No durmió aquella noche en Eltrix. Se quedó sentado ante el mural, con Talaida copiando cada símbolo en su cuaderno hasta que la última vela de la cámara se consumió, mientras Paul y Corwin organizaban por turnos la vigilancia de la escolta en los aposentos que Caleus les había asignado. La cámara del mural, una vez extinguida la lámpara de aceite, quedó sumida en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por el tenue resplandor que emanaba de las rocas del exterior, filtrándose por las rendijas de la puerta. Kael permaneció allí, inmóvil, con la espalda apoyada contra la pared de piedra y los ojos fijos en la figura central del mural, aquella que había identificado como Ashkar y que, a la luz mortecina de la luna, parecía adquirir una profundidad que la luz del día no le confería.
Talaida, agotada tras horas de copiar símbolos, se había quedado dormida sobre su cuaderno, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados y la pluma todavía entre los dedos. Kael no la despertó. Sabía que necesitaba descansar tanto como él, quizás más, y no había razón para privarla de unas horas de sueño que, en los días siguientes, probablemente escasearían. Paul había pasado a verlo dos veces durante la noche, ambas con la misma pregunta silenciosa en los ojos: ¿estás bien? Ambas veces, Kael había respondido con un gesto breve, sin palabras, que Paul había interpretado como suficiente. Corwin, por su parte, había organizado la vigilancia con la precisión militar que lo caracterizaba, asignando turnos de dos horas a cada soldado y reservándose para sí mismo el turno más incómodo, el que iba de la tercera a la quinta hora de la madrugada, cuando el sueño pesa más y la atención flaquea con mayor facilidad.
Cuando el amanecer llegó, tiñendo las paredes de la cámara con una luz rosada que se filtraba por las rendijas de la puerta, Kael ya conocía de memoria cada rasgo de la figura envuelta en el manto oscuro, cada línea del rostro de los Once arrodillados, cada trazo de la inscripción que afirmaba que no era el primero de su sangre en cruzar aquella frontera. Había pasado la noche entera examinando cada detalle, comparando mentalmente lo que veía con lo que había aprendido en los volúmenes del Reino Interior, y había llegado a una conclusión que no le resultaba del todo cómoda: la figura central del mural no era simplemente una representación simbólica de Ashkar. Era un retrato. Alguien, en algún momento de la historia de Eltrix, había conocido a Ashkar en persona, había observado sus rasgos con la atención de un retratista, y había inmortalizado aquel rostro en la piedra con una precisión que ningún artista trabajando únicamente de memoria podría haber logrado.
—Es hora —dijo Caleus, apareciendo en el umbral con la misma serenidad reconstituida de la noche anterior, aunque Kael notó, bajo aquella calma, una tensión que el Gran Sabio no había mostrado en ningún momento previo de su encuentro—. La colina os espera.
Kael se puso de pie, sintiendo en las articulaciones el peso de una noche sin dormir, y despertó a Talaida con un toque suave en el hombro. Ella abrió los ojos de inmediato, con la alerta instantánea de quien ha aprendido, a lo largo de meses de investigación, a despertar completamente en cuestión de segundos.
—¿Cuánto tiempo he dormido? —preguntó, recogiendo el cuaderno y la pluma con un gesto automático.
—Lo suficiente. Es hora de ir a la colina.
Caminaron durante media mañana, atravesando un bosque de árboles tan altos que sus copas ocultaban buena parte del cielo, hasta llegar a una colina de suave pendiente, coronada por siete rocas dispuestas en un círculo que, Kael comprendió de inmediato, no correspondía a ningún accidente geológico natural. Las rocas eran de un material distinto al de la montaña sobre la que se asentaba Eltrix, más oscuras, más densas, con vetas de un mineral que reflejaba la luz de manera irregular, creando la ilusión de que las piedras brillaban con luz propia incluso bajo la luz del día.
—Los Siete Vientos —dijo el Anciano de la afinidad de Aire, guiando al grupo hacia el centro de aquel círculo—. Cada roca representa una de las siete afinidades elementales. Se dice que, en los primeros años de Eltrix, los propios fundadores convocaban aquí a los recién nacidos, para que el viento decidiera cuál de las siete afinidades les correspondía portar.
—¿Y qué ocurrió con aquellos rituales? —preguntó Talaida, con la curiosidad académica que la caracterizaba—. ¿Por qué se abandonaron?
—No lo sabemos con certeza. —El Anciano de Aire esbozó una expresión que combinaba nostalgia y una inquietud apenas disimulada—. Los registros de aquella época son fragmentarios. Lo que sí sabemos es que, en algún momento de nuestra historia, los Ancianos de entonces decidieron que aquel ritual era demasiado peligroso para continuar practicándolo. Los motivos exactos nunca quedaron claros. Solo la advertencia, transmitida de generación en generación: no volver a convocar a los niños en este lugar hasta que "la sangre adecuada" lo autorizara.
Kael se aproximó al centro exacto del círculo, y el cuarto corazón respondió de inmediato, con una intensidad que superaba incluso la de sus encuentros anteriores con la estructura de Draxcan. Las siete rocas, que hasta entonces habían brillado con una luminiscencia tenue y constante, comenzaron a pulsar con un ritmo que Kael reconoció, con una familiaridad inquietante, como idéntico al de su propio corazón.
—Está aquí —dijo, cerrando los ojos, dejando que aquella conexión guiara su percepción—. Bajo nosotros. No tan profundo como en Draxcan, pero... despierto. Más despierto de lo que esperaba.
La tierra tembló, un movimiento sutil pero inconfundible, y las siete rocas comenzaron a emitir una luminiscencia tenue, sincronizada, que se intensificó con cada latido del propio corazón de Kael. Los soldados de la escolta, entrenados para reaccionar ante amenazas convencionales pero no ante fenómenos de aquella naturaleza, intercambiaron miradas nerviosas, y Corwin, con un gesto discreto, les indicó que mantuvieran la formación sin intervenir.
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Editado: 01.10.2026