The Age of Crowns: El Reino Interior

Capítulo XI: Las Cinco Familias

El documento no ofrecía la claridad que Kael esperaba. Página tras página, la caligrafía de un escriba real de hacía más de un siglo describía, con un lenguaje cuidadosamente evasivo, no hechos concretos sino advertencias: "que la sangre no despierte antes de tiempo", "que el nombre permanezca dormido hasta que el mundo pueda sostenerlo", "que los guardianes de las once puertas cumplan su función sin interferencia de quienes ignoran su propósito original". Ninguna línea explicaba qué era exactamente aquel propósito. Solo el peso acumulado de generaciones enteras de reyes que habían heredado el mismo temor sin comprenderlo del todo.

Kael leyó el documento dos veces, y en la segunda lectura se detuvo en los márgenes, en las anotaciones añadidas por distintas manos a lo largo de las décadas. Eran correcciones, glosas, pequeñas marcas de tinta que revelaban el paso de al menos tres generaciones de escribas reales, cada uno intentando descifrar lo que el anterior había dejado escrito sin atreverse a alterarlo. En una de las anotaciones, escrita con una caligrafía temblorosa que Kael atribuyó a un hombre de edad avanzada, alguien había escrito: "El nombre no debe pronunciarse porque pronunciarlo es reconocerlo. Y reconocerlo es invitarlo."

—Es como leer el eco de un eco —dijo Kael finalmente, dejando el pergamino sobre la mesa—. Cada generación advirtió a la siguiente, pero ninguna parece haber comprendido completamente qué estaba advirtiendo.

—Porque quizás ninguna lo comprendió —dijo Airoon, con una fatiga que trascendía el cansancio físico—. Mi padre no lo comprendía. Yo tampoco lo comprendo del todo, ni siquiera ahora, con todo lo que habéis descubierto. Solo heredamos el miedo, Kael. No el conocimiento que lo justificaba.

—¿Y qué pasa cuando el miedo se hereda sin el conocimiento? —preguntó Kael—. ¿Se convierte en algo distinto? ¿En superstición? ¿En una advertencia vacía que nadie sabe cómo interpretar?

Airoon no respondió de inmediato. Se acercó a la ventana de la sala de consejo, contemplando los tejados de Draxcan que se extendían bajo la luz gris del atardecer, y permaneció allí un largo momento, como si buscara en el paisaje familiar alguna respuesta que los documentos no le habían ofrecido.

—Se convierte en una carga —dijo finalmente—. Una carga que cada generación transmite a la siguiente no porque sepa cómo sostenerla, sino porque teme lo que ocurriría si la dejara caer. Mi padre me transmitió esa carga sin explicarme su origen. Y yo, a mi vez, os la he transmitido a vosotros, aunque de manera más fragmentaria de lo que habría deseado. La diferencia, Kael, es que tú eres la primera persona en generaciones que puede comprenderla del todo. No porque seas más sabio que quienes te precedieron, sino porque la sangre que llevas te permite acceder a un conocimiento que a nosotros siempre nos estuvo vedado.

Vycto, que había permanecido escuchando con una atención cuidadosa, finalmente intervino.

—Si me permitís, majestad, existe una manera de obtener respuestas más concretas. El fragmento que porto no es solo un objeto de reconocimiento. Es, según lo que descubrí en Salamer, también un instrumento de lectura. Combinado con los diez fragmentos ya reunidos, podría revelar información que ningún documento escrito por manos humanas ha logrado preservar con precisión.

—¿Y dónde están los otros diez? —preguntó Doren.

—Bajo resguardo de la Corona, desde el final de la Saga anterior —respondió Airoon—. En una cámara sellada que solo Doren y yo conocemos.

—Entonces reunidlos —dijo Vycto—. Los once fragmentos, en presencia de Kael. Si mi sospecha es correcta, la llave completa no solo abre puertas físicas. Podría abrir, también, algo dentro de la propia memoria que el Reino Interior comparte con su sangre elegida.

—¿Por qué deberíamos confiar en tu sospecha? —preguntó Corwin, con una desconfianza que no se molestaba en disimular—. Hace apenas un año, tus sospechas nos llevaron a todos cerca de la destrucción.

—Porque ya no tengo nada que ganar mintiendo, capitán. —Vycto lo miró directamente, sin apartar la vista—. Si lo que digo es falso, lo sabréis en cuanto los fragmentos no reaccionen. Si es verdadero, habremos obtenido información que de otro modo tardaríamos meses en reunir. En ambos casos, el riesgo es mínimo y el beneficio potencial, considerable.

Airoon consideró aquella propuesta con una deliberación que reflejaba el peso de una decisión que ya no podía posponer indefinidamente.

—Mañana —dijo finalmente—. Necesito tiempo para preparar la cámara y determinar quién debe estar presente. Esto no es una decisión que pueda tomarse a la ligera, ni siquiera ahora.

—¿Y qué hay de Vycto? —preguntó Doren—. ¿Permanece bajo vigilancia?

—Permanece bajo vigilancia, pero también bajo mi protección. —Airoon miró a Vycto con una expresión que Kael no logró interpretar del todo—. Si lo que dices sobre el maestro es cierto, entonces tu conocimiento resulta demasiado valioso como para permitir que se pierda por rencores del pasado. Pero eso no significa que confíe en ti. Significa únicamente que reconozco tu utilidad en este momento específico.

—Es más de lo que esperaba —dijo Vycto, con una inclinación breve—. Y más de lo que merezco, probablemente.

Mientras la noche se extendía sobre Draxcan, en distintos rincones de la ciudad, las cinco casas nobles de la Saga anterior comenzaban a sentir, cada una a su manera, el peso creciente de una crisis que ya no podían ignorar ni contener dentro de los límites cómodos de sus propios intereses particulares.

Cordelia Chimer, instalada en su biblioteca privada con los tres volúmenes que Talaida le había prestado apenas horas antes, trabajaba con una intensidad que rara vez mostraba incluso ante los textos más valiosos de su propio archivo. La palabra "sellamiento de la voluntad" seguía resonando en su mente con una insistencia que no lograba apartar, y cuanto más profundizaba en su propia investigación paralela, más convencida se sentía de que aquel ritual, lejos de ser un acto aislado de una civilización desaparecida, formaba parte de una tradición mágica mucho más antigua, cuyos ecos podían rastrearse, con paciencia suficiente, hasta prácticas que los propios Elemens de Draxcan habían olvidado hacía generaciones.




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