El despertador sonó a las seis de la mañana, con la precisión de un verdugo que disfruta su trabajo. Me giré en la cama, enterrando la cara en la almohada de plumas de ganso, intentando ignorar el hecho inevitable de que un nuevo día en Ashwood High estaba a punto de comenzar.
Para cualquiera en mi posición, Ashwood High era la cúspide. Una preparatoria privada donde los pasillos olían a perfume caro, a café de Starbucks recién comprado y a la desesperación colectiva por entrar a una universidad de la Ivy League. Para mí, era un campo de minas psicológico.
Me levanté con la torpeza típica de alguien que funciona a base de cafeína y falta de sueño. Mi rutina matutina estaba tan coreografiada que podría hacerla con los ojos cerrados: una ducha rápida, mirar por inercia hacia la ventana de al lado y, finalmente, la decisión más importante del día: mi disfraz de invisibilidad.
Abrí el armario de caoba y descarté cualquier prenda que pudiera considerarse remotamente alegre. Opté por mi uniforme reglamentario, pero le añadí una capa protectora: un suéter oversized de lana gris, tan ancho que si estiraba los brazos parecía una críptida voladora, y unas gafas de montura gruesa que no necesitaba para ver, pero que funcionaban como un escudo antidisturbios contra la mirada ajena.
-Anneliese, el desayuno está servido en el comedor principal
Anunció la voz robótica de la pantalla inteligente junto a mi puerta, recordándome que vivía en una mansión donde la mayor muestra de afecto familiar era que la comida no estuviera fría.
Ignoré el aviso y me limité a meter una manzana en mi mochila junto con mi estuche de violín y, por supuesto, mi cuaderno de bocetos, asegurándome de que estuviera bien escondido al fondo. Jamás perdonaría al universo si alguien llegaba a hojearlo y descubría que, anoche, le había dedicado tres páginas completas a la estructura ósea de la mandíbula de Ethan Sanders.
***
El trayecto en la parte trasera del auto del chofer transcurrió en completo silencio. Cuando llegué a Ashwood High, el panorama era el de siempre: autos europeos de lujo estacionados en fila, grupos de chicas riendo junto a los casilleros y, en el centro de todo, el campo de fútbol americano donde el equipo ya estaba haciendo calentamiento matutino.
Y ahí estaba él.
Ethan Sanders destacaba incluso a cincuenta metros de distancia. Llevaba la chaqueta varsity de los Ashwood Hawks sobre una camiseta negra, y su cabello castaño parecía perfectamente revuelto por el viento, aunque todos sabíamos que lograr ese look requería al menos diez minutos frente al espejo. Estaba riendo de algo que le había dicho el delantero estrella, gesticulando con esa confianza expansiva que parecía devorarse el oxígeno del campus.
Caminé pegada a las taquillas, conteniendo la respiración, esperando cruzar el umbral del pasillo principal sin incidentes. Iba con la vista fija en las puntas de mis zapatos, concentrada en mi mantra personal: invariable, imperceptible, un mueble más.
-vaya, vaya. Miren quién decidió aparecer hoy por el mundo real y no en su castillo de cristal
Me detuve en seco. Cerré los ojos con fuerza. Tenía nombre y apellido: Brittany Sanders, la reina indiscutible de las poristas y, para mi absoluta desgracia, la prima de Ethan. Aunque, pensándolo bien, Ethan y ella compartían la misma empatía que una piedra.
Me giré lentamente, ajustándome las gafas con torpeza. Brittany estaba flanqueada por dos de sus amigas, cruzadas de brazos y con una sonrisa ensayada que destilaba veneno puro.
-hola, Brittany
Dije con un hilo de voz, deseando que el suelo se abriera y me tragara directo al núcleo de la Tierra.
-¿Qué pasa, Anne? ¿Se te rompió la limusina y tuviste que mezclarte con la chusma?
Burló ella, dando un paso al frente para bloquear mi casillero.
-oye, mis padres dicen que el fideicomiso de tu papá compró la mitad de la cuadra, ¿Es verdad que en tu casa hay un baño para cada estado de ánimo? Porque, la verdad, con esa cara de amargada que cargas, dudo que uses el de la felicidad
Sus amigas soltaron unas risitas ensayadas. Sentí el calor subir violentamente por mi cuello, manchando mis mejillas de rojo. Odiaba llamar la atención.
Agaché la mirada, dispuesta a soportar los insultos en silencio y esperar a que el timbre me liberara, cuando una sombra alta se interpuso entre nosotras.
Un olor a loción limpia y césped recién cortado invadió el aire.
-oye, Brittany
La voz de Ethan resonó, grave y cortante, rompiendo el murmullo del pasillo. Tenía la chaqueta colgada perezosamente de un hombro y una ceja alzada con fastidio.
-¿No tienes clase de trigonometría en el otro extremo de la escuela? Te recuerdo que si vuelves a reprobar el examen, el tío te va a confiscar el auto otra vez, y me fastidia tener que traerte todos los días
Brittany parpadeó, ofendida por la interrupción.
-¡Solo estábamos bromeando, Ethan! Anne ama que le recordemos su estatus de realeza, ¿Verdad que sí, Miller?
Ethan no le respondió a su prima. En su lugar, giró lentamente la cabeza y clavó sus ojos avellana directamente en los míos. Por una fracción de segundo, la máscara de chico popular se desvaneció, dejando ver esa chispa burlona y cómplice que me había dedicado la noche anterior desde la ventana.
-su clase de violín empieza en tres minutos, Brittany. Déjala en paz
Sentenció Ethan, con un tono tan firme que su prima optó por resoplar, dar media vuelta y marchar pisoteando el suelo con sus tacones.
Me quedé ahí, petrificada, con la mochila colgando de un solo hombro y el corazón latiéndome en la garganta. Ethan se quedó a pocos centímetros de mí, lo suficientemente cerca como para notar que era un año mayor y que su presencia ocupaba demasiado espacio en mi pacífico anonimato.
Se inclinó ligeramente hacia adelante, fingiendo acomodarse la mochila, y me susurró en un tono que solo yo pude escuchar: