La mañana trajo consigo la primera comunicación oficial de Eltrix desde que el emisario informal había visitado semanas atrás: una carta sellada con el símbolo del dragón de Draynok, dirigida personalmente a Airoon, en la que Caleus confirmaba que la perturbación bajo la colina de los Siete Vientos había crecido durante la noche, y que los propios Ancianos comenzaban a debatir si intervenir por sí mismos, sin esperar la delegación conjunta prometida.
La carta llegó escoltada por dos jinetes de la guardia fronteriza, cuyos caballos, exhaustos tras una cabalgata de día y medio sin apenas descanso, fueron conducidos directamente a las caballerizas reales mientras los mensajeros entregaban el pliego sellado a Doren, quien a su vez lo llevó al despacho del rey sin demora alguna. Airoon rompió el sello en presencia de Paul y Talaida, convocados de urgencia por el propio archivero, y la lectura del contenido, aunque breve, bastó para transformar la atmósfera de la sala en algo considerablemente más denso que la mera preocupación.
—No podemos permitir que actúen solos —dijo Paul, tras leer la traducción apresurada que Talaida había preparado del texto élfico—. Si Eltrix despierta su propio punto de la red sin comprender su conexión con los demás, podríamos perder cualquier posibilidad de coordinación.
—Además —añadió Talaida, señalando un pasaje concreto de la misiva—, Caleus menciona que dos de los siete Ancianos han propuesto "sellar la colina por cualquier medio disponible", sin especificar cuáles serían esos medios. Si los Elemens de mayor poder en la corte de Eltrix deciden intervenir directamente, y si la estructura responde de la misma manera que la nuestra, podríamos estar ante un desastre considerablemente mayor que cualquier crisis política que hayamos enfrentado hasta ahora.
—La delegación partirá en tres días —decidió Airoon—. Kael, Talaida y Paul viajarán, junto con una escolta reducida al mando de Corwin. Lyssara permanecerá en Draxcan hasta que el consejo de guerra resuelva su situación.
Lyssara no discutió, aunque la tensión en su mandíbula reveló, a quienes la conocían bien, cuánto le costaba aceptar aquella separación en un momento de tal incertidumbre. Había permanecido en silencio durante toda la lectura de la carta, con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas, y solo cuando Airoon pronunció su nombre —para comunicarle la decisión que la apartaba del viaje— sus dedos se cerraron brevemente sobre la tela del pantalón, un gesto que nadie más habría percibido pero que Kael, que la conocía mejor que nadie, reconoció de inmediato como una forma de contención, no de aceptación.
Cuando la reunión se disolvió, Kael la alcanzó en el pasillo antes de que llegara a la escalera que bajaba hacia el ala militar.
—No estás de acuerdo.
—No importa si estoy de acuerdo o no. —Lyssara se detuvo, pero no se giró de inmediato—. La orden es lógica. Mi presencia en Eltrix complicaría las negociaciones. Los Ancianos de Caleus saben que estoy suspendida de mi mando. Si aparezco en su corte como parte de la delegación oficial de Draxcan, podrían interpretarlo como una señal de que la Corona no respeta sus propias decisiones disciplinarias.
—Pero no quieres quedarte.
—No quiero quedarme. —Ahora sí se giró, y en sus ojos había algo que Kael rara vez le veía: una frustración contenida que no era simplemente profesional, sino profundamente personal—. Kael, cada vez que te he dejado cruzar solo hacia ese lugar, algo ha salido mal. La primera vez, casi te atrapan los guardianes hostiles. La segunda, Vycto apareció de la nada. Esta vez van a llevarte a un reino que ni siquiera conocemos bien, con una delegación que va a estar compuesta por personas que apenas acabas de empezar a confiar.
—No voy a cruzar el umbral del Reino Interior en Eltrix. Solo voy a reunirme con Caleus y sus Ancianos.
—¿Y si te equivocas? ¿Y si, una vez allí, la estructura bajo la colina comienza a reaccionar a tu presencia de la misma manera que la nuestra? ¿Y si los Ancianos deciden que eres más útil como sujeto de estudio que como diplomático?
Kael no respondió de inmediato, porque sabía que aquella preocupación no era paranoia. Era una posibilidad real, y ambos lo sabían. La corte de Eltrix no compartía las mismas restricciones legales ni las mismas tradiciones políticas que Draxcan, y un Elemens como Caleus, con dos siglos y medio de existencia y acceso a conocimientos que ningún erudito de Draxcan había logrado reunir, podría perfectamente decidir que el valor de Kael como fuente de información superaba con creces el valor de Kael como interlocutor diplomático.
—Confío en Paul —dijo finalmente—. Y en Talaida. Y en Corwin. Si algo saliera mal, tengo aliados.
—Yo no estaré entre ellos.
—Lo sé. —Kael dio un paso hacia ella, y por un instante, en el pasillo vacío, con las antorchas parpadeando bajas en las paredes, los dos permanecieron uno frente al otro sin decir nada más. Lyssara tenía razón en todo lo que había dicho, y Kael lo sabía. Pero también sabía que ninguna orden, ninguna precaución, ninguna preocupación, había logrado jamás detenerlo de hacer lo que consideraba necesario—. Cuando vuelva, te lo contaré todo. Cada detalle. Y tú decidirás si hice bien o mal.
—Eso no es lo que me preocupa.
—Lo sé. Pero es todo lo que puedo ofrecerte ahora.
Lyssara lo observó un momento más, y luego, con un gesto que no era del todo una sonrisa, asintió.
—Ten cuidado, Kael. No por Draxcan. Por ti.
Ferrik Naismar pasó aquella noche, como llevaba haciendo desde hacía tres días, vigilando la segunda entrada desde una posición apartada, observando el patrón de movimiento que había reportado a Corwin pero que aún no había logrado identificar con certeza. La vigilancia no era una tarea agradable: el callejón donde se encontraba el almacén de granos abandonado no tenía iluminación alguna, y las noches de otoño en Draxcan, aunque no eran tan frías como las de pleno invierno, obligaban a cualquier vigilante a mantenerse en constante movimiento para no perder la sensibilidad en los dedos.
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aventura de mundo perdido, linajes antiguos, fantasía épica y política
Editado: 01.10.2026