The Age of Crowns: El Reino Interior

Capítulo VII: El Ejército y La Puerta

Corwin regresó al castillo cuando las antorchas de los patios llevaban más de una hora encendidas, con el polvo de una excavación reciente pegado a las botas y la expresión de un hombre que ha visto algo que preferiría no tener que informar. Lyssara lo esperaba junto a la puerta de la biblioteca de Doren, y reconoció aquella expresión antes de que él abriera la boca: era la misma que había visto en el rostro de soldados veteranos tras una batalla que no debía haberse librado, la de quien ha comprendido algo sobre la naturaleza humana que habría preferido seguir ignorando.

—Existe —dijo, sin preámbulos—. La segunda entrada.

Doren dejó la pluma sobre el pergamino que llevaba horas anotando. Kael y Talaida, sentados junto a la mesa donde los tres volúmenes del Reino Interior seguían abiertos, alzaron la vista casi a la vez. La biblioteca, apenas iluminada por las velas que se consumían lentamente sobre la mesa central, pareció encogerse alrededor de aquella noticia como si las propias paredes hubieran comprendido la gravedad de lo que acababa de anunciarse.

—Cuéntalo todo, capitán —pidió el archivero.

Corwin tomó asiento sin esperar invitación, con la rigidez de quien ha pasado horas en movimiento y ahora debe permanecer quieto mientras su mente sigue acelerada. Sus hombres, explicó, habían encontrado la entrada siguiendo las indicaciones de Elric Joxter con la meticulosidad de quien sabe que cada detalle puede resultar decisivo. Lo que habían descubierto superaba cualquier expectativa que él mismo hubiera podido formarse.

—Un almacén de granos en la calle de los Curtidores, en el Distrito Original. Cerrado desde hace años, según los registros municipales. La fachada está intacta, sin señales de actividad reciente, pero eso es precisamente lo que la hace sospechosa: el polvo en los alrededores es demasiado uniforme, como si alguien lo hubiera distribuido deliberadamente para simular abandono. Detrás del muro del fondo hay una pared falsa, hecha de ladrillo tan reciente que todavía huele a cal. —Corwin hizo una pausa, como si las siguientes palabras le costaran un esfuerzo adicional—. Tras ella, una escalera excavada en la roca. Bajé cuarenta y dos peldaños, contados uno a uno. Las vigas de sostén son nuevas. Las marcas de cincel también: no tienen más de una semana. Alguien ha estado trabajando aquí con una prisa que sugiere urgencia, pero con una precisión que sugiere experiencia.

—¿Y al final de la escalera? —preguntó Talaida, con el cuaderno ya en mano, la pluma lista para registrar cada detalle.

—Una pared de piedra oscura idéntica a la del corredor que conocemos. Alguien había despejado una porción del tamaño de una puerta, dejando visible lo que hay detrás: un fragmento de muro grabado con símbolos. Los mismos símbolos del corredor principal, Talaida. El mismo sistema de escritura. —Corwin tragó saliva—. Y el símbolo central estaba caliente al tacto. Caliente como la piel.

El silencio que siguió a aquellas palabras tuvo un peso que ninguno de los presentes logró disipar de inmediato. Kael sintió que el cuarto corazón respondía a la descripción con un latido propio, como si el simple relato de Corwin bastara para despertar en él una resonancia que solo él podía percibir.

—¿Había alguien? —preguntó Lyssara, con la voz tensa.

—Nadie en el momento de nuestra llegada. Pero había señales de presencia reciente: un camastro improvisado, una lámpara de aceite, un cuenco con restos de comida de no más de dos días. Quien trabaja allí no vive en el lugar de forma permanente, pero ha pasado tiempo suficiente para dejar huella. —Corwin extrajo del bolsillo un pequeño objeto envuelto en tela—. Y hay algo más. Encontré esto bajo el camastro.

Desenvolvió el objeto con cuidado, y lo depositó sobre la mesa: una insignia de metal, sin emblema ni sello distintivo, pero del mismo material y acabado que las que el ejército de Draxcan asignaba a sus oficiales de rango medio. La insignia brillaba bajo la luz de las velas con un resplandor apagado, y en su superficie, apenas visible, había una marca que Kael reconoció de inmediato: el mismo símbolo del círculo partido que aparecía en el medallón que llevaba al cuello.

—Una insignia militar —dijo Lyssara, con una frialdad que ocultaba apenas la alarma que aquel descubrimiento provocaba—. Sin identificación personal, pero con el marcaje de fabricación que el ejército utiliza para sus equipos oficiales.

—Exactamente. —Corwin asintió—. Y una copia de la autorización de obra, olvidada bajo el camastro. El sello del Consejo de los Diez es auténtico. La firma no.

Doren cerró los ojos un momento, y cuando los abrió de nuevo, su expresión había adquirido la gravedad de quien comprende que está ante algo considerablemente más grave que una simple conspiración política.

—Entonces Elric Joxter tenía razón. Quien lo hizo tuvo acceso al sello mismo, no a una imitación. Alguien dentro del Consejo, o alguien con acceso directo a los recursos del Consejo, está detrás de esta segunda entrada.

—Y alguien con conexiones militares —añadió Lyssara, señalando la insignia—. No es solo un político. Es alguien que tiene acceso tanto al poder civil como al militar.

Nadie habló durante un rato. Kael tenía la mano cerrada sobre el medallón que llevaba al cuello, y Lyssara sintió, sin necesidad de mirarlo, que estaba pensando en Thessaly, en el templo, en la frase que ella misma había escuchado de sus labios al amanecer: antes de que sea demasiado tarde. La urgencia de aquella advertencia, que horas antes le había parecido una simple fórmula retórica, adquiría ahora una dimensión mucho más concreta.

—Mantened el lugar vigilado y en silencio —dijo por fin Doren—. Que nadie sepa que lo hemos encontrado. Si quien está detrás de esta operación descubre que hemos identificado su segunda entrada, podría acelerar sus planes o, peor aún, trasladar su actividad a un lugar que no podamos monitorear.




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