Airoon recibió la noticia del ataque con una expresión que, por primera vez desde que Kael lo conociera, no lograba disimular una furia genuina bajo la máscara habitual de control regio. La cólera del rey no se manifestaba en gritos ni en gestos violentos, sino en algo más inquietante: una quietud repentina, una manera de sostener la mirada que Kael solo había visto en él en contadas ocasiones, siempre relacionadas con amenazas directas contra la Corona o contra personas bajo su protección personal. Era la furia de un hombre que había pasado décadas conteniendo emociones, y que ahora, ante la evidencia de que alguien había intentado matar o secuestrar a Kael dentro de una estructura que la propia Corona había declarado bajo su salvaguarda, encontraba el límite de su paciencia.
—Cinco asaltantes, con entrenamiento especializado, informados sobre una expedición cuyo horario solo conocían siete personas dentro de este castillo —dijo, tras escuchar el relato completo—. Doren, quiero una lista de cada uno de los presentes en la reunión donde se decidió esa expedición.
—Ya la tengo, majestad. —Doren extendió un pergamino con nombres cuidadosamente enumerados—. Vos, yo, Kael, Talaida, Paul, Lyssara y Corwin.
El pergamino pasó de mano en mano, y cada uno de los presentes, al ver su propio nombre escrito en aquella lista, sintió el peso incómodo de saberse, al menos teóricamente, bajo sospecha. Talaida, que había pasado las últimas semanas dedicada por completo a la investigación del Reino Interior, sintió una punzada de indignación que se apresuró a contener: comprendía la lógica de la investigación, pero ello no hacía menos desagradable la idea de que alguien pudiera considerar que ella, después de todo lo que habían compartido, sería capaz de traicionar a Kael.
—Lyssara no salió del castillo desde que fue relevada de su mando —dijo Kael de inmediato, con una firmeza que no admitía discusión—. No sospecho de ella.
—Nadie ha sugerido lo contrario. —Airoon se frotó el rostro, el peso de la investigación reciente sumándose al cansancio acumulado de semanas. Sus ojos, enrojecidos por falta de sueño, reflejaban la tensión de un hombre que había pasado la noche entera revisando informes sin encontrar respuesta alguna—. Pero si ninguno de los siete compartió esa información deliberadamente, entonces alguien logró acceder a ella sin nuestro conocimiento. Un documento robado, una conversación escuchada, un mensajero interceptado.
—O alguien de los siete mintió —dijo Doren, con una cautela evidente—. No quiero acusar sin fundamento, Airoon, pero debemos considerar todas las posibilidades, por dolorosas que resulten.
El silencio que siguió a aquella sugerencia tuvo un peso considerable. Paul, presente en la reunión, sintió la mirada de varios de los presentes posarse brevemente sobre él, consciente de su cercanía con delegaciones extranjeras y de las sospechas que, inevitablemente, su posición diplomática podía despertar. Había sido educado, desde niño, para comprender que la política era un juego de apariencias, y que la apariencia de sospecha, aunque infundada, podía resultar tan dañina como la sospecha misma. Pero nunca hasta entonces había sentido aquella lección aplicada directamente sobre su propia persona, en un círculo de personas que, hasta hacía apenas unos minutos, consideraba sus aliados más cercanos.
—Investigad todo lo que consideréis necesario —dijo finalmente, con una calma forzada que ocultaba la incomodidad genuina de sentirse, aunque fuera momentáneamente, bajo sospecha—. Prefiero una investigación exhaustiva que descubra al verdadero responsable, a que la duda envenene la confianza entre nosotros de manera indefinida.
Airoon asintió, aunque su expresión sugería que aquella investigación, necesaria como era, añadiría una capa adicional de tensión a un círculo ya considerablemente desgastado por semanas de crisis sucesivas. La confianza, reflexionó Kael mientras observaba el intercambio, era un recurso frágil: una vez agrietada, rara vez se reparaba del todo, y cada nueva sospecha añadía una fisura que ninguna investigación, por exhaustiva que fuera, podía cerrar por completo.
La partida hacia Eltrix se retrasó dos días adicionales mientras Doren, con la ayuda de Corwin y un pequeño equipo de confianza, intentaba rastrear el origen exacto de la filtración sin alertar a un posible traidor de que ya sospechaban de su existencia. Durante aquellos dos días, Kael apenas salió de sus habitaciones, dedicado a revisar una y otra vez sus propias notas sobre el Reino Interior, buscando cualquier detalle que pudiera haber pasado por alto en las visitas anteriores y que pudiera resultar relevante para la misión en Eltrix. Lyssara, aunque oficialmente suspendida de su mando, pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca de Doren, colaborando con Talaida en la revisión de los volúmenes que habían traído del Reino Interior, con la esperanza de encontrar alguna referencia al punto de la red que se alzaba bajo la colina de los Siete Vientos.
El resultado de la investigación de Doren, sin embargo, resultó inconcluso: ningún documento robado, ninguna conversación interceptada de manera verificable, ningún mensajero comprometido. Solo la certeza incómoda de que alguien, dentro del círculo más cercano a Kael, había compartido información crítica con facciones hostiles, sin dejar rastro alguno que permitiera identificarlo con certeza. Doren había interrogado discretamente a cada uno de los siete, sin obtener más que negaciones coherentes y coartadas verificables. El único detalle ligeramente anómalo era una ausencia: uno de los soldados de Corwin, un hombre llamado Aldric Voss, que había estado destinado a la vigilancia del corredor en el turno anterior al ataque, había solicitado un cambio de turno sin especificar motivo. Corwin lo había concedido sin darle importancia, pero Doren, al enterarse del detalle, había decidido mantenerlo bajo observación discreta sin informar al propio Corwin, por temor a que la sospecha, si se filtraba, pudiera alertar al verdadero traidor.
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Editado: 01.10.2026