The Age of Crowns: El Reino Interior

Capítulo VI: Los Dos Sanados

La sala del Senado, cuando Airoon convocó la sesión conjunta con el Consejo de los Diez apenas unas horas después del amanecer, presentaba una configuración que Paul, observando desde su posición habitual junto a la delegación diplomática, no recordaba haber visto jamás en toda su carrera política: dos bloques claramente diferenciados, no ya por raza ni por casa, sino por una línea invisible que dividía a quienes favorecían el avance continuado de la investigación del Reino Interior de quienes, tras el descubrimiento del documento Reichmer y el creciente número de incidentes reportados en toda la ciudad, comenzaban a inclinarse hacia posiciones considerablemente más cautelosas.

—Es como si tuviéramos dos senados funcionando dentro de la misma sala —murmuró Paul a Talaida, quien se había sentado junto a él en el sector reservado a testigos técnicos, con los tres volúmenes recuperados del Reino Interior cuidadosamente guardados en una bolsa de cuero que no había soltado desde su llegada—. Uno que sigue debatiendo bajo las reglas tradicionales de Draxcan, y otro que ya está discutiendo asuntos que ningún precedente legal contempla.

—¿Y en cuál de los dos estamos nosotros? —preguntó Talaida, sin apartar la vista de la sala, donde los representantes de las diez casas ocupaban sus asientos con una tensión que se percibía incluso desde la distancia.

—En ninguno. —Paul esbozó una sonrisa sin humor—. Nosotros somos los que estamos entre ambos, intentando comprender las reglas de un juego que cambia cada vez que alguien pronuncia una palabra nueva.

Talaida no respondió, pero su expresión sugería que compartía plenamente aquella percepción. Llevaba semanas sintiendo que la investigación que habían emprendido juntos —una investigación que había comenzado como un simple intento de comprender un misterio arqueológico— se había transformado en algo que ya no podía definirse con ninguna categoría conocida. No era política, aunque tuviera profundas implicaciones políticas. No era magia, aunque estuviera atravesada por fuerzas que la magia apenas comenzaba a comprender. No era historia, aunque todo lo que estaban descubriendo reescribía la historia oficial de Draxcan. Era, más bien, una convergencia de todas aquellas cosas, un punto donde los intereses de las casas, los secretos de los archivos, las reglas de la magia y las decisiones de los individuos se entrelazaban en un tejido que nadie lograba desenredar del todo.

Airoon abrió la sesión con una exposición cuidadosamente calculada, presentando el documento de la casa Reichmer sin revelar todavía la totalidad de lo descubierto durante la expedición nocturna de Kael y su grupo, manteniendo deliberadamente ciertos detalles —el nombre de Elyon, la conversación con Thessaly, la referencia al Templo de la Primera Llama— fuera del conocimiento público hasta que comprendieran mejor sus implicaciones.

—Este documento confirma que la existencia de la estructura bajo el Distrito Original era conocida, al menos parcialmente, por determinadas familias mucho antes de que la Corona misma tuviera constancia de ella —concluyó el rey, tras leer los fragmentos relevantes del pergamino—. Y plantea, de manera inevitable, la pregunta de qué otras familias podrían poseer conocimiento similar, guardado en silencio durante generaciones.

El murmullo que siguió a aquella revelación se transformó rápidamente en un debate abierto, con Fendric Reichmer —para sorpresa de nadie que hubiera anticipado su reacción— tomando la palabra de inmediato, su tono cuidadosamente medido para sugerir preocupación genuina en lugar de ambición política evidente.

—Majestad, con el debido respeto hacia mi propio primo por su decisión de compartir este documento, creo que su contenido confirma precisamente lo que llevo semanas advirtiendo. Si nuestros propios antepasados consideraron necesario guardar silencio sobre esta estructura durante generaciones, quizás deberíamos considerar seriamente que sus razones para hacerlo trascendían la simple discreción política.

Fendric hablaba con la cadencia pausada de quien ha ensayado cada frase antes de pronunciarla, y Paul, que lo conocía desde hacía años, reconoció de inmediato la estrategia subyacente: no estaba presentando una propuesta, sino plantando una semilla. Una semilla de duda que, si lograba germinar en la mente de los presentes, podría inclinar la balanza hacia la moratoria que Fendric llevaba semanas intentando imponer sin éxito.

—O quizás simplemente carecían de los recursos y el conocimiento necesarios para comprender su verdadera naturaleza —replicó Ysolde, sin ocultar la tensión evidente entre ambos parientes. Su voz, más aguda que la de Fendric, cortó el murmullo con la precisión de quien ha pasado años aprendiendo a navegar las aguas turbulentas de la política familiar—. El silencio de nuestros antepasados no equivale automáticamente a una advertencia válida para nuestra propia época. Podrían haber guardado silencio por las mismas razones por las que mi padre y yo guardamos silencio hasta hoy: porque no comprendían del todo lo que habían encontrado, y prefirieron esperar a que alguien con mayor conocimiento pudiera evaluarlo con la perspectiva adecuada.

Hendrick Guzther, cuya posición dentro del Consejo se había visto considerablemente debilitada tras las acciones de su sobrino Marcus, aprovechó aquel momento para intervenir con una propuesta que, notó Paul de inmediato, servía tanto a sus propios intereses económicos como a una genuina preocupación por contener el creciente escándalo. Hendrick era un hombre de comercio antes que de política, y su instinto natural, en cualquier crisis, era buscar el modo de convertirla en una oportunidad de beneficio. Pero también era, Paul lo sabía, un padre que había visto a su propia familia fracturada por las acciones de un sobrino al que quizás nunca había prestado la atención suficiente.

—Propongo que, independientemente de la decisión final sobre el futuro de la investigación, establezcamos controles estrictos sobre cualquier información que pudiera derivarse de la estructura con potencial valor comercial —dijo, con la precisión calculada de un hombre acostumbrado a proteger sus propios intereses incluso en medio de crisis mayores—. Si existen recursos, conocimientos o tecnologías dentro de ese lugar capaces de generar beneficio económico, la Corona debería establecer un marco regulatorio claro antes de que la situación se vuelva tan caótica como el intento de intrusión de mi propio sobrino.




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