Lidia tenía razón en algo: me había ganado a pulso el odio absoluto de todo su círculo cercano. Cada vez que intentaba acercarme a ella para pedirle una tregua, su mirada era capaz de congelar el café a diez metros de distancia. Y Anne... Anne se había convertido en una fortaleza amurallada. No importaba cuantas veces me acercara a su casillero, cuántas notas deslizara por debajo de su puerta o cuántas madrugadas me quedara mirando su ventana oscura con la esperanza de que un milagro rompiera el hielo; ella simplemente me borraba de su mapa mental.
Incluso Sam, mi mejor amigo, intentó hacerme entrar en razón la víspera del partido de fin de año.
-déjala ir, hermano
Me había dicho Sam mientras nos cambiábamos en el vestidor, apoyando una mano en mi hombro con genuina preocupación.
-la lastimaste feo, y por más que te mueras de culpa, lo único que vas a lograr persiguiéndola como un acosador es hacerle más daño. Acabará la temporada, irás a la universidad en otoño y cada quien por su lado. Es lo mejor
Pero mi cabeza se negaba a aceptar ese final. No podía marcharme de Ashwood High dejando atrás el mayor error de mi vida sin intentar, al menos, un último y desesperado acto de locura. Si el fútbol americano me había enseñado algo, era que los partidos no se ganaban jugando a la defensiva cuando el marcador estaba en tu contra; tenías que jugártela toda en la última yarda, aunque el riesgo de fracturarte el orgullo fuera absoluto.
***
Llegó el viernes por la noche. El estadio municipal estaba abarrotado de gente, luces estroboscópicas y cánticos ensordecedores. Era el último partido del campeonato, el evento social más importante del año escolar. En las gradas principales, la banda de música tocaba con energía y las porristas lideradas por Brittany agitaban sus pompones en la línea de banda.
Sin embargo, mis ojos buscaban desesperadamente un punto muy específico en la sección superior de las gradas de metal, justo donde la multitud empezaba a dispersarse. Y ahí estaba. Sentada en la última fila, vistiendo un suéter negro de cuello alto, con el estuche del violín a los pies y una expresión en el rostro que dejaba claro que preferiría estar en medio de un huracán antes que soportar el espectáculo.
Durante todo el primer cuarto, mi juego fue un desastre. Me tropecé dos veces, solté un pase clave y el entrenador me dedicó un par de gritos furiosos desde la línea de banda. Pero no me importaba. Tenía planeada la jugada final, y necesitaba la cómplice y arriesgada ayuda de Sam para llevarla a cabo.
Llegó el medio tiempo. Los equipos comenzaron a retirarse hacia los vestidores entre aplausos ensordecedores. El marcador estaba empatado, pero el estadio entero vibraba con la tensión del cierre de temporada.
-o estás completamente loco, Sanders, o esta es la forma más estúpida de suicidarte socialmente que he visto en mi vida
Bufó Sam, ajustándose el casco mientras caminábamos hacia la salida del campo.
-si el entrenador se entera de lo que vas a hacer, nos va a expulsar a los dos antes de que pise la universidad
-solo cúbreme las espaldas y mantén a Brittany y a los demás alejados durante dos minutos, Sam. Te lo ruego
Le pedí con urgencia, arrebatándole un megáfono de utilería que el equipo de animación había dejado olvidado cerca de la banca.
Antes de que Sam pudiera protestar de nuevo, di media vuelta y eché a correr hacia las gradas del sector norte, esquivando a los estudiantes, a los padres y a los profesores que celebraban el receso. Mi corazón golpeaba contra mis costillas con una fuerza brutal, no por el esfuerzo físico del partido, sino por el pánico absoluto de saber que esta era mi última oportunidad de redención o el fin definitivo de cualquier historia entre nosotros.
Subí las escaleras metálicas de dos en dos, con la chaqueta de los Hawks pesándome en los hombros, hasta llegar a la última fila de las gradas.
Anne estaba de pie, claramente intentando huir del bullicio antes de que el gentílico volviera a llenarse. En cuanto me vio aparecer frente a ella, bloqueando el único pasillo de salida con el megáfono en la mano, su rostro se ensombreció de inmediato.
-aléjate de mí, Ethan
Dijo con una voz helada, cortante y teñida de un cansancio infinito.
-no me voy a ir, Anne. Sé que te fallé, y entiendo perfectamente porque me odias. Pero no puedo marcharme el próximo año sabiendo que lo último que te di fue una razón más para desconfiar del mundo
A nuestro alrededor, algunos estudiantes que empezaban a regresar del descanso comenzaron a detenerse, cuchicheando y señalándonos con curiosidad.
Anne notó las miradas ajenas de inmediato. Sus ojos oscuros destellaron de pura furia contenida, y dio un paso al frente, con el rostro encendido de rabia.
-¡No lo entiendes! Lo que me duele no es que seas un cobarde frente a tu prima o a tu equipo; lo que me duele es que me hiciste creer, aunque sea por un segundo, que podías ver más allá de las etiquetas estúpidas de este maldito lugar
Estalló ella, con la voz temblando de frustración, sin importarle quién pudiera escucharla.
-¡Me abriste la puerta de tu casa, me besaste, me hiciste confiar... para luego tirarme a los leones en cuanto te miraron mal!
Las palabras cayeron como cuchillos afilados sobre el metal de las gradas. Cada una era una verdad absoluta que no podía refutar.
-tienes toda la razón
Murmuré con la voz rota, dando un paso más hacia ella, ignorando por completo los murmullos de la gente que se amontonaba más abajo.
-fui un cobarde. Pero te juro por lo más sagrado que desde el día en que te conocí, lo único real que me ha pasado en esta preparatoria eres tú
Anne se quedó en completo silencio. Su pecho subía y bajaba con rapidez, respirando agitadamente, con los ojos brilhantes por las lágrimas contenidas que se negaba a dejar caer. Miró hacia abajo, donde Brittany y los demás nos observaban con expresiones de total incredulidad.
Luego volvió a fijar sus ojos en los míos, con una mezcla de dolor y una fría resignación que me heló el alma.