The Age of Crowns: El Reino Interior

Capítulo IX: Los Guardianes

Airoon convocó a Kael a solas antes de que amaneciera, en el mismo despacho donde tantas conversaciones decisivas habían tenido lugar durante las últimas semanas. La hora era deliberada: lo bastante temprano para que ningún senador, ningún consejero, ningún mensajero curioso pudiera advertir la reunión, y lo bastante tarde para que ambos hombres hubieran tenido, al menos, unas horas de sueño que ninguno de los dos había aprovechado realmente. Cuando Kael llegó, encontró al rey ya vestido, con el mapa de Cordelia extendido sobre el escritorio junto a una carta con el sello de Eltrix, recién llegada por mensajero nocturno, cuya cera aún conservaba la huella fresca del sello que la había cerrado.

La carta era breve, escrita con una caligrafía angulosa y precisa que Kael reconoció de inmediato como propia de los escribas de la corte de Caleus: caracteres regulares, espaciado uniforme, ninguna corrección visible. Era el tipo de escritura que se practicaba durante años antes de atreverse a redactar un documento destinado a un rey extranjero. Y el contenido, aunque formulado con la cortesía protocolaria que correspondía a una comunicación entre soberanos, no dejaba lugar a dudas sobre la urgencia que lo motivaba.

—Caleus insiste —dijo Airoon, sin preámbulos—. La delegación conjunta ya no es una sugerencia diplomática. Es una petición formal, respaldada por los siete Ancianos. Y quiere que formes parte de ella.

—Entonces lo sabe. Que reacciono a estas estructuras.

—Lo sospecha. Y prefiero que lo sepa con nuestro consentimiento a que lo descubra por su cuenta. —Airoon se pasó una mano por el rostro, el cansancio de semanas asentándose en cada línea. Había envejecido visiblemente desde el inicio de la crisis: las arrugas alrededor de los ojos más profundas, el cabello más gris en las sienes, la postura ligeramente encorvada de quien carga un peso que ya no logra sostener del todo con la misma dignidad de antes—. Voy a autorizarlo. No públicamente, no todavía, no ante el Senado. Pero necesito que antes de partir hacia Eltrix, regreses una vez más al Reino Interior. Necesito saber si lo que se despierta allí guarda relación con lo que se está despertando bajo la colina de los Siete Vientos, o si son fenómenos distintos que simplemente comparten origen.

—El Senado prohibió el acceso sin sello.

—Y yo, como rey, tengo autoridad para autorizar una expedición de carácter defensivo ante una amenaza que afecta a la seguridad del reino. —Airoon deslizó un pergamino sellado sobre el escritorio. El sello era el suyo personal, no el de la Corona: una distinción deliberada, comprendió Kael, que permitía al rey autorizar la expedición sin comprometer formalmente la institución monárquica ante un eventual desafío senatorial—. Esto te dará acceso legal, Kael. Pero solo una vez, y solo con la supervisión que yo mismo determine.

—¿Por qué una sola vez?

—Porque cada cruce adicional debilita mi posición ante el Senado. Fendric ya tiene el argumento de la desobediencia de Lyssara. Si añado a eso una serie de autorizaciones reales que contradicen la orden del Senado, la crisis constitucional dejará de ser una posibilidad y se convertirá en un hecho consumado. —Airoon lo miró directamente—. Y en una crisis constitucional, Kael, la Corona pierde. No porque el Senado tenga razón, sino porque la Corona, por definición, no puede ganar una guerra contra la institución que la legitima. Necesito tiempo. Y para ganar tiempo, necesito que esta expedición sea la última antes de que la situación política se estabilice.

Kael tomó el pergamino, sintiendo el peso del sello entre los dedos. Era un objeto pequeño, apenas más grande que una moneda, pero encerraba una autoridad que trascendía su tamaño: la capacidad de cruzar legalmente un umbral que el Senado había declarado prohibido, bajo la protección personal del rey de Draxcan.

—¿Cuándo debo partir?

—Hoy. Al mediodía. —Airoon se giró hacia la ventana, contemplando los primeros indicios de luz que comenzaban a despuntar sobre los tejados de la ciudad—. Y quiero que lleves contigo a Talaida, a Paul y a Elyan. No a Lyssara. No mientras su situación disciplinaria siga sin resolverse.

—Lo entiendo.

—¿Lo entiendes de verdad, Kael? —Airoon se giró, y en su expresión había algo que Kael no le había visto antes: no la autoridad del rey, ni la sabiduría del hombre mayor, sino la vulnerabilidad de quien comprende que está pidiendo a alguien que sacrifique algo personal en nombre de una causa que trasciende a ambos—. Porque Lyssara va a interpretar tu decisión como una forma de protegerla, y no se equivocará. Pero también va a interpretarla como una forma de apartarla, y tampoco se equivocará del todo. Las dos cosas son ciertas. Y ninguna de las dos es sencilla.

—Lo sé. —Kael guardó el pergamino en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al medallón—. Pero prefiero que Lyssara esté enfadada conmigo a que Fendric tenga una segunda oportunidad de usarla contra el reino.

Airoon asintió lentamente, y en aquel gesto, Kael creyó percibir algo parecido al orgullo: la satisfacción silenciosa de un hombre que ha visto a un joven huérfano convertirse, a lo largo de los años, en alguien capaz de tomar decisiones que trascendían sus propios deseos.

Corwin, ya al mando oficial del contingente, recibió la orden real con una expresión que no ocultaba del todo su incomodidad ante la situación que había heredado de Lyssara. Había aceptado el puesto por disciplina, no por ambición: era un soldado, y los soldados aceptaban las órdenes que se les daban, incluso cuando aquellas órdenes implicaban asumir responsabilidades que no habían buscado. Pero la incomodidad persistía, y se reflejaba en la manera en que evitaba mirar directamente a Kael mientras hablaba.

—Con todo respeto, majestad, esto pondrá a Lyssara en una posición todavía más difícil. Si cruza de nuevo, aunque sea bajo mi autorización...

—No cruzará ella. Cruzará conmigo, Talaida y Paul, bajo tu supervisión directa —dijo Kael—. Lyssara permanece en la superficie. No voy a darle a Fendric una segunda oportunidad de usarla contra ti.




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