La cámara sellada bajo el ala más antigua del Castillo Dracking no se abría desde el final de la Saga anterior. Doren rompió el precinto de cera con sus propias manos, y el polvo que se desprendió del marco de la puerta pareció suspendido en el aire durante más tiempo del que la física debería permitir, como si el propio lugar reconociera la solemnidad del momento.
Kael observó el gesto del archivero con una atención que no lograba disimular. Conocía a Doren desde hacía años, y sabía que aquel hombre, habitualmente parsimonioso en sus movimientos, no hacía nada sin deliberación previa. Que rompiera el precinto con sus propias manos, en lugar de delegar la tarea en un guardia o un ayudante, sugería que consideraba aquel acto como parte de su responsabilidad personal, no como una simple formalidad protocolaria. El precinto era antiguo, de un tipo de cera que ya no se fabricaba en Draxcan, y el sello que había llevado grabado —hasta que Doren lo quebró— mostraba el mismo símbolo del círculo partido que aparecía en los medallones y en los grabados del pilar.
Dentro, sobre un pedestal de piedra tallada específicamente para aquel propósito tras el cierre de la Saga anterior, diez fragmentos irregulares de un material oscuro, similar al que componía el medallón de Silvano Llucket, descansaban dispuestos en un semicírculo incompleto, esperando desde hacía meses la pieza que les faltaba. La cámara era pequeña, apenas lo bastante amplia para albergar el pedestal y un perímetro de tres pasos alrededor, y su iluminación provenía de una única lámpara de aceite que Doren había colocado en una hornacina de la pared antes de abrir la puerta. Los diez fragmentos, pese a la penumbra, parecían capturar la luz de la lámpara y devolverla multiplicada, creando un resplandor tenue que se reflejaba en las paredes desnudas de la cámara.
—Once —dijo Airoon, con una solemnidad que Kael rara vez le había visto mostrar—. Reunidos por primera vez desde que los Once Originales, presuntamente, los dispersaron entre sí.
Vycto, custodiado por dos guardias pero con las manos libres, se aproximó al pedestal y extrajo el undécimo fragmento de su cadena, sosteniéndolo un instante antes de entregarlo. Sus dedos, curtidos por años de exilio y de trabajo manual, envolvieron el fragmento con una delicadeza que contrastaba con la aspereza de su apariencia. Kael lo observó con atención, buscando en su rostro algún signo de vacilación, algún indicio de que aquel gesto ocultara una segunda intención. Pero lo que encontró fue algo más difícil de interpretar: no la frialdad calculada que los archivos de la Saga anterior atribuían al antiguo erudito, sino una especie de cansancio resignado, como el de quien ha cargado durante demasiado tiempo un objeto que nunca quiso poseer.
—Debo advertir algo, majestad —dijo—. No sé qué ocurrirá cuando estén completos. En Salamer, quienes lo custodiaban hablaban del fragmento final con un temor que superaba con creces la simple codicia. Como si supieran que reunirlos por completo desencadenaría algo que ya no podría revertirse.
—Ya hemos desencadenado más de lo que podemos revertir —dijo Kael, con una calma que no sentía del todo—. Prefiero comprender lo que viene, a seguir esperando a ciegas.
Bertrand Reichmer, Cordelia Chimer, Hendrick Guzther, Renata Quzker y Silvano Llucket habían sido convocados, cada uno acompañado de un único representante adicional de su elección, y aguardaban en el perímetro de la cámara, testigos silenciosos de una ceremonia cuya magnitud apenas comenzaban a comprender.
Bertrand había traído consigo a Ysolde, su hija, cuya presencia Kael interpretó como una señal de que el patriarca de los Reichmer consideraba aquel asunto lo bastante importante como para involucrar a su heredera política directa. Cordelia, fiel a su estilo, había venido sola, argumentando que ninguna otra persona de su casa poseía el conocimiento necesario para comprender lo que estaba a punto de presenciarse. Hendrick Guzther había elegido a un sobrino lejano, un joven de expresión reservada que no había pronunciado palabra desde su llegada. Renata Quzker había traído a Corwin, cuya presencia añadía una dimensión militar a una ceremonia de naturaleza eminentemente académica y política. Y Silvano Llucket, el más reservado de todos, había venido acompañado de una mujer mayor, de rostro arrugado y mirada penetrante, a quien presentó únicamente como "mi tía Edda", sin más explicaciones.
—¿Por qué nosotros, majestad? —preguntó Hendrick, con una desconfianza que no intentó disimular—. Si esto trasciende la política interna de Draxcan, ¿por qué no convocar al Consejo completo?
—Porque vuestras cinco casas ya cargáis, cada una a su manera, con fragmentos de esta historia desde antes de que el resto del Consejo existiera siquiera —respondió Airoon—. Reichmer, con el documento oculto durante generaciones. Chimer, con el archivo censurado. Guzther, con las consecuencias de la ambición de Marcus. Quzker, con la sombra de la traición de Teodor. Llucket, con el medallón custodiado durante siglos. Sois, todos vosotros, parte de esta historia mucho antes de que yo mismo comprendiera su magnitud completa.
Hendrick no respondió, pero su expresión revelaba que la explicación del rey, aunque lógica, no lograba disipar del todo sus reservas. Kael lo observó con atención, recordando la conversación que había mantenido semanas atrás con Ferrik Naismar, cuando el joven teniente había confesado que su tío, el general Naismar, había mantenido reuniones privadas con representantes de la casa Guzther sobre posibles beneficios económicos derivados de una "explotación controlada" de la estructura. Si Hendrick seguía albergando ambiciones de aquel tipo, su presencia en aquella ceremonia podría representar un riesgo que ninguno de los presentes había considerado plenamente.
Kael se acercó al pedestal. El undécimo fragmento, colocado en la última posición vacía del semicírculo, completó el patrón, y durante un instante, nada ocurrió: solo piedra oscura, silenciosa, dispuesta en un círculo perfecto por primera vez en generaciones.
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Editado: 01.10.2026