Tesis sobre un amor cliché

Capítulo 18

El eco de sus palabras pareció quedarse suspendido en el aire gélido de la feria, rebotando contra los puestos de comida y las luces de colores como una nota desafinada que se niega a disolverse en el acorde principal.
Parpadeé un par de veces, sacudiéndome el estupor con una mezcla de desconcierto y molestia interna, ¿A qué jugaba Ethan? Durante todo el fin de semana se había empeñado en mantener una fachada de rivalidad amistosa, de torpe competidor en los juegos de feria, de chico arrepentido que aceptaba su lugar al margen. Y de pronto, soltaba una frase así, cargada de esa intensidad familiar que tantos años me había costado desterrar de mis pensamientos.

-¿Todo bien, Anne? Te has quedado congelada de repente, ¿Te dio un ataque de frío por culpa del oso gigante?

La voz alegre y despreocupada de Max me devolvió a la realidad de golpe.
Giró la cabeza hacia mí con una sonrisa radiante, sosteniendo en una mano el cono de algodón de azúcar y con la otra protegiéndome la espalda de un grupo de niños que corrían con gorros navideños.
Miré a Max. Sus ojos claros brillaban con una sinceridad absoluta, sin dobles intenciones, sin frases crípticas ni juegos psicológicos del pasado. Él estaba ahí, presente, ofreciéndome un amor limpio y sin condiciones.

-sí, estoy bien. Solo... un segundo de desconcierto por el frío

Mentí con una sonrisa ligera, obligándome a relajar los hombros y a aceptar el algodón de azúcar que me ofrecía.

-más te vale, porque si te da una pulmonía, tendré que lidiar con la furia de tu madre, y te aseguro que eso da más miedo que cualquier examen de fin de curso

Bromeó él, entrelazando su brazo con el mío mientras comenzábamos a caminar para alcanzar al resto del grupo que ya esperaba cerca de los automóviles.

***
Durante el camino de regreso a casa, mientras el coche avanzaba por las carreteras oscuras y cubiertas de una fina capa de escarcha, intenté centrarme en la conversación animada de mis padres y en los chistes que Max contaba de vez en cuando para mantenernos despiertos. Pero la frase de Ethan seguía zumbando en el fondo de mi mente como un zancudo molesto.
«Haría lo que fuera con tal de verte reír así...»
¿Por qué dolía tanto escuchar algo así de alguien que en su momento había decidido callar por miedo? Durante años me había repetido que lo nuestro estaba muerto, que el orgullo de Ethan había sido la tumba definitiva de cualquier posibilidad. Había aprendido a construir una fortaleza alrededor de mis emociones, a tocar mi violín con una pasión feroz que no necesitaba de la validación de nadie más. Y Max había entrado en ese espacio de la manera más natural del mundo, enseñándome que el afecto no tiene por qué ser una batalla campal.
Entonces, ¿Por qué ese pequeño susurro en la feria había logrado sacudirme los cimientos de esa forma tan traicionera?
Al llegar a casa, después de las despedidas de rigor y de prometer que nos veríamos al día siguiente para el último almuerzo antes de tomar el tren de regreso a la ciudad, me encerré en mi habitación.
Me acerqué despacio a la ventana del piso superior. Afuera, el vecindario dormía bajo la luz pálida de la luna reflejada en la nieve. A pocos metros, cruzando los arbustos y la medianera, las luces de la habitación de Ethan también estaban apagadas.
Apoyé la frente contra el cristal frío, exhalando un suspiro que empañó ligeramente el vidrio.
Sabía perfectamente lo que tenía que hacer: regresar a la academia, concentrarme en mis audiciones, en mi carrera y en la relación sólida que estaba construyendo con Max. El pasado era un territorio prohibido, un libro mal cerrado al que no pensaba permitirle tener una segunda parte.
Pero mientras cerraba las cortinas y me disponía a dormir, una pequeña y molesta certeza se instaló en el fondo de mi pecho: por más que intentara ignorarlo, las palabras de Ethan habían dejado una puerta entreabierta. Y el verdadero reto no sería evitar que él la cruzara, sino asegurarme de que yo misma no sintiera la tentación de volver a mirar hacia atrás.

[Narrado por Ethan]
El aire de la última mañana en el vecindario olía a humedad, café recién hecho y a una especie de urgencia silenciosa que me latía en las sienes. El tren de regreso a la universidad salía a primera hora de la tarde, lo que significaba que me quedaban exactamente cuatro horas de libertad antes de que mis padres me arrastraran al coche para cumplir con la rígida puntualidad familiar.
Cuatro horas. Era un margen ridículamente estrecho para intentar corregir tres años de errores catastróficos, pero el peso de las palabras que le había susurrado a Anne en la feria no me había dejado dormir en toda la noche.
«Haría lo que fuera con tal de verte reír así, Anne...»
Había salido de mis labios casi como un reflejo involuntario, un acto reflejo de un corazón que se negaba a aceptar los términos de la rendición. Y aunque sabía perfectamente que ella estaba con Max, que el tipo era un buen sujeto y que el sentido común me exigía hacer las maletas y marcharme en silencio, mi mente se negaba a dar el brazo a torcer. No podía irme de Ashwood sin intentarlo una última vez. Sin mirarla a los ojos, sin los filtros de una cena familiar ni el ruido estridente de una feria municipal.

***
A eso de las diez de la mañana, inventé una excusa barata sobre comprar repuestos para el coche de mi padre y salí disparado hacia el centro del pueblo.
El centro de Ashwood era un lugar melancólico en enero: tiendas de antigüedades con los cristales empañados, librerías polvorientas y la clásica cafetería de la esquina, The Corner Cup, el único sitio donde la gente local se reunía para escapar del frío. Sabía que era una apuesta arriesgada. Sabía que si me cruzaba con Max, la situación se pondría tensamente incómoda. Pero también sabía que, por costumbre de los viejos tiempos, a Anne le encantaba pasar las mañanas de los domingos allí leyendo partituras con una taza de chocolate caliente.
Empujé la puerta de cristal de la cafetería, sintiendo el golpe cálido y aromatizado a canela y café tostado que impregnaba el local.
Mis ojos recorrieron el espacio rápidamente. Mesas de madera desgastada, vapor saliendo de la barra principal y, sentada en una mesa alta junto a la ventana que daba a la calle principal... ahí estaba.
Llevaba un suéter de cuello alto de color crema, el cabello suelto cayendo sobre los hombros y un cuaderno de notas musicales abierto frente a ella, mientras sostenía una taza entre las manos. Estaba sola. Ni rastro de Max.
El corazón me dio un vuelco en el pecho, una mezcla de descarga eléctrica y pánico absoluto.
Respiré hondo, alisando disimuladamente el frente de mi chaqueta, y caminé hacia su mesa con paso firme, aunque por dentro mis piernas se sentían hechas de gelatina.




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