[Narrado por Anne]
El plan original había sido claro y conciso: pasar la Nochebuena con la familia, aguantar la inevitable sesión de preguntas incómodas sobre la universidad, dormir diez horas seguidas y tomar el primer tren de regreso a la gran ciudad el veinticinco de diciembre. Sin embargo, los planes tienen una graciosa tendencia a desmoronarse cuando la improvisación toca a la puerta.
-a ver, déjame ver si entendí
Le dije a Max mientras apoyaba las manos en la encimera de la cocina de mis padres, sosteniendo una taza de café humeante.
-¿Quieres cambiar los billetes de tren y quedarnos más días en este pueblo que, con todo el amor del mundo, tiene la misma emoción nocturna que un cementerio?
Max, que estaba sentado en el borde de la mesa del comedor hojeando distraídamente una revista de viajes local, levantó la vista con una sonrisa de oreja a oreja y un brillo travieso en los ojos.
-no es un cementerio, Anne. Es un refugio rural con encanto otoñal... o invernal, mejor dicho
Corrigió él con una carcajada.
-además, ayer escuché a tu madre hablar maravillas sobre la feria de invierno que montan en la plaza central este fin de semana, con pista de hielo incluida y puestos de chocolate con churros que prometen arterias tapadas en tiempo récord, ¿Acaso tienes prisa por regresar a los exámenes finales que ya aprobamos? Anda. Vamos a hacer de turistas en tu propia ciudad natal. Será divertido, te lo prometo
Lo miré fijamente durante un par de segundos. La idea de caminar por las calles donde solía esconderme, pero esta vez de la mano de alguien que solo traía risas y cero dramas, sonaba extrañamente tentadora.
-está bien
Cedí con una sonrisa, rodando los ojos divertida.
-nos quedamos dos días más. Pero si me obligas a subirme a la rueda de la fortuna y me da vértigo, la culpa será enteramente tuya
-trato hecho
Respondió Max levantándose de un salto para darme un abrazo rápido y protector.
Mientras tanto, a apenas unas calles de distancia, en la casa de los Sanders, la dinámica familiar sufría un giro dramático muy similar.
[Narrado por Ethan]
-¡Ni hablar, Ethan! No me vas a hacer el vacío de irte al día siguiente de Navidad después de haber estado tanto tiempo sin verte el pelo
Sentenció mi madre, plantada en medio de la sala con los brazos en jarra y una expresión que no admitía réplica alguna.
-pero mamá, quedamos con Marcus y los chicos en irnos a esquiar a Colorado la próxima semana, necesito empacar...
Intenté defenderme desde el sofá, pasándome las manos por la cara con desesperación.
-¿Colorado? Las montañas de Colorado van a seguir ahí en enero, Ethan. En cambio, tus padres siguen aquí, vivos, queriendo pasar tiempo contigo. Además, Anne se va a quedar un par de días más porque organizarán una salida grupal a la feria de la plaza este fin de semana, y quedamos en ir también
Añadió mi padre interviniendo desde la puerta con un periódico enrollado en la mano.
-no seas aguafiestas. Quédate el fin de semana completo al menos
La feria de la plaza. Con los Miller. Y con Max.
Mi cerebro colapsó por un instante, ¿Acaso el universo se había confabulado para someterme a una sesión intensiva de automarginación romántica? ¿Qué clase de masoquismo cósmico era este?
Intenté imaginar la escena: yo, deambulando por los puestos de feria como un alma en pena, bebiendo vino caliente mientras veía a Max y a Anne patinar de la mano sobre el hielo como si protagonizaran una maldita película navideña de Hallmark.
-mira, hijo, sé que las cosas con Anne y su familia han sido... raras desde la preparatoria, aunque no sepa que haya ocurrido
Continuó mi madre con un tono un poco más suave, sentándose a mi lado en el sofá y poniendo una mano afectuosa sobre mi rodilla.
-pero las cosas cambian. Todos hemos madurado. Un poco de convivencia sana no le hace daño a nadie, ¿Qué dices? Quédate el fin de semana
Miré a mis padres, que me observaban con esa mezcla de esperanza y chantaje emocional que solo los padres saben aplicar a la perfección. Suspiré profundamente, sintiendo el peso inevitable de la derrota. Al final, ¿Qué más daba un poco más de humillación pública si ya había tocado fondo la noche anterior en el porche?
-está bien, mamá... me quedo el fin de semana
Cedí con desgana, levantando las manos en signo de rendición.
Mi madre soltó un chillido de emoción y me dio un abrazo que casi me ahoga.
Dos horas más tarde, el destino quiso que nuestros flamantes y renovados planes chocaran de frente. Literalmente.
Habíamos quedado en encontrarnos a la entrada de la feria municipal para dar el pistoletazo de salida al fin de semana de "turismo local". Cuando llegué a la plaza junto a mis padres, los Miller ya estaban allí. Max llevaba una bufanda roja ridículamente larga que le había tejido la madre de Anne, y reía a carcajadas mientras intentaba equilibrar dos vasos de sidra caliente.
Anne estaba a su lado, vistiendo un abrigo blanco y una boina oscura, sonriendo con esa luz tan suya que me volvió a golpear el pecho con la fuerza de un tren de carga.
Nuestras miradas se cruzaron por encima del gentío. Ella parpadeó sorprendida al verme allí, de pie junto a mis padres, con cara de haber sido secuestrado por una secta navideña. La feria municipal de invierno era un auténtico circo de calorías, luces estridentes y villancicos tocados en bucle por altoparlantes que ya zumbaban de frío. Para cualquier persona normal, el ambiente desprendía una alegría festiva e irresistible; para mí, que intentaba mantener la paz mundial entre Max e Ethan bajo la atenta mirada de ambas familias, se sentía más bien como un episodio piloto de un reality show de supervivencia.
-¡Anne, ven a ver esto! ¡Tienen manzanas acarameladas que parecen armas biológicas de lo brillantes que son!