[Narrado por Anne]
Los días posteriores a la tormenta y a aquella noche en la cocina de Ethan parecieron sacados de una película romántica de bajo presupuesto, de esas que solía criticar con Lidia por su exceso de azúcar. Por primera vez en mi vida, cruzar el umbral de Ashwood High no se sentía como entrar a una cámara de tortura. Entre clase y clase, Ethan encontraba la manera de cruzarse conmigo en los pasillos menos transitados, una caricia rápida en la mano, una sonrisa cómplice junto a los casilleros o una nota doblada en un triángulo perfecto dentro de mi cuaderno de anatomía.
Fuera de la vista de los demás, en el mundo privado que construíamos entre las sombras de las escaleras de incendios o a través de las ventanas abiertas por las noches, Ethan era todo lo que había imaginado y más. Atento, cálido, con una risa sincera que lograba desarmar todas mis defensas. Habíamos dejado atrás los suéteres gigantes como armaduras, ahora me sentía ligera, dispuesta a creer que los clichés podían tener un final feliz si los dos decidíamos reescribir las reglas.
Grave error.
Olvidé la regla de oro de la vida real: los muros construidos por la popularidad y el qué dirán no se derrumban con un par de besos a escondidas.
***
Era viernes por la mañana. El sol de otoño brillaba con fuerza sobre el patio central de la preparatoria. Lidia estaba enferma en casa con un resfriado, así que caminaba sola hacia la biblioteca cargando mi maleta de partituras. Llevaba puesta una chaqueta de mezclilla que Ethan me había prestado la noche anterior, esa misma que aún guardaba su sutil aroma a loción limpia y césped.
Al doblar por la esquina del pasillo principal, cerca de la cafetería, escuché el bullicio habitual. Iba con la vista fija en el suelo cuando una voz estridente y conocida resonó por todo el lugar.
-¡Miren nada más la chaqueta de los Hawks! Oigan, ¿No es esa la misma que usa Ethan en todos los partidos?
Exclamó Brittany con una risa burlona y aguda que hizo que decenas de cabezas se giraran de inmediato hacia mí.
Sentí que la sangre se me helaba en las venas. Alcé la vista de golpe.
Brittany estaba de pie junto a la mesa central, flanqueada por sus amigas poristas y por varios jugadores del equipo de fútbol, entre ellos, el mismísimo Ethan. Tenía la chaqueta de los Hawks puesta sobre los hombros, y sus ojos avellana se clavaron en los míos con una expresión que me descolocó por completo: un destello de pánico absoluto.
El silencio se instaló alrededor del grupo. Todos los estudiantes cercanos detuvieron sus conversaciones, observando la escena con la avidez típica de los buitres esperando el primer movimiento.
-vaya, Anneliese... ¿Acaso el capitán te prestó su uniforme de entrenamiento para que juegues a la mascota, o es que te lo robaste del casillero cuando nadie miraba?
Soltó Brittany con una sonrisa cínica, dando un paso al frente y estirando la mano para tocar la manga de la chaqueta que llevaba puesta.
-digo, porque dudo mucho que alguien como Ethan Sanders ande regalando su ropa a la chica invisible de la sección de música, ¿Verdad?
Un murmullo generalizado recorrió el pasillo. Sentí el peso de cien pares de ojos taladrándome la piel. Las mejillas me quemaban de la vergüenza, pero el verdadero dolor no venía de las burlas de Brittany, sino del silencio absoluto que venía del otro lado.
Busqué la mirada de Ethan, suplicando en silencio que dijera algo, que diera un paso al frente como lo había hecho en la fiesta o en el porche de mi casa, que rompiera de una vez por todas la maldita burbuja de cobardía.
Pero Ethan no se movió.
Vi cómo su mandíbula se tensaba con dureza. Vi cómo bajaba la mirada hacia el suelo un segundo, y cuando volvió a alzarla, su expresión se había vaciado de cualquier atisbo de calidez. Adoptó esa postura rígida, distante, la misma máscara de chico popular e indiferente que usaba para proteger su preciado estatus en la cima de la jerarquía escolar.
-déjala en paz, Brittany. No es para tanto
Dijo Ethan finalmente, con voz seca y fría, encogiéndose de hombros con fingida desgana.
-seguro se la encontró por ahí. No hay que armar un drama por una chamarra vieja
Las palabras cayeron sobre mí como un balde de agua helada.
Una chamarra vieja. No soy nadie. Solo una molestia pasajera.
El eco de su frase resonó en mi cabeza con más fuerza que las risas de Brittany. Sentí que el aire se me agotaba en los pulmones. La traición no dolía tanto como la constatación de que, a la hora de la verdad, cuando el reflector de la escuela apuntaba directamente hacia él, Ethan Sanders siempre elegiría lo que los demás querían ver, sacrificando lo nuestro sin pensarlo dos veces.
-tienes razón, Sanders
Logré decir, con la voz firme a pesar de que el pecho me temblaba por dentro.
-fue un malentendido. Quédatela si tanto te importa tu uniforme
Me quité la chaqueta de los hombros con un movimiento rápido, la arrojé sin cuidado sobre la mesa frente a él y, sin esperar a escuchar una sola palabra más, di media vuelta.
Caminé a toda prisa por el pasillo, conteniendo las lágrimas con todas mis fuerzas, jurándome a mí misma que esta vez no habría segundas oportunidades, ni ventanas abiertas, ni disculpas a través de la mampostería. Había sido una tonta por creer que un chico popular podía cambiar su historia por una chica invisible; y lo peor de todo es que, en el fondo, sabía exactamente qué tenía que hacer a partir de ahora: levantar los muros más altos de mi vida y cerrar todas las puertas para siempre.
***
El fin de semana transcurrido tras el incidente en el pasillo se sintió como una larga y monótona condena en aislamiento solitario. No encendí la luz del balcón. No me acerqué a la ventana corrediza ni por curiosidad mórbida, y me aseguré de correr las pesadas cortinas de terciopelo oscuro hasta el último centímetro, bloqueando cualquier rendija por donde pudiera colarse la luz o el remordimiento.
Lidia, todavía recuperándose de su resfriado, me había llamado un par de veces para saber cómo seguía, pero le inventé una excusa barata sobre dolores de cabeza y fatiga académica para evitar darle explicaciones. No quería hablar de Ethan. No quería pronunciar su nombre, ni escuchar sus justificaciones, ni admitir ante nadie que el nudo en mi garganta era el resultado directo de haber confiado en alguien que demostró ser exactamente el mismo cobarde del primer día.
El lunes por la mañana regresé a Ashwood High con la precisión de un autómata. Había desempolvado mi vieja armadura: el suéter gris de cuello alto, las gafas de montura gruesa y esa expresión de absoluta indiferencia que me había servido como escudo protector durante años antes de que todo este circo comenzara.
Al cruzar los portones de la escuela, el ambiente parecía el mismo de siempre, pero mi radar interno funcionaba con una frialdad quirúrgica. Ignoré deliberadamente la zona de los casilleros del sector norte, el área de las gradas y cualquier rincón donde pudiera toparme con la chaqueta varsity de los Hawks.