El vestíbulo de Ashwood High estaba extrañamente silencioso a mitad de la jornada escolar. Las grandes puertas de cristal tintado dejaban pasar la luz de la tarde, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de mármol pulido donde yo permanecía sentada en un banco de madera, abrazando mis rodillas.
Había tenido que llamar a mi madre desde el baño, con los ojos hinchados y la voz temblorosa, mintiéndole a medias sobre un "accidente con tinta" que había arruinado mi uniforme por completo. No necesité dar muchas explicaciones; en mi casa, un problema estético que afectara la reputación o la comodidad bastaba para que el chofer autorizado fuera enviado de inmediato.
Tenía el suéter gris manchado de rojo seco, y el frío del ambiente parecía haberse instalado directamente en mis huesos. Me sentía una idiota. Una absoluta idiota por haber creído, aunque sea por un segundo, que la mirada de Ethan la noche anterior significaba algo real. En el mundo de los clichés, los chicos populares como él nunca cruzan la línea de fuego por la chica invisible; solo se quedan mirando desde la barrera para no perder su lugar en el trono.
-¡Anne!
La voz de Lidia resonó con eco por todo el pasillo. La vi aparecer corriendo por las escaleras principales, con la respiración agitada y la corbata del uniforme medio desatada. Se detuvo frente a mí con las manos en las rodillas, intentando recuperar el aliento.
-por favor, dime que no estás haciendo esto
Dijo Lidia entre bocanadas de aire.
-me escapé de la clase de historia solo para venir a buscarte. Fui a los vestidores y conseguí un uniforme de repuesto con la enfermera, y... ¡Dios, mira tu suéter! Pero podemos lavarlo, te juro que...
Me quedé en completo silencio. No lloré, ni grité, ni intenté defenderme. Solo la miré con una expresión de profunda y aplastante derrota, con los ojos fijos en el suelo y los labios sellados en una línea fina.
Lidia se detuvo de golpe. La intensidad de su rostro se desinfló al ver que mis palabras no iban a llegar. Sabía muy bien esa mirada: era el muro de contención que levantaba cuando el mundo exterior me había lastimado demasiado como para emitir un solo sonido.
-oh, Anne...
Murmuró mi amiga con un hilo de voz, acercándose lentamente para sentarse a mi lado en el banco frío y pasar un brazo protector por mis hombros.
-ojalá pudiera golpear a Brittany y al idiota de Ethan Sanders por ti
Al escuchar ese nombre, un escalofrío recorrió mi columna, pero no dije nada.
En ese preciso instante, un sedán negro e impecable se detuvo con suavidad frente a las puertas principales de la escuela. El chofer, un hombre de traje impecable con el que apenas intercambiaba palabras al mes, descendió, abrió la puerta trasera y esperó en silencio.
Me puse de pie con lentitud, sintiendo el peso de la mochila como si cargara piedras.
-tengo que irme, Lidia
Logré decir finalmente, con la voz ronca.
-te marco en la tarde, ¿Sí? No te encierres en tu cuarto para escuchar música clásica deprimente
Suplicó Lidia, dándome un apretón suave en la mano.
No le prometí nada. Solo asentí con la cabeza, me giré y caminé hacia la salida.
Mientras el auto se ponía en marcha y dejaba atrás los portones de hierro de Ashwood High, miré por la ventanilla empañada, jurándome a mí misma que esa misma noche cerraría las cortinas de mi habitación de por vida. Ya no habría más dibujos, ni más miradas furtivas, ni más idiotas con ojos avellana observando desde la ventana de al lado.
***
El vestíbulo de mi casa olía a cera para muebles y a una indiferencia pulcra que me revuelto el estómago nada más cruzar la puerta. Apenas el sedán se detuvo frente al imponente pórtico de la mansión, me bajé con la mochila apretada contra el pecho, intentando disimular el rastro escarlata del jugo de arándano que aún manchaba el gris de mi suéter.
Tenía la esperanza de cruzar el pasillo y llegar a las escaleras como un fantasma, pero mi madre estaba de pie junto a la consola de la entrada, revisando unos documentos en su tableta con la elegancia rígida que la caracterizaba.
-Anneliese, ¿Qué ocurrió?
Me detuve en seco, sintiendo que el peso de su mirada fría caía sobre mí.
-yo... tuve un accidente, mamá
Murmuré, abrazando aún más fuerte la tela arruinada de mi uniforme.
Ella levantó la vista finalmente. Sus ojos recorrieron la mancha roja con una mezcla de fastidio y desaprobación contenida, como si un error tan burdo fuera una ofensa directa a nuestro apellido.
-ya veo
Suspiró con pesadez, pellizcándose el puente de la nariz.
-por el amor de Dios, Anneliese, a veces pareces imán para los tropiezos más torpes. Sube a cambiarte de inmediato y haz que la lavandería se encargue de esto. Y ni se te ocurra faltar mañana a tu clase de violín; no podemos darnos el lujo de perder la disciplina por un descuido
No respondí. Sentí que si abría la boca, lo único que saldría de mí sería un sollozo patético. Asentí con la cabeza en un movimiento mecánico, di media vuelta y eché a correr por la escalinata de caoba a toda prisa, ignorando por completo el resto de sus palabras.
Una vez en mi habitación, cerré la puerta de un portazo y pasé el pestillo.
Me arranqué el suéter manchado con desesperación, lo tiré al fondo del cesto de la basura y me metí bajo el chorro helado de la ducha, intentando restregar mi piel hasta que el recuerdo de las risas en la cafetería y la mirada evasiva de Ethan desaparecieran.
Pasé el resto de la tarde allí dentro, envuelta en mi pijama más gruesa, tirada bocarriba sobre la cama mirando el techo sin encender las luces. No quería tocar el violín. No quería abrir el cuaderno de bocetos. Lo único que quería era convertirme, de verdad, en alguien invisible.
Al caer el sol, la habitación se sumió en una penumbra azulada. La casa estaba tan silenciosa que el único sonido que rompía el ambiente era el zumbido lejano del aire acondicionado.
Entonces, un golpe seco interrumpió la quietud.
Me incorporé despacio, frunciendo el ceño. Venía del balcón.