El sonido volvió a repetirse, esta vez más cercano, y Corwin alzó una mano para detener el avance del grupo justo antes de que doblaran hacia un corredor lateral que se abría entre dos estanterías especialmente altas, cargadas de volúmenes cuyos lomos mostraban un desgaste distinto al resto de la biblioteca, como si hubieran sido consultados con mayor frecuencia que los demás.
—Ahí —susurró Lyssara, señalando hacia un punto concreto donde una de las esferas luminosas parpadeaba de manera irregular, su resplandor oscilando entre una intensidad plena y una penumbra casi total, siguiendo un ritmo que no correspondía a ningún desperfecto mecánico convencional.
Kael sintió que el cuarto corazón respondía a aquella irregularidad con un latido propio, sincronizándose de manera casi involuntaria con el parpadeo de la esfera, como si ambos compartieran, de alguna manera, la misma fuente de energía.
—No es una amenaza —dijo, con una certeza que sorprendió incluso a él mismo—. O al menos, no creo que lo sea.
—Eso mismo dijiste sobre el guardián-dragón, momentos antes de que casi provocara un enfrentamiento armado con Marcus Guzther —le recordó Lyssara, sin apartar la mano de la empuñadura de su espada.
—Esta vez es diferente. —Kael avanzó un paso, ignorando la tensión evidente del resto del grupo—. No siento la misma... presencia consciente. Es más parecido a un mecanismo. Algo automático, no una entidad pensante.
—¿Y cómo puedes distinguir una cosa de la otra? —preguntó Paul, con la precisión lógica de quien ha sido entrenado para cuestionar cualquier afirmación que no venga acompañada de pruebas concretas.
Kael lo pensó un momento, buscando las palabras exactas para describir una sensación que apenas comenzaba a comprender del todo.
—Cuando el guardián-dragón me habló, sentí que algo me miraba. Que algo, en algún lugar, tomaba una decisión consciente sobre si mostrarse o no. Esto es distinto. Es como... como escuchar el tic-tac de un reloj. El reloj no decide seguir funcionando. Simplemente funciona, porque alguien lo diseñó para que lo hiciera.
—Eso es una distinción interesante —dijo Elyan, con la atención técnica que siempre mostraba ante cualquier fenómeno relacionado con la estructura—. Y si tu percepción es correcta, significaría que este lugar contiene tanto entidades conscientes como mecanismos automáticos. Lo cual implicaría un nivel de sofisticación en su diseño que trasciende con creces cualquier cosa que hayamos encontrado en Draxcan.
Doblaron finalmente el corredor, y encontraron el origen del sonido: un pequeño artefacto, apenas del tamaño de un puño cerrado, incrustado en la base de una de las estanterías, girando lentamente sobre un eje invisible, emitiendo con cada rotación aquel crujido que habían escuchado desde la sala principal.
Era un objeto extrañamente modesto, casi insignificante en comparación con la monumentalidad del resto de la biblioteca. No estaba hecho de piedra, ni de metal, ni de ninguno de los materiales que los presentes podían identificar a simple vista. Su superficie, de un tono grisáceo que reflejaba la luz de las esferas de manera desigual, mostraba una serie de marcas talladas que Talaida reconoció de inmediato como correspondientes al mismo sistema de escritura que los registros que habían estado consultando.
—Un mecanismo de registro —dijo Talaida, acercándose con cautela, examinando el artefacto con la misma atención reverencial que había mostrado hacia los volúmenes anteriores—. Creo que está contando algo. Ciclos, quizás. O días.
—¿Cuántos? —preguntó Paul.
Talaida se inclinó, observando una serie de marcas talladas en la base del artefacto, cada una correspondiente, aparentemente, a una rotación completa. Las marcas se extendían en una espiral que cubría toda la superficie visible del mecanismo, y a medida que Talaida seguía su recorrido con el dedo, su expresión se tornaba cada vez más grave.
—No logro determinarlo con precisión. Pero si este mecanismo lleva funcionando desde el mismo día en que los registros se interrumpieron, entonces ha estado contando, de manera ininterrumpida, durante un tiempo que ningún calendario de Draxcan podría medir con exactitud. —Se irguió, con el ceño fruncido—. Lo que sí puedo deciros es que la cuenta no es lineal. Las marcas se espacian de manera desigual, como si el tiempo que miden no fuera constante. Como si, en algún momento, el propio tiempo de este lugar hubiera comenzado a fluir de manera distinta.
—¿Contando hacia qué? —preguntó Doren, con una inquietud creciente.
Nadie tuvo respuesta para aquello. El artefacto continuó girando, ajeno por completo a la presencia de quienes lo observaban, como si su función trascendiera cualquier consideración sobre testigos o intrusos.
—No podemos permanecer aquí indefinidamente —dijo finalmente Corwin, consultando un pequeño reloj de bolsillo que llevaba consigo precisamente para medir el tiempo transcurrido en cada expedición—. Llevamos casi tres horas dentro. Airoon esperará noticias, y cuanto más tardemos en regresar, más se extenderán los rumores en la superficie.
Kael asintió, aunque la frustración de dejar tantas preguntas sin resolver pesaba sobre él con una intensidad considerable. Antes de marcharse, sin embargo, Talaida insistió en llevarse consigo tres volúmenes cuidadosamente seleccionados —el que documentaba el nacimiento de Elyon, el texto personal que hablaba del ritual, y un tercero que ella misma había identificado como un posible glosario de la lengua antigua empleada en el resto de los registros—, envolviéndolos con el mismo cuidado reverencial que Cordelia habría aplicado a cualquier documento del archivo Chimer.
—Necesito tiempo para traducir esto con precisión —dijo, mientras abandonaban la biblioteca, el artefacto girador quedando atrás, continuando su cuenta silenciosa hacia un final que ninguno de ellos comprendía todavía—. Cada palabra podría contener una pista que, apresurada, podríamos malinterpretar por completo.
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Editado: 01.10.2026