The Age of Crowns: El Reino Interior

Capítulo X: La Verdad de Airoon

Ninguno de los soldados de Corwin bajó las armas. Vycto Lasmec, sin embargo, tampoco hizo ademán alguno de desenvainar nada: las manos abiertas, la capucha caída sobre los hombros, y a su lado, dos figuras que se retiraron también sus propias capuchas, revelando rostros que Kael no reconoció, aunque algo en su porte —la manera de sostener el peso, la disciplina de la postura— sugería un entrenamiento militar considerable. Eran dos hombres de mediana edad, de complexión delgada pero fibrosa, con los ojos entrenados de quienes han pasado años en campañas fronterizas. Ninguno de ellos miraba directamente a los soldados de Corwin, pero sus manos, aunque visibles y abiertas, permanecían a una distancia calculada de cualquier posible empuñadura.

—Bajad las armas —dijo Kael, aunque su propia voz sonó menos firme de lo que hubiera deseado—. Vycto Lasmec fue exiliado. No tiene autorización para estar en territorio de Draxcan, mucho menos dentro de esta estructura.

—Técnicamente, joven Kraxter, no estoy en Draxcan. —Vycto esbozó algo parecido a una sonrisa, cansada, sin la arrogancia calculadora que Kael recordaba de los primeros volúmenes de aquella historia que todos compartían—. Estoy en un lugar que ningún tratado de exilio contempló jamás. Y he venido, no a conspirar contra vosotros, sino porque el fragmento que porto reaccionó hace tres días, de la misma manera en que sospecho que el vuestro lo hizo.

Extrajo, con un movimiento lento que no ocultó a ningún ángulo de visión de los soldados, un pequeño objeto de piedra oscura que colgaba de una cadena alrededor de su cuello: un fragmento, irregular, del tamaño de una moneda pequeña, que emitía un resplandor tenue idéntico al de la llama dividida sobre el altar. El resplandor pulsaba con un ritmo lento y regular, y a medida que Vycto lo sostenía en alto, el propio altar del templo pareció responder: los siete fragmentos de la llama dividida que descansaban sobre la piedra sagrada intensificaron su luminiscencia, creando una especie de eco luminoso entre el objeto que Vycto portaba y los que permanecían en el templo.

—Uno de los once fragmentos de la llave —dijo Talaida, reconociéndolo de inmediato. Sus ojos pasaban del objeto en la mano de Vycto a los fragmentos sobre el altar, y de vuelta, como si estuviera verificando mentalmente cada detalle—. El que entregaste durante el juicio.

—No. —Vycto negó lentamente—. Ese lo entregué, en efecto, como parte de mi cooperación. Este es otro. El undécimo. El que vuestra propia investigación situó, presuntamente, en Salamer.

El silencio que siguió a aquella revelación tuvo un peso considerable. Corwin, sin bajar la guardia, intercambió una mirada rápida con Kael. Talaida dejó escapar un suspiro que contenía, a partes iguales, asombro y frustración: el undécimo fragmento había sido una de las piezas que su propia investigación había situado en Salamer, y su recuperación había sido considerada, durante semanas, como un objetivo prioritario. Que Vycto lo portara ahora, colgado del cuello como un simple amuleto, resultaba tan perturbador como revelador.

—¿Cómo llegó a tus manos? —preguntó Kael.

—Con considerable dificultad, y no sin coste personal, que no voy a detallar aquí. —Vycto guardó el fragmento de nuevo bajo su capa—. Cuando salí de Draxcan, no salí libre de propósito. Pasé meses rastreando lo que quedaba de la Orden de la Sangre Restaurada, no por lealtad hacia ellos, sino porque comprendí, durante el juicio, que mientras el "maestro" que los dirigía permaneciera oculto, ninguno de vosotros estaría verdaderamente a salvo. Y las pistas me llevaron, finalmente, hasta Salamer.

—¿Y el maestro? —preguntó Paul, con una tensión evidente—. ¿Lo has encontrado?

—No. —La expresión de Vycto se ensombreció—. Pero encontré a quienes le sirvieron, dispersos, sin liderazgo claro tras la caída de "la Voz". Uno de ellos poseía este fragmento. Se lo quité, junto con información que sugiere que el maestro sabe, desde hace tiempo, exactamente lo que hemos descubierto hoy: que existe una red de once puntos, y que Kael Kraxter es la llave capaz de despertarlos.

Kael sintió que el peso de aquella confirmación se asentaba sobre él con una gravedad renovada, aunque no del todo sorprendente tras las semanas de revelaciones acumuladas. El maestro sabía. El maestro había sabido, quizás, desde antes de que Kael naciera, que existía una red de once puntos, que existía una llave, que existía una sangre elegida. Y mientras él, Kael, había pasado meses descubriendo fragmentos de aquella verdad en archivos polvorientos y bibliotecas imposibles, alguien más había estado esperando, en la sombra, a que él los descubriera.

—¿Por qué has venido aquí, precisamente ahora? —preguntó.

—Porque el fragmento reaccionó, como ya he dicho, y porque temí que si no llegaba antes que otros, alguien menos escrupuloso pudiera hacerse con lo que hay en este templo. —Vycto miró hacia el altar, hacia los siete fragmentos de la llama dividida que pulsaban con una intensidad creciente ante la proximidad de Kael—. No espero que confiéis en mí, ni exijo perdón por lo que hice. Pero os ofrezco esto: el undécimo fragmento, y cualquier información que posea, a cambio de que me permitáis ayudar a impedir que el maestro consiga lo que sea que busca.

—¿Y qué busca? —preguntó Talaida.

Vycto guardó silencio un largo momento, considerando cuidadosamente sus propias palabras. En su rostro, Kael reconoció algo que no había visto en los documentos que describían sus crímenes pasados: no arrepentimiento, exactamente, porque el arrepentimiento rara vez se sostiene durante años de exilio. Era más parecido a la comprensión, la de un hombre que ha pasado mucho tiempo revisando sus propias decisiones y ha llegado a conclusiones que no le resultan agradables.

—Creo que busca lo mismo que yo buscaba, en su momento, aunque por razones muy distintas a las mías. Un mundo donde la sangre elegida gobierne sin las restricciones que las casas nobles, el Senado y la propia tradición de Draxcan le imponen. Pero a diferencia de mí, que finalmente comprendí que ese camino conducía únicamente a la destrucción, sospecho que el maestro está dispuesto a llegar hasta el final, sin importar el coste.




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