Sentado al lado de la chimenea estaba Niklar, tomando unos mates. El orco era imponente para los desconocidos: cabello gris y largo que hacía juego con una gran barba; sus colmillos seguían tan afilados como en sus tiempos mozos; de cuerpo macizo y una altura de 1,80 m; siempre vestido con camisa a cuadros y jardinero de jean. Pero para Ricardito era el que lo arropaba por las noches y quien le enseñaba a pelear para que nunca le tuviera miedo a los “monstruos del armario”.
—¿Qué macana hiciste hoy? —le preguntó el orco sin apartar la mirada del mate; su voz era cavernosa pero, de alguna manera, relajante—. Me llamó el director, así que no te hagas el tonto.
—¡No hice nada grave, abuelo! —le contestó Ricardito—. Estábamos jugando nada más, esa maestra es una pesada.
—¡Divertirse es bueno!, pero hay que aprender para no ser un estúpido —el orco se peinó la barba y después continuó—. Yo también tuve tu edad y te entiendo... Pero no te dejes llevar por tus amigos.
—¡Pero abuelo! —el pobre niño estaba a nada de ponerse a llorar—. Nadie más me habla en el colegio porque soy el único humano, ellos...
El timbre no permitió que la charla terminara. Desde la cocina, Lartha, que estaba escuchando la conversación esperando el momento para aparecer, gritó:
—¿Quién es? ¿Nadie atiende el timbre en esta casa?
Con pasos ágiles, Lartha llegó a la puerta. La abuela orca era muy elegante, siempre lucía vestidos azules, en combinación con su pluma de oreja, y peinaba su largo pelo plateado con una media cola.
—¿Quién es? —volvió a preguntar mientras abría la puerta—. ¿Beshya? ¿Qué pasó, linda? ¿Venís a jugar con Ricardito?
—¡Hola, abuelita! —la niña orca estaba vestida con unos pantalones de jean y una remera negra con una calavera rosa, su pelo estaba estratégicamente despeinado y su pequeña pluma teñida de rosa—. ¡Sí! Vamos a jugar al bosque con Riky.
—¡No! —gritó Niklar desde adentro—. Está castigado.
—Abuelita, déjelo —imploró la niña poniendo ojitos de cachorrito triste.
—Hola, señora, ¿podemos pasar? —el kaeru del trío había llegado; el niño, al venir de una familia tradicional, vestía fuera de clase con túnicas de hojas bordadas, del mismo verde de sus escamas, y de su cuello colgaba un cristal rojo, para combinar con sus ojos—. Siento el aromita a yerba de acá y unos mates a esta hora sería lindo.
El pequeño kaeru traía una pequeña bolsita con masitas de la panadería “El sapito viejo”, debilidad de Lartha, así que la abuela no tuvo más remedio que dejarlos pasar para merendar.