Tesis sobre un amor cliché

Capítulo 10

El viento de principios de noviembre soplaba con fuerza, arrastrando las últimas hojas secas de los árboles que bordeaban el vecindario. Desde mi habitación, con la ventana completamente cerrada y las cortinas de terciopelo oscuro corridas hasta el último rincón, el mundo exterior parecía una pintura abstracta de tonos grises y apagados.
Habían pasado dos semanas desde aquel viernes en el pasillo de Ashwood High. Dos semanas exactas desde que decidí cerrar de forma definitiva el canal de comunicación invisible que unía su balcón con el mío.
Durante ese tiempo, Ethan había intentado de todo, dentro de lo sutil y lo patético. Escuché el sonido metálico de su ventana abriéndose por las noches, los golpes suaves y rítmicos de las piedritas contra el cristal de mi balcón, e incluso su voz amortiguada a través de la mampostería, pidiendo una y otra vez que le abriera para explicarse. Pero yo me mantuve firme, sentada en el suelo con las rodillas abrazadas al pecho, tocando las escalas más frías y perfectas de Bach en mi violín o sumergida en los libros de anatomía, obligando a mi mente a no ceder ante la tentación de asomarme siquiera por una rendija.
Aprender a habitar de nuevo el silencio no fue fácil. Al principio, cada ruidito del exterior me hacía sobresaltar, esperando el eco de su voz o el crujido de su madera. Pero poco a poco, el dolor punzante del pecho fue dando paso a una especie de paz blindada. Había recuperado mi anonimato. En la escuela, Brittany y sus amigas dejaron de prestarme atención tras comprobar que el "drama de la chaqueta" no había tenido continuidad, y los pasillos volvieron a ser ese territorio neutral y gris donde nadie reparaba en la chica de los suéteres de cuello alto.

***
Esa tarde, me encontraba sentada frente al escritorio de mi habitación, terminando los últimos trazos de un boceto complejo de la estructura muscular del antebrazo. La luz de la lámpara de mesa iluminaba el papel con un resplandor cálido, contrastando con la penumbra general de la estancia.
Lidia había venido a visitarme un rato antes, intentando convencerme de asistir a una pijamada de fin de semana o de salir a caminar por el centro comercial, pero me negué con una sonrisa cansada. Necesitaba este tiempo de aislamiento voluntario; era mi forma de reconstruir los cimientos que había dejado tambalear por culpa de un par de sonrisas en los pasillos y besos a escondidas.

-ya no lo necesitas, Anne

Me repetí en susurro, mirando el reflejo de mi rostro en el cristal oscuro de la ventana cerrada.

-las murallas están de vuelta donde deben estar

Sin embargo, a pesar de la firmeza de mis palabras, una punzada sutil y melancólica se instaló en el fondo de mi estómago al recordar cómo solían ser las cosas antes de que el chico de los ojos avellana decidiera escalar la barda de mis seguridades.
Me puse de pie con un suspiro pesado, decidida a estirar las piernas y buscar un vaso de agua en la planta baja antes de que cayera la noche por completo.
Al pasar junto a la puerta corrediza del balcón, me detuve en seco.
El sonido no había sido el de una piedra contra el vidrio ni el de la ventana abriéndose con fuerza. Fue algo mucho más sutil: un crujido suave en la madera del alféizar de al lado, seguido de un silencio absoluto, como si alguien estuviera allí, conteniendo la respiración al otro lado del muro.
Mi corazón dio un vuelco traicionero, y por una fracción de segundo, la vieja tentación amenazó con fracturar el hielo que con tanta sangre fría había construido. Mis dedos se crisparon a los lados de los pantalones de chándal, sintiendo el impulso irrefrenable de dar un paso al frente, girar el pestillo y descorrer la cortina.
No.
Me detuve a medio metro del ventanal, obligando a mis pies a retroceder. Cerré los ojos con fuerza, apretando los puños, y tragué saliva con dureza.
No iba a caer en la trampa de la nostalgia barata. Había elegido la soledad y la dignidad antes que la comodidad de un amor condicionado a la aprobación de los demás. Con pasos firmes y decididos, me alejé del balcón, bajé las escaleras hacia la cocina y me juré a mí misma que, por mucho que el eco de su presencia intentara colarse por las rendijas, el capítulo de Ethan Sanders en mi vida estaba, de una vez por todas, completamente cerrado.

[Narrado por Ethan]
Habían pasado tres semanas desde la tarde de la chaqueta en el pasillo de Ashwood High, tres semanas exactas desde que vi cómo Anneliese se alejaba de mí con esa mirada de hielo puro, sellando su sentencia y la mía. Durante todo ese tiempo, intenté recuperar la rutina de las ventanas, tocar su cristal, dejar notas arrugadas en su porche, pero lo único que conseguí fue una pared de terciopelo oscuro y un silencio sepulcral que me taladraba las entrañas.
Sabía que me lo había ganado a pulso. Mi cobardía había sido un insulto directo a todo lo que ella representaba, y el hecho de que me ignorara por completo en la escuela, cruzándose de acera o mirando hacia el suelo cada vez que pasaba cerca de su casillero, era el recordatorio constante de que había arruinado lo único real que me había pasado en años.
Decidí que ya no podía seguir esperando a que un milagro derrumbara sus murallas. Tenía que hablar con ella, mirarla a los ojos sin importar el tamaño del ridículo o las consecuencias escolares, y suplicarle una oportunidad real.

***
El jueves por la tarde, aproveché la salida de la clase de música de Lidia para interceptar a la única persona que tenía alguna influencia sobre Anne. Vi a Lidia caminando hacia los casilleros del sector este, cargando una carpeta de arte, y me planté de inmediato frente a su camino con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Lidia se detuvo en seco. Su expresión amistosa habitual se transformó de golpe en una mueca de absoluto desprecio, cruzándose de brazos con la misma furia contenida que caracterizaba a su mejor amiga.




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