El sábado por la tarde era sagrado. Era el momento de la semana en que Lidia y yo abandonábamos el refugio de Ashwood High para sumergirnos en el centro comercial de la ciudad, un templo del consumismo donde las tarjetas de crédito de nuestros padres sufrían en silencio mientras nosotras intentábamos fingir que éramos adolescentes normales que solo buscaban pasar el rato.
-te lo digo en serio, Anne, si veo otro local de velas aromáticas con olor a "ansiedad de ricos", voy a vomitar purpurina
Anunció Lidia mientras caminábamos por el pasillo central del centro comercial, agitando una bolsa de papel con una bata de baño de dudosa calidad que acababa de comprar con un descuento del setenta por ciento.
-técnicamente, nosotras somos parte de esa estadística, Lidia
Le recordé, ajustándome la correa de la mochila y tratando de mantener el paso ligero entre la marea de gente.
-sí, pero nosotras somos la versión con conciencia de clase que compra en liquidación. Eso nos hace intelectualmente superiores
Bromeó ella, antes de agarrarme del brazo con fuerza repentina y cambiar de dirección de golpe.
-¡Alerta roja! A las doce en punto: la tienda de chocolates artesanales. Necesitamos azúcar antes de que mi cerebro decida colapsar por sobredosis de carbohidratos
Nos metimos en el local, que olía intensamente a cacao tostado y a pretensión pura. Mientras Lidia examinaba con devoción casi religiosa una barra de chocolate amargo con sal marina y trozos de oro comestible de diez dólares, yo me quedé mirando distraídamente a través de los grandes ventanales que daban al pasillo principal.
Y entonces lo vi.
Cruzando el pasillo, con una bolsa deportiva al hombro y vistiendo una sencilla camiseta gris de algodón que se le ajustaba demasiado bien a los hombros, iba Ethan. Venía acompañado por otro par de jugadores del equipo de fútbol, riendo a carcajadas por alguna tontería.
Mi primer instinto, condicionado por una semana de dramáticos encierros y cortinas corridas, fue dar un paso atrás y esconderme detrás de un exhibidor gigante de trufas de maracuyá.
-por el amor de Dios, Anne, no me digas que vas a hacer la gran ninja invisible otra vez
Susurró Lidia, apareciendo a mi lado con la barra de chocolate en la mano y siguiendo mi línea visual.
-ah, miren nada más al Dios del estadio, ¿Quieres que le tire una trufa en la cabeza para llamar su atención?
-¡Cállate! Si me ve, finje que estoy muerta o que soy un maniquí de exhibición
Le rogué en un susurro desesperado, agachando la cabeza e intentando ocultar mi rostro detrás del hombro de mi amiga.
Pero el universo, en su infinita y cruel ironía cómica, decidió jugar en mi contra. En ese preciso instante, el empleado de la tienda, un joven con delantal negro y un entusiasmo digno de comercial de televisión, decidió hacer su trabajo de la peor manera posible.
-¡Hola, chicas! ¿Están buscando algo en especial?
Preguntó el chico con una sonrisa radiante, acercándose demasiado y abriendo los brazos hacia el estante donde yo estaba intentando fundirme con la pared.
-¿Les interesa probar nuestra nueva colección de trufas rellenas de licor de frambuesa y... ay, cuidado!
El pie del empleado tropezó torpemente con la base metálica del exhibidor de muestras. En un movimiento digno de película de comedia slapstick, la bandeja con pequeños vasitos de chocolate líquido y virutas de cacao salió volando por los aires.
Salté hacia atrás para esquivar el desastre, pero en el intento, mi pie se enredó con la base de mi propia mochila que estaba en el suelo. Perdí por completo el equilibrio y caí de espaldas directamente sobre una pila de cajas de cartón llenas de bolsas de regalo vacías, provocando un estruendo monumental que hizo que toda la tienda se quedara en absoluto silencio.
Me quedé ahí, tirada entre cintas de colores y papel celofán arrugado, con una viruta de chocolate pegada en la frente y la dignidad sepultada bajo al menos tres metros de vergüenza pura.
-santo cielo...
Murmuró Lidia llevándose las manos a la boca, intentando contener una carcajada que amenazaba con salir disparada como una erupción volcánica.
Desde el pasillo exterior, el sonido de las risas se detuvo de golpe. Unos pasos apresurados se acercaron a la entrada de la tienda.
-¿Qué fue...?
La voz de Ethan se cortó de inmediato al asomarse por el umbral y ver el panorama: el empleado pidiendo disculpas a los gritos, Lidia al borde del colapso nervioso por la risa, y yo, convertida en un triste burrito envuelto en papel de regalo en el suelo.
Los ojos avellana de Ethan recorrieron la escena en un segundo. Vi cómo su mandíbula se tensaba para contener una sonrisa monumental, y cómo un brillo de pura travesura iluminaba su mirada.
Se acercó lentamente entre los escombros de chocolate, ignorando a los curiosos, se agachó con total naturalidad frente a mi improvisado cráter de cartón, extendió una mano grande y cálida hacia mí.
-disculpa, ¿La biblioteca de Ashwood High ofrece ahora servicio de caída libre en tiendas de golosinas, o este es un nuevo método de estudio que me perdí?
Sentí que el calor me subía desde el cuello hasta la raíz del pelo, pero por primera vez en toda la semana, en lugar de salir corriendo, no pude evitar soltar una risita ahogada mientras aceptaba su mano para levantarme.
-gracias, pero ya me caí suficiente por hoy, Sanders
Mascullé con la mayor dignidad que se puede tener cuando se tiene una viruta de chocolate pegada en la ceja y está rodeada de papel celofán arrugado.
Ignoré por completo su mano extendida, me puse de pie de un salto con la ayuda de Lidia -quien ya se mordía los labios con tanta fuerza para no estallar en carcajadas que parecía a punto de desmayarse-, y sacudí mi suéter con furia.
Ethan se quedó a medio camino, con la mano suspendida en el aire y una media sonrisa divertida dibujada en los labios.