Tesis sobre un amor cliché

Capítulo 15

La cena de Nochebuena avanzaba entre risas estridentes, brindis repetitivos y una cantidad alarmante de carbohidratos que mi estómago, tensado al límite por los celos, amenazaba con rechazar en cualquier momento. Alrededor de la mesa larga, la atmósfera destilaba una alegría vecinal y navideña que a mí me resultaba tan asfixiante como un traje de buzo en el desierto.

-y entonces, el profesor de contabilidad nos exigió presentar un balance financiero completo de una corporación ficticia en menos de cuarenta y ocho horas

Estaba contando yo con falsa desenvoltura, intentando acaparar un ápice de atención mientras gesticulaba con la copa de vino.

-prácticamente viví en la biblioteca principal a base de café instantáneo y analgésicos
-vaya, suena a todo un suplicio corporativo, Sanders

Comentó el padre de Anne, dándose una palmadita en la rodilla entre risas.

-pero supongo que el esfuerzo vale la pena si al final terminas dirigiendo una multinacional, ¿Y tú, Max? ¿Cómo lidias con el estrés en la academia de música? ¿También te encierras a llorar con partituras de Vivaldi?

Max soltó una carcajada limpia, apoyando ligeramente los codos sobre la mesa mientras miraba de reojo a Anne con una complicidad que me taladraba las retinas.

-bueno, señor Miller, en nuestro caso el drama es un poco más acústico

Respondió Max con una sonrisa encantadora que se ganó de inmediato a toda la mesa.

-el otro mes, Anne casi le prende fuego a la sección de cuerdas del auditorio porque olvidó apagar el calefactor de su cubículo mientras ensayaba un solo de Bach. Si no hubiera estado ahí para rescatar sus partituras, ahora mismo estaríamos tocando las cenizas
-¡Oye! ¡Eso no fue exactamente así!

Protestó Anne de inmediato, con las mejillas ligeramente encendidas por la vergüenza, aunque una sonrisa inevitable se dibujaba en sus labios.

-el calefactor estaba defectuoso, y tú exageras todo para hacerte el héroe frente a mis padres
-¿Ah, sí? ¿Y quién fue el que se quedó hasta las tres de la mañana ayudándote a reescribir los compases borrados?

Replicó Max con un tono juguetón, inclinándose un poco hacia ella para rozar su hombro con el de él.
Anne le lanzó una mirada llena de un afecto tan transparente, tan jodidamente genuino y libre de pretensiones, que sentí un picor insoportable en la boca del estómago. Apreté el tenedor con tanta fuerza contra el plato de porcelana que temí romperlo en dos.
¿Desde cuándo Anne sonreía así? ¿Desde cuándo permitía que alguien entrara a su espacio vital con tanta facilidad, sin escudos de terciopelo, sin murallas, sin sarcasmos defensivos? Durante los años de la preparatoria, conseguir que me dedicara una sonrisa sincera requería negociar con un búnker militar. Y ahí estaba Max, repartiendo bromas y complicidad con la misma naturalidad con la que se pasa el pan de ajo.

-me alegra tanto verlos así de unidos a los dos

Intervino mi madre, ajena por completo a la guerra de baja intensidad que se libraba en mi cabeza, mientras se llevaba una servilleta a los labios.

-la música siempre une a las almas sensibles, ¿Verdad, Ethan? Deberías aprender un poco de la paciencia de Max

Paciencia. Mi madre adoraba usar esa palabra como un dardo sutil dirigido a mi historial de errores.

-claro, mamá. Max es un modelo a seguir absoluto

Repliqué con una sonrisa tan tensa que sentía los músculos de la mandíbula a punto de fracturarse.
Para colmo de males, el brindis continuó. Mis tíos comenzaron a rememorar anécdotas de cuando éramos niños y corríamos por el vecindario persiguiéndonos con pistolas de agua, un tiempo en el que Anne y yo todavía nos tolerábamos antes de que la adolescencia, el orgullo y las etiquetas sociales nos destruyeran el camino. Cada vez que mencionaban alguna travesura de la infancia, yo buscaba de reojo la mirada de Anne, esperando encontrar al menos un atisbo de nostalgia compartida. Pero ella simplemente asentía educadamente, manteniendo la conversación fluyendo con Max o sirviéndole más vino a su padre, como si mi existencia en el extremo opuesto de la mesa fuera poco más que un mueble decorativo incómodo.
Cuando por fin comenzaron a despejar la mesa para dar paso al postre y al café, me levanté de golpe con la excusa de necesitar aire fresco.

-voy a salir un segundo a la terraza a estirar las piernas. Hace demasiado calor aquí dentro

Anuncié en voz baja, sin mirar a nadie en particular.
Caminé hacia las puertas corredizas de cristal que daban al patio trasero, empujándolas para salir al porche iluminado por las luces navideñas. El aire gélido de diciembre me golpeó el rostro de inmediato, congelándome las mejillas pero despejando un poco el caos mental que tenía encima. Me apoyé contra la barandilla de madera, cerrando los ojos un segundo y exhalando una nube de vapor blanco.
Había pasado años intentando justificarme, cargando con la culpa de haber sido un cobarde. Pero verla ahí, sonriendo junto a otro tipo que hacía todo bien, que no tenía miedo de mostrarla al mundo, me hizo entender la peor de las verdades: el tiempo no borra los errores; simplemente te enseña a vivir con las consecuencias de haber llegado demasiado tarde.

***

El frío de la noche de Navidad se colaba por las rendijas de mi suéter mientras sostenía una taza de café humeante que apenas si había probado. Desde la terraza, el interior se veía a través de los cristales como una escena en cámara lenta: risas, abrazos familiares, copas de vino que se alzaban en un brindis interminable y, en el centro de todo, Max ayudando a recoger los platos con una naturalidad tan insultantemente perfecta que me daban ganas de estrellar la taza contra el suelo.
Estaba atrapado en un bucle de mis propios errores. Había pasado tres años intentando madurar, convenciéndome de que la universidad y el paso del tiempo habían borrado al chico inseguro que temía perder su estatus en Ashwood High. Pero bastaron unas cuantas horas en el mismo espacio vital que Anne para darme cuenta de que el pasado no se archiva tan fácilmente; simplemente te observa desde la esquina, recordándote todo lo que perdiste por culpa del orgullo.




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