Tesis sobre un amor cliché

Capítulo 4

El resto del día transcurrió como un ejercicio de alta resistencia psicológica. Después de la confesión de Ethan junto a la columna de la biblioteca, mi cerebro se dividió en dos facciones irreconciliables: una parte, la más patética y adictiva a los clichés, quería correr a mi casa, abrir la ventana de par en par y perdonarle todo con tal de escuchar el resto de su explicación; la otra parte, la que guardaba el orgullo herido y los restos de mi dignidad, exigía mantener el bloqueo absoluto y aplicarle la ley del hielo más fría de la historia de Ashwood High.
Opté por la segunda opción. O al menos lo intenté con todas mis fuerzas.
Durante el almuerzo, me senté en la misma mesa de siempre junto a Lidia, asegurándome de no mirar ni de reojo hacia la zona central de la cafetería. Lidia no paraba de hablar sobre el rumor de la mañana y de cómo medio instituto intentaba descifrar quién era la famosa "gaviota de la alta sociedad" que tenía distraído al capitán de los Hawks.

-te lo juro, Anne, hay teorías en el grupo de chat de la escuela que rozan la ciencia ficción

Comentaba Lidia mientras abría un envase de yogur con entusiasmo dramático.

-alguien sugirió que Ethan está embrujado por una maldición gitana. Ojalá sea verdad, así al menos tendría un toque gótico interesante
-sí, claro, seguro que es una maldición y no simple aburrimiento

Respondí con voz monótona, picando un trozo de lechuga en mi ensalada como si estuviera diseccionando un espécimen científico.

-¿Estás bien? Te noto muy callada hoy. Más callada que de costumbre, quiero decir

Lidia me miró entrecerrando los ojos, escudriñando mi expresión.

-¿No tendrá algo que ver con que Ethan Sanders?
-no tengo idea de lo que hace o deja de hacer el señor Sanders, Lidia. Mi vida no gira en torno a los jugadores de fútbol americano

Mentí con absoluta soltura, aunque sentí que las orejas se me calentaban de inmediato.
Para demostrar mi punto, pasé el resto de la tarde concentrada en mis deberes académicos y en las clases de violín. Mi profesor, un hombre de edad avanzada con una paciencia de hierro y un desprecio absoluto por la cultura pop moderna, me hizo repetir la misma partitura de Bach durante cuarenta minutos hasta que cada nota salió limpia, perfecta y completamente desprovista de alma. Era exactamente lo que necesitaba: orden, disciplina y cero caos emocional.
Al salir de la escuela, el chofer ya me esperaba junto al sedán negro. El trayecto a casa fue silencioso, con el paisaje urbano desdibujándose tras los cristales tintados.
Una vez en la mansión, subí directamente a mi habitación. Me cambié el uniforme por ropa cómoda, un suéter de punto ancho y unos pantalones de chándal grises. Me senté frente al escritorio dispuesta a avanzar con los bocetos de anatomía que tenía pendientes, ignorando deliberadamente que, a pocos metros de distancia, la ventana del cuarto de al lado ya comenzaba a iluminarse con la luz ámbar de la lámpara de Ethan.

***
Cae la noche.
A las nueve en punto, se escuchó el característico crujido.
La ventana corrediza de su habitación se abrió con fuerza. Me quedé inmóvil con el lápiz suspendido sobre el papel, sintiendo cómo el aire de la habitación se volvía de repente pesado y denso.

-Anne...

Su voz llegó desde el exterior, arrastrada por la brisa nocturna, sonando tensa pero decidida.

-sé que estás ahí

Mi corazón dio un vuelco traicionero, pero apreté los dientes y me mantuve pegada a la silla del escritorio, fingiendo un interés desmedido por la estructura ósea de la clavícula que estaba dibujando. No me iba a mover. Había prometido aplicar la ley del hielo, y pensaba cumplir mi palabra al menos por esa noche.
Del otro lado del balcón se oyó un suspiro de frustración, seguido de un golpe seco contra el marco metálico.

-bien. Si no quieres abrir por las buenas, tendremos que negociar a la antigua

Murmuró él para sí mismo, aunque lo escuché perfectamente debido al silencio absoluto del vecindario.
Pasaron unos segundos de desconcierto. De repente, un par de pequeños objetos golpearon con suavidad el cristal de mi puerta corrediza del balcón.
Tup, tup.
Fruncí el ceño, soltando el lápiz sobre la mesa. Me levanté con lentitud, sintiendo una mezcla de irritación y curiosidad morbosa, y me acerqué sigilosamente hasta el ventanal.
A través del vidrio, con las cortinas de terciopelo aún cerradas, alcancé a distinguir la sombra de Ethan que se inclinaba hacia el alféizar. Volvió a lanzar otro pequeño objeto contra el cristal. Esta vez identifiqué el sonido: eran piedritas pequeñas.
¿Acaso se había vuelto loco? ¿Estaba recreando una escena de Romeo y Julieta versión vecindario norteamericano con piedras en lugar de una serenata?
La ira le ganó al orgullo. Di un paso al frente, dispuesta a abrir la cortina solo para gritarle que dejara de vandalizar mi ventana con guijarros y que se fuera a dormir. Pero antes de tocar la tela, me detuve en seco, recordando que si abría la cortina, le daría exactamente el gusto que andaba buscando.
Así que me quedé ahí, plantada frente a la tela pesada, cruzada de brazos, decidiendo que si quería comunicarse conmigo, tendría que hacerlo a través de una gruesa capa de terciopelo y su propia desesperación. El sonido de las piedritas golpeando rítmicamente el cristal de la puerta del balcón se convirtió en la banda sonora más irritante de la noche.

-Anne, abre de una vez

La voz de Ethan llegó amortiguada por la tela pesada de las cortinas, sonando tan cerca que parecía estar hablando directamente contra el vidrio.
Me crucé de brazos, pegando la espalda a la pared lateral de la habitación, con la vista fija en los pliegues oscuros del terciopelo.

-no te voy a abrir, Sanders

Le respondí en voz alta, sabiendo que, a través del doble cristal y las cortinas, mi voz apenas sonaría como un murmullo fantasmal.




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