El amanecer del día siguiente llegó con una paleta de colores grises y apagados que combinaban a la perfección con mi estado de ánimo. Para cuando bajé a desayunar, ya llevaba puesto un uniforme nuevo que mi madre había exigido que tuviéramos de repuesto, y un suéter de cuello alto color negro que parecía una armadura medieval diseñada para congelar cualquier intento de conversación.
Durante el trayecto en auto hacia Ashwood High, mi reflejo en la ventanilla me devolvió la imagen de una chica estirada, rígida y completamente decidida a cumplir su condena escolar sin mirar a nadie a los ojos. Las reglas de supervivencia que me había impuesto al principio del curso escolar habían regresado, pero esta vez con el doble de candados.
Al cruzar los portones de la preparatoria, el ambiente parecía el mismo de siempre: risas en los casilleros, grupos hablando del próximo partido y el murmullo constante de los pasillos. Sin embargo, algo había cambiado en mi radar interno. Mis ojos, por pura inercia traicionera, buscaron de inmediato la chaqueta varsity y el cabello castaño revuelto de Ethan Sanders.
Lo vi cerca de la fuente del patio central, rodeado de sus amigos y de su prima Brittany, quien reía de forma estridente agitando sus pompones. En el preciso instante en que pasé a unos diez metros de distancia, caminé con la espalda recta y la mirada fija al frente, enfocada en la puerta del salón de clases como si fuera un blanco militar.
Sentí una punzada en la nuca, esa extraña sensación de estar siendo observada. Giré un segundo la vista hacia el rabillo del ojo y lo vi: Ethan se había quedado medio silenciado en medio de la charla con sus amigos, con la cabeza ladeada, mirándome fijamente. Sus ojos avellana tenían una expresión indescifrable, una mezcla de desconcierto y frustración que contrastaba fuertemente con la indiferencia con la que me había abandonado en la cafetería el día anterior.
¿Qué esperabas, Sanders? ¿Que te aplaudiera por ignorarme frente a todo el mundo?
Aceleré el paso hasta meterme en el refugio seguro del aula.
Las horas transcurrieron en una especie de bruma densa. Lidia intentó acercarse en el descanso para compartirme un paquete de galletas y decirme algo sobre cómo se ponía de insoportable Brittany cuando quería, pero yo me limité a asentir con monosílabos, sumergida en mi propia burbuja de hielo. No quería hablar de lo que pasó. Hablar de ello era admitir que me había dolido, y admitir que me había dolido significaba reconocer que Ethan Sanders me importaba mucho más de lo que una chica invisible e inteligente debería permitir.
***
Por la tarde, el regreso a casa se sintió igual de pesado. Me encerré directamente en mi habitación, saqué el violín y me obligé a tocar una suite de Bach con tanta precisión técnica que las notas sonaban frías, mecánicas y desprovistas de cualquier atisbo de emoción humana. Era mi forma de castigarme por haber abierto las cortinas de mi corazón ante un chico que prefería cuidar su reputación en la cima de la jerarquía escolar.
Al caer la noche, la rutina del vecindario se repitió. Las luces de las casas vecinas comenzaron a encenderse una a una.
Me encontraba sentada en el suelo de mi habitación, recargada contra la pared opuesta al balcón, intentando concentrarme en un libro de anatomía para mis bocetos, cuando un sonido metálico me sacó de golpe de la lectura.
Era la ventana corrediza de al lado abriéndose con fuerza.
Mi corazón dio un vuelco traicionero, golpeando contra mis costillas con una fuerza innecesaria. Me quedé completamente inmóvil, sosteniendo el lápiz entre mis dedos con tanta presión que temí que se partiera a la mitad.
-sé que estás ahí, Anneliese
La voz de Ethan resonó desde el exterior, sonando extrañamente cerca, con un matiz de impaciencia contenida que jamás le habíado escuchado en la escuela.
-no hagas como si no me escucharas. Anoche cerraste la cortina en mi cara como si fuera un criminal común
Tragué saliva con dificultad, obligándome a mantener la boca cerrada. No iba a responder. El contrato implícito de nuestras miradas nocturnas se había roto en mil pedazos el día que decidió fingir demencia frente a mi desastre con el jugo de arándano.
-mira, lo de ayer en la cafetería... fue un error, ¿De acuerdo?
Continuó Ethan, y por primera vez su tono de voz perdió esa seguridad arrogante para sonar genuinamente frustrado.
Me puse de pie de un salto, con los puños apretados y la sangre hirviéndome en las sienes. El hecho de que intentara justificarse con un discurso a medias me enfureció aún más que su silencio anterior.
Caminé con pasos firmes y decididos hacia la ventana corrediza, pero no le di la oportunidad de articular otra palabra. Con un movimiento seco, tiré de la puerta corrediza para asegurarme de que el pestillo interior estuviera bien cerrado, y de inmediato eché la cortina gruesa de terciopelo con tanta fuerza que la anilla de metal emitió un sonido estridente contra la barra. La tela espesa volvió a interponerse, bloqueando su silueta, su voz y cualquier mínima oportunidad de excusa barata.
Me quedé allí, con la frente apoyada contra la pared lateral, sintiendo cómo la respiración me temblaba en el pecho.
En una comedia romántica clásica, el chico popular siempre recapacita a tiempo, cruza la línea y se convierte en el salvador perfecto de la chica incomprendida. Pero en la vida real, los chicos populares solo eligen la comodidad del rebaño, y las chicas invisibles aprenden, a la fuerza, a cerrar las ventanas para no seguir congelándose con ilusiones estúpidas.
***
El fin de semana pasó como un suspiro silencioso, envuelto en notas de Bach, páginas de libros de anatomía y una firme decisión de convertirme en un mueble inanimado. Durante cuarenta y ocho horas no me acerqué al balcón ni por equivocación.
Sin embargo, el lunes por la mañana en Ashwood High demostró que el universo tenía un sentido del humor bastante retorcido.
Apenas puse un pie en el campus, el ambiente se sentía extrañamente distinto. Los grupitos habituales de los pasillos no estaban murmurando sobre las calificaciones ni sobre el próximo partido de campeonato; todos tenían los ojos fijos en las pantallas de sus teléfonos, cuchicheando con una intensidad inusual.
Me encogí en mi suéter negro de cuello alto, intentando fundirme con los casilleros metálicos, cuando Lidia apareció de la nada, agarrándome del brazo con tanta fuerza que casi me hace soltar el estuche del violín.