El traqueteo rítmico del tren contra las vías se convirtió en la única banda sonora de las últimas cuatro horas de trayecto. Miraba a través de la ventana empañada por el frío invierno, observando cómo el paisaje urbano de la gran ciudad iba transformándose poco a poco en los campos abiertos y las carreteras secundarias que conducían de regreso al viejo vecindario.
Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, sintiendo un revoloteo de nervios en el estómago que aumentaba conforme nos acercábamos al destino. A pesar de haberme convencido de que mi vida estaba en otra parte, de que el pasado ya no tenía ningún poder sobre mí y de que llevar a Max conmigo era la estrategia definitiva, la idea de cruzar de nuevo los portones de Ashwood y enfrentarme a la realidad de la cena combinada con los Sanders me pesaba en los hombros como un abrigo demasiado grande.
-oye... si sigues apretando los dedos de esa manera, vas a terminar por romperte los nudillos, Miller
La voz suave de Max me sacó de mi trance.
Giró el rostro hacia él. Max iba sentado a mi lado, vistiendo un suéter de lana gruesa de color azul marino, sosteniendo un libro de partituras que apenas si había hojeado en todo el viaje. Al verme con los ojos abiertos de par en par y los hombros tensos, dejó el libro a un lado, estiró su mano y entrelazó sus dedos con los míos de forma natural, dándome un apretón cálido y tranquilizador.
-¿Se nota tanto que estoy a punto de sufrir un colapso nervioso prenavideño?
Bromeé con una sonrisa torcida, sintiendo que la tensión en mi pecho empezaba a disiparse gracias al contacto de su mano.
-digamos que tienes la misma expresión de concentración que cuando te enfrentas al profesor Henderson antes de un examen sorpresa
Respondió Max con una sonrisa comprensiva, inclinando un poco su cabeza hacia la mía.
-relájate. Estoy aquí precisamente para eso. Si la cena con los vecinos se pone demasiado tensa o si el tal Ethan resulta ser un imbécil insufrible, prometo inventar una emergencia musical y sacarte de ahí a velocidad de crucero
Solté una carcajada limpia y sonora que llamó la atención de un par de pasajeros en el vagón, pero en ese momento me importó muy poco. Tenía razón. No estaba sola. Llevaba conmigo un escudo de risas, complicidad y afecto real que nada tenía que ver con las viejas dinámicas de la preparatoria.
-trato hecho
Le confirmé, apretándole la mano de vuelta con más seguridad.
El tren frenó con un silbido metálico en la estación del pueblo. Al bajar al andén, el aire gélido de diciembre nos golpeó de inmediato, congelándonos el aliento. Tomamos nuestras maletas y caminamos hacia la salida, donde el familiar auto de mis padres ya nos esperaba con las luces intermitentes encendidas junto a la acera.
En cuanto nos acercamos, la puerta del conductor se abrió y mi madre bajó casi corriendo, con los brazos abiertos y una sonrisa de oreja a oreja que iluminaba todo su rostro.
-¡Mi niña! ¡Por fin llegaste!
Exclamó mi madre abalanzándose sobre mí para darme un abrazo apretado que me llenó de inmediato con el familiar aroma a canela y hogar.
-hola, mamá. Qué gusto verte
Respondí, rodeándola con los brazos mientras me dejaba apapachar, sintiendo que el peso de la ciudad se evaporaba por un segundo.
Cuando mi madre se separó de mí, sus ojos curiosos se posaron inmediatamente en el chico alto de rizos castaños que estaba de pie junto a mí, cargando las maletas con una sonrisa amable y respetuosa.
-y tú debes de ser... oh, por Dios. Déjame adivinar
Dijo mi madre llevándose las manos al pecho con una mezcla de sorpresa y emoción contenida.
-¡Tú eres Max! Del que tanto nos has hablado en las llamadas de los domingos
Max dio un paso al frente, con esa naturalidad y carisma que lo caracterizaban, y le tendió la mano con total educación.
-mucho gusto, señora Miller. Es un absoluto placer conocerla por fin. Y créame que todo lo bueno que le haya contado Anne sobre mí se queda corto frente a la realidad
Bromeó él con una sonrisa encantadora que se ganó a mi madre en cuestión de segundos.
Mi padre, que había bajado del lado del copiloto para ayudarnos con las maletas, se acercó también y le dio una palmada amistosa en el hombro a Max, dándole la bienvenida a la familia con una calidez genuina que me hizo sonreír de oreja a oreja.
Ver a mis padres recibir a Max con los brazos abiertos, sin juicios ni preguntas incómodas, fue como recibir una inyección de paz absoluta. Subimos al coche entre risas y anécdotas del viaje, y mientras recorríamos las calles familiares del vecindario adornadas con luces navideñas, me repetí que esta vez las cosas serían diferentes.
El pasado podía esperarme al otro lado de la cerca, pero mi presente, por fin, estaba de mi lado.
[Narrado por Ethan]
El cerebro humano tiene una capacidad fascinante para procesar información catastrófica en milisegundos. En el instante exacto en que la madre de Anne pronunció la palabra novio, mi mente calculó todas las formas posibles en que podía hacer el ridículo: desde desmayarme dramáticamente sobre la mesa de aperitivos hasta fingir una emergencia médica intergaláctica y huir corriendo por la puerta trasera.
Al final, opté por la opción más patética y madura disponible: me quedé congelado en medio de la sala, con una sonrisa de rigor que debía parecerse más a una mueca de dolor dental que a un saludo festivo.
-Ethan, cariño, ven a saludar
Insistió mi madre, tirando suavemente de la manga de mi suéter negro como si fuera un niño pequeño al que hay que guiar en una fiesta de cumpleaños ajena.
No tuve escapatoria. Avancé por la sala como un condenado a la silla eléctrica, sintiendo que cada paso sobre la alfombra pesaba una tonelada.
Anne, que hasta ese momento reía animadamente junto a su acompañante, giró el rostro hacia nuestra dirección al escuchar el barullo. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos por primera vez en dos años. Vi un destello fugaz de sorpresa en su mirada, seguido inmediatamente por un muro de absoluta neutralidad. Ya no había rencor abierto ni furia contenida; solo una indiferencia educada que dolía todavía más.