Tesis sobre un amor cliché

Capítulo 20

El tren de regreso a la ciudad avanzaba sobre las vías metálicas con un ritmo monótono y pesado, un clanc-clanc constante que parecía marcar los latidos acelerados de mi propio pecho. Miraba a través de la ventanilla empañada cómo el paisaje rural del invierno se desdibujaba en una mancha gris de árboles desnudos y campos escarchados. Pero mi mente no estaba allí. Estaba atrapada en una encrucijada invisible, un cruce de caminos donde cada dirección prometía una forma distinta de dolor y de esperanza.
Los días posteriores a la partida abrupta de Max de casa habían sido un ejercicio de puro agotamiento mental. Mis padres intentaron consolarme, recordarme que el tiempo acomoda las piezas y que el miedo no es un pecado, sino una advertencia. Sin embargo, ninguna palabra lograba despejar la neblina espesa que se había instalado en mis pensamientos.
Me encontraba exactamente en el centro del huracán.
Por un lado estaba Max. La definición de la paz, del refugio, del afecto constante y sin sobresaltos. Pensar en él me encogía el estómago de pura culpa. Él no se merecía ser el daño colateral de una historia mal cerrada; no merecía cargar con mis inseguridades ni con la sombra perpetua de un pasado que me negaba a sacudir por completo. Buscarlo en cuanto pusiera un pie en la academia significaba tragarme el orgullo, pedir perdón de rodillas, prometerle que cerraría todas las puertas y reconstruir la confianza ladrillo a ladrillo, incluso si en lo más profundo de mi alma quedaba un susurro de duda que me sussurrase que tal vez estaba eligiendo la seguridad por encima de la verdad.
Y por el otro lado estaba Ethan.
El chico que había destrozado mis esquemas en la preparatoria, el cobarde que huyó por miedo al qué dirán, pero que ahora, armado de persistencia y de una torpe sinceridad, se negaba a desaparecer en silencio. Admitir ante mí misma que todavía sentía algo por él era una traición a todo lo que había construido durante estos años de independencia en el conservatorio, ¿Cómo podía siquiera considerar la posibilidad de darle otra oportunidad a alguien que me había hecho sufrir tanto? ¿Y si su arrepentimiento no era más que un espejismo pasajero? Pero el problema, el verdadero y aterrador problema, era que cada vez que pensaba en él, el corazón me latía con esa misma urgencia visceral de los viejos tiempos. Confesarle que no lo había superado del todo era abrir una caja de Pandora de la que no sabría cómo salir ilesa.
Dos opciones. Dos futuros completamente incompatibles.
Si elegía a Max, elegía la tranquilidad, el cariño predecible y la estabilidad de un amor que no exigía batallas campales. Pero siempre viviría con la sospecha de estar conformándome con la mitad de mi alma.
Si elegía enfrentar a Ethan, arriesgaba todo lo que había sanado, caminaba hacia un terreno minado de incertidumbre, miedo a la recaída y la posibilidad real de volver a salir destrozada.
El silbido estridente del tren anunció la proximidad de la estación central de la ciudad. El convoy comenzó a desacelerar con un chirrido metálico, sacándome de golpe de mis reflexiones.
Tomé mi maleta del portaequipajes superior con manos temblorosas y bajé a la plataforma del andén, donde el aire frío de la tarde urbana me golpeó el rostro. El flujo de pasajeros me arrastró hacia la salida de la estación, entre abrigos oscuros, maletas rodantes y el murmullo incesante de la gran ciudad.
Al salir a la avenida principal, mis zapatillas se detuvieron en la esquina. Un carril de la calle conducía directamente hacia el campus de la Academia de Música, donde Max seguramente estaría intentando concentrarse en sus partituras, esperando tal vez una señal de que lo nuestro aún tenía salvación. El otro carril, en dirección opuesta, conectaba con la estación de autobuses que llevaba a la universidad estatal, al territorio de ingeniería, al lugar donde Ethan me había escrito cartas y demostrado que no planeaba rendirse.
Miré hacia la izquierda. Miré hacia la derecha.
El viento soplaba con fuerza, despejando los mechones de mi cabello oscuro mientras el peso de la decisión final pendía de un hilo invisible. Llevé una mano al bolsillo de mi abrigo, apretando con fuerza el metal frío de las llaves, y respiré hondo por última vez antes de dar el paso definitivo. Los minutos en aquella esquina de la avenida principal se sintieron como horas suspendidas en el vacío. Mis zapatillas parecían ancladas al pavimento helado, atrapadas en el debate más cruento de mi vida. Por un instante, la tentación de dejarme llevar por la corriente del pasado fue casi insoportable. Era un imán invisible que tiraba de mí hacia la estación de autobuses, hacia la facultad de ingeniería, hacia el chico que había removido todos mis cimientos con una insistencia terca y dolorosa.
Pero el dilema no se resolvió con una revelación divina ni con un destello de claridad repentina. Se resolvió con el peso insoportable de la culpa y el eco de las lágrimas de Max en el porche de mi casa. No podía simplemente borrar a Max de un plumazo, ni tampoco podía correr hacia Ethan como si los últimos meses no hubieran existido.
Tomé una bocanada de aire frío, di media vuelta y, con paso firme aunque el corazón me temblara en el pecho, caminé en dirección opuesta a la que mi instinto más impulsivo me pedía seguir. Necesitaba cerrar el círculo, poner las cartas sobre la mesa y mirarlo a los ojos por última vez para confesarle todo lo que había estado guardando bajo siete llaves para sanar de verdad.

***
Lo encontré esa misma noche, tal como lo había intuido, en las bancas de piedra situadas frente a la biblioteca central de la universidad estatal. Estaba sentado con los codos apoyados en las rodillas, mirando fijamente al suelo, con el abrigo abierto y la respiración empañando el aire nocturno.
Cuando escuchó el crujido de mis pisadas sobre la gravilla, levantó la vista de golpe. El desconcierto inicial en su rostro dio paso rápidamente a una mezcla de esperanza y cautela. Se puso de pie de un salto, como si tuviera miedo de que fuera una ilusión óptica que pudiera desvanecerse en cualquier momento.




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